Tuesday, January 30, 2007

El amor acaba, y mal


Hay ocasiones en que las buenas ideas no se llevan a una adecuada conclusión. Así como existen hombres y mujeres “casi” hermosos, a veces aparecen ideas que sacadas de su contexto son geniales. Y es que, como escribía Henry James a propósito de Isabel Archer, la heroína de Retrato de una dama, su problema no era que tuviera muchas ideas, sino que la mayoría de éstas eran muy malas y convencionales. Así le pasó a Anne Fontaine, que hizo una película bastante anodina con un título excepcional: Las historias de amor acaban mal, en general. Evidentemente, hay mucha ironía y mala leche en una película que se titula así y que termina en final feliz, después de que la protagonista ha ensayado muchas formas y tiempos gramaticales de conjugación del verbo amar y decide que es mejor regresar a lo conocido, aunque no lo haga con mucho entusiasmo.


Muchas veces acabo desmenuzando películas con amigos y me descubro mezclando escenas y líneas narrativas que nunca pasaron en la obra de referencia, pero que tomaron cuerpo en mi imaginación. De acuerdo con mi memoria, las miradas entre Ingrid Bergman y Humphrey Bogart duraron una eternidad en Casablanca; también puedo jurar que en Fanny y Alexander hay una escena en la que la cara de Dios casi puede verse escondida entre las marionetas de las secuencias finales; y siempre he pensado que los murales que Juliette Binoche le muestra al soldado británico en El paciente inglés son así de hermosos, y provocan tal enamoramiento súbito, porque están contemplados con esos ojos en los que Kieslowski hurgó para buscar el significado de la libertad. Las películas se mezclan. La historia no es lo que ocurrió, sino lo que recordamos que ocurrió.


Las historias de amor acaban mal, en general
, podría ser el título de muchas otras películas que versan sobre la pasión y las leyes que rigen ese extraño universo que se forma cuando dos personas se enamoran.


Primer acto de Las historias de amor acaban mal, en general. Un estafador calvo emplea las revistas de corazones solitarios para contactar a mujeres solas, enamorarlas, robarles su dinero y después acabar matándolas. Este personaje ególatra, enamorado de sí mismo y de un linaje que lo hace imitar el acento español, conoce a una enfermera con dos hijos, soltera y agobiada por la rutina de una vida que la hace ir sin variaciones de la preparación del desayuno a la aplicación de inyecciones a viejos moribundos. Coral, que así se llama la enfermera pasada de kilos y enamorada de Charles Boyer, responde el aviso de Nicolás, el calvo sentimental que asegura es idéntico al actor francés que es la devoción de Coral. Pero la historia de amor no empieza en este momento de la película, pues Coral es pobre y ni siquiera le parece atractiva a Nicolás. Pero ella, como en toda buena película de crímenes, sabe demasiado de Nicolás: que es calvo, que su vida es un castillo de naipes y que sus actividades amorosas tienen una intención criminal. Sin embargo, lo improbable ocurre: Nicolás cae rendido ante el amor que le ofrece Coral, porque puede contemplarse en sus ojos como frente al espejo, sin ocultar sus defectos ni ensalzar sus virtudes. Ambos no vivían, se esperaban. Y este es sólo el principio de una carrera criminal que establece la confianza a partir de la complicidad y que encuentra en la sangre ajena, no en la propia, un motivo de comunión. Al final, cuando el universo que han creado Nicolás y Coral se desborda, el mundo exterior, ese que habitan los seres que crean leyes para evitar matarse mutuamente, aparece en escena. La carrera criminal de Coral y Nicolás está a punto de terminar. El que a hierro mata, a hierro muere, dice el lugar común. Con la barra que mides, serás medido, tercia otro refrán popular en México. Así que lo natural es que los amantes asesinos mueran asesinados. En el mundo que Coral y Nicolás han excluido deliberadamente de su universo, se piensa que morir es la mejor forma de castigo. Pero, ¿qué sigue después de una relación amorosa tan intensa, tan plena de complicidad y sacrificios mutuos? ¿No es la muerte la última cosa que queda por experimentar juntos para estos amantes que ya lo han experimentado todo? La escena final de Las historias de amor acaban mal, en general en la versión de Arturo Ripstein (mejor conocida como Profundo carmesí) termina con los amantes asesinos muertos en un charco de sangre, rubricada por un diálogo en el que Coral declara que éste ha sido el día más feliz de su vida.


Segundo acto de Las historias acaban mal, en general. Un niño francés, fanático del helado de vainilla y contrariado porque su madre le hace usar unos trajes de baño tejidos que le irritan la entrepierna, conoce a una peluquera que parece extraída de una película de Fellini. La mujer en cuestión también está pasada de kilos, usa un lápiz de labios que le recuerda mucho a los de su madre y, además, da unos masajes en el cuero cabelludo que lo hacen evocar los placeres del vientre materno. Es el principio de una historia de amor, como puede verse, en la que el complejo de Edipo tiene un papel fundamental. Pero el chico es muy pequeño para consumar su amor con la peluquera y ésta es demasiado codiciada en el barrio para esperarlo los años que hagan falta. La historia de amor acaba mal, como sucede en general. Pero el destino quiere que el chico, vuelto ahora un solterón maduro, tenga una segunda oportunidad. La peluquera de su barrio posee unas piernas kilométricas y la capacidad de ser todo lo que él siempre asoció con el amor: el helado de vainilla, la castración, Schubert, el mar, los masajes en el cuero cabelludo. Y además ella es hermosa. En la peluquería, ellos construyen un microcosmos cerrado, en el que el amor prácticamente puede ser respirado por todos los clientes, quienes súbitamente se vuelven más optimistas y afirman tener el corte de pelo con el que siempre soñaron. No hay en este caso un fiscal que amenace la relación del chico con la peluquera de sus sueños. Pero el virus de la duda se incuba al interior de la feliz peluquería, donde la castración incluso puede tener un gusto a dulce de vainilla. Matilde, la peluquera, un buen día hila un razonamiento muy sencillo de dos premisas y una conclusión: A. Soy feliz y estoy viva; B. No quiero dejar de ser feliz; C. Por lo tanto: dejo de estar viva. Y se lanza al río, temerosa de que su historia de amor perfecta acabe agrietándose por la convivencia diaria y las pequeñas tragedias de todos los días que corrompen a las obras humanas. ¿Es un final trágico o feliz? ¿Se puede esperar más felicidad cuando ya se ha alcanzado lo que ambos integrantes de la relación amorosa piensan que es la perfección? Finalmente, el chico vuelve a ser un solterón maduro y vuelve a la peluquería en la que conoció sus días más felices. Por eso es que esta versión de Las historias de amor acaban mal, en general, dirigida por Patrice Leconte, pudo haberse llamado (y de hecho así se llama) El marido de la peluquera. Y además, la película está rubricada por la música de Schubert arreglada por Michael Nyman. ¿Qué más se le puede pedir a una historia de amor?


Y siempre hay un tercer acto, también de Las historias de amor acaban mal, en general. Ahora, un guionista de Hollywood se muda a Las Vegas para consumir lo que él imagina son sus últimos días en una borrachera permanente. Por ciertos detalles –porque la película es un derroche de sutilezas– intuimos que el guionista tuvo una carrera exitosa que no pudo mantener ante las presiones del sistema, y que lo que era una hermosa familia se desmembró como consecuencia del fracaso profesional. Quienes conocen la ciudad, dicen que Las Vegas es como vivir las 24 horas del día en un aparador de navidad decorado con sólo accesorios de plástico barato. En un lugar así, surgen los encuentros más improbables. Y el guionista conoce en esas jornadas de autodestrucción a una prostituta hermosa, de buen corazón, como en las mejores novelas de Dickens. La prostituta muestra una actitud defensiva, y el director nos permite intuir que es la actitud de quien ha padecido las peores humillaciones y encima ha tenido que dar las gracias después de recoger la paga por ellas. Ninguna clase de golpe, rebaja a su dignidad o relación sórdida parece ser desconocida para la chica. Y lo inevitable sucede: acaban enamorados. Pero es un sentimiento tan honesto y maduro, que no se hacen ilusiones de cambiarse mutuamente ni se realizan promesas de que el amor durará para siempre. El amor dura hasta que se acaba, y si son lo suficientemente fieles a sus principios, quizá puedan despertar abrazados hasta el día siguiente. No hay nada más que eso: no hay ilusiones falsas ni chantajes, mucho menos rencor acumulándose como resultado de promesas no cumplidas. Ella no dejará las calles y él continuará con su propósito de matarse. Las últimas pastillas de antiácido el guionista se las bajará con un trago de whisky, y será incapaz de consolar a su chica que acaba de ser violada por una pandilla de estudiantes. La versión más dura, pero también la más lucida, de Las historias de amor acaban mal, en general fue realizada por Mike Figgis. Un tipo del que se extraña cada vez más su cine, después de lo que hizo en Adiós a Las Vegas.


El amor puede ser un perro infernal, como dijo Bukowski, pero también sigue siendo cierto que, como cantaron ciertos ingleses, todo lo que necesitas es amor. El amor es el diablo, como sugiere la obra de Francis Bacon. Pero también es la búsqueda de la mitad que, en el mito platónico, completa la unidad indivisible que éramos al inicio de los tiempos. Hay amores celosísimos, como el del Dios del Antiguo Testamento que exige el sacrificio de los hijos como prueba de lealtad. Otros son tan libres que permiten que, como la Luna y la Tierra, cada uno de los implicados conserve su espacio de acción. Sabiendo que las historias de amor acaban mal, en general, podemos agradecer cuando, en lo particular, nos encontremos enfrascados en una relación que cumpla con tres condiciones: 1) que nos haga querer matar al mundo entero para defender el universo construido, aunque de hecho nunca lo llevemos a la práctica; 2) que nos permita suponer que el objeto del afecto es el que se ajusta a nuestras más tiernas fantasías sobre el amor, es decir, aquellas que tienen un gusto a vainilla, y 3) que nos lleve a no intentar cambiar nada de la otra persona, porque incluso sus defectos resultan parte fundamental del conjunto por el que ahora sentimos devoción. Decir que las historias de amor acaban mal en general, pierde su validez de regla universal frente a ejemplos concretos de gente que es feliz, que se enamora todos los días y que, sabiendo lo difícil que es vincular dos mundos radicalmente opuestos, acepta el reto de dejarse llevar por el instinto.

Thursday, January 25, 2007

Canciones para todas ocasiones

Una canción para prepararse antes de asistir a una orgia:



Una canción para recordar que las historias sobre gente derrotada pueden ser fascinantes:



Una canción para cantarle a alguien que no se quiera ir de nuestra cama:



Una canción para dar gracias por lo bueno y lo malo de estar vivos:



Una canción para todos los actores frustrados que hay en México:



Una canción para prepararse para ver el mundo con ojos nuevos:



Una canción para hacer tal escándalo que nos arreste la policia:



Una canción para enamorarse como a los 16 años:



Una canción para deslizarse por ella como si fuera un tobogán y aún así continuar tristes:



Y, finalmente, una canción para reconciliarnos con un mundo que es desquiciado desde cualquier punto de vista:

Wednesday, January 24, 2007

Cumpliendo compromisos contractuales…


Y precisamente así se titula una pieza instrumental de Los Planetas, esa banda española que se sitúa a medio camino entre Belle & Sebastian y La Unión. Pero a diferencia de otros compromisos contractuales, el que me ha encomendado el sapientísimo Medeo es de muy grato cumplimiento.

Pero vayamos por partes. Como todo juguete rabioso, primero van las instrucciones, que el placer del juego tiene que ver con seguir adecuadamente las reglas…

1. Coja el libro que tenga más cerquita.
2. Vaya a la página 123.
3. Váyase ahora a la quinta oración.
4. Copie las siguientes tres oraciones.
5. Publíquelas en su blog junto con el nombre del libro y el autor.
6. Ponga la cadena de tarea a otros tres cristianos.

Y el resultado, del libro Big Fish de Daniel Wallace (sí el mismo en el que se basó la entrañable película de Tim Burton), es:

“And I grew up so quickly. His wife couldn’t see it as clearly, but he could. Coming back he saw this incredible growth, and seeing it realized how much smaller this made him, relatively speaking…”

Resulta que en esta parte del libro el aventurero de Edward Bloom (interpretado en la película por Ewan McGregor y por Albert Finney) empieza a sentir que el hogar que acaba de construir con la mujer que ama es demasiado pequeño en comparación con el mundo que se extiende más allá de sus ojos: ese mundo que es un espacio que su imaginación ha llenado con mujeres orientales de dos cabezas, gigantes que devoran todo lo que encuentran a su paso pero que “todo lo que necesitan es amor”, pueblos fantasmas habitados por quienes no se atrevieron a renunciar a la seguridad del hogar… Y en medio de todas esas ansias de aventura, de repente sucede la paternidad y el sentimiento de irse haciendo más pequeño mientras el hijo va creciendo tanto como el propio Bloom lo hizo en su juventud… Lo que hizo conmigo a los dieciocho años Donde mejor canta un pájaro... de Jodorowski en clave mística, lo está haciendo ahora el libro de Wallace en un tono agridulce: reconciliarme con mi padre y con el padre que potencialmente puedo ser yo…

Última cláusula del compromiso contractual:

Deben escogerse tres bloggers y asignárseles la tarea de replicar el ejercicio. Yo apuesto por: Arkturo, el Juntacadáveres y Zelig…

Es romper la regla, pero tengo otros tres: Beto, Issa y Tessitore

Monday, January 15, 2007

El encanto del vacío




Para qué negarlo: como dice la canción ranchera, nada me han enseñado los años, porque siempre vuelvo a los mismos lugares, los mismos escritores, los mismos directores, las mismas películas, la misma música, las mismas personas. Con el tiempo, el círculo de cosas entrañables se va estrechando, aunque cada vez acumulemos más experiencias en un espacio que nos fue entregado vacío al nacer. Decía Henry James que uno no hace la defensa de su Dios, porque el Dios que elegimos es la defensa de nuestra persona. En mi caso, uno de los autores cuya primera película que descubrí tuvo el aura de una revelación fue el inglés Mike Leigh. Siendo agnóstico y horrorizado ante la perspectiva de los milagros (porque significarían que la voluntad de Dios puede ser tan arbitraria incluso para ir en contra de las leyes físicas que él mismo habría creado), tengo una idea muy particular de lo que es una revelación en tiempos cínicos y seculares como estos: una persona, un lugar, un autor, un sonido, que parecen estar hechos para una sola persona en el mundo, y que da la casualidad que eres tú mismo. Es como ir pasando por un mercado ambulante, de esos donde se venden todo tipo de cosas inservibles (como muñecas sin cabeza o legiones incompletas de soldaditos de plástico), y descubrir un objeto que no tiene valor para nadie más y que para ti se vuelve algo precioso que deseas poseer de inmediato. El deseo de posesión, por decirlo de algún modo, se presentó en este caso como una revelación.


En 1993, descubrí una película que para mí tuvo esa aura de la revelación, sólo que en este caso se trató de la revelación de un mensaje de nihilismo puro. Naked fue la película que me hizo enamorarme del cine de Mike Leigh, y desde entonces no hemos roto relaciones amorosas (como si me ha sucedido con otros autores). En esta película, un hombre del que no se nos dan mayores antecedentes se dedica a recorrer Londres durante un día para poner en crisis las certezas más arraigadas de todas las personas con las que entra en contacto durante esa jornada. Johnny, interpretado por David Thewlis, le echa en cara a medio Londres el que se hallen tan cómodos en sus vidas, sin saber que la ausencia de solidaridad, la miseria, la imposibilidad de ser feliz sin dinero o la tendencia de las personas a confundir el miedo a la soledad con el amor, son los rasgos que en la modernidad secular toma el Apocalipsis. Particularmente, me resultaba graciosamente aterrador el episodio en el que Johnny se encuentra con el velador de un edificio, quien lo invita a tomar un te con él mientras espera que llegue la madrugada y pueda regresar a su casa. El velador es un tipo amable en su neutralidad y agradable en su falta de espíritu crítico: el opuesto completo de Johnny, pues. El velador le da a Johnny un paseo completo por el edificio a su cuidado: un complejo de oficinas muy bien iluminado, decorado bajo las reglas del minimalismos más uniforme y, paradójicamente, pletórico de espacio vacío.


“Si entendí bien, ¿te encargas de cuidar el vacío?”, pregunta Johnny con una mueca de rabia que amenaza con desbordarse. “Así es”, responde el velador que no tiene resquicios de ironía para ocultar dobles intenciones. “¿Y para qué lo haces?”, replica de nuevo el héroe cínico de Naked. “Pues para ganar dinero, poder llevar comida a mi casa y, en un futuro no muy lejano, darme la gran vida con mi mujer una vez que me jubilé en algunos pocos años”, dice el velador. “¿Y si el mundo se acabara mañana, como anuncian las profecías apocalípticas, no te sentirías terriblemente furioso antes de morir con toda tu familia y saber que dedicaste los últimos años de tu vida a cuidar un espacio vacío, a vigilar que la nada siguiera intacta?”, pregunta Johnny. Con una mirada de miedo que gradualmente se va convirtiendo en terror, el velador le escupe en la cara a Johnny: “El mundo no se puede acabar de la noche a la mañana. Toda mi vida y la vida de los londinenses no pueden terminar por un castigo de Dios. Tiene sentido cuidar el vacío porque en él van a vivir muchas personas, con familias como la mía y con sueños de jubilación como los míos. El vacío es la promesa de lo nuevo, de que hay un espacio libre para que la gente haga cosas buenas en su interior”. “No se puede discutir contigo, amigo. Estás demasiado consciente del fin del mundo, demasiado aterrorizado por el futuro, como para convencerte a ti mismo de que eso nunca va a ocurrir”. Yo tenía en ese entonces 15 años e inmediatamente mi cinismo me puso del lado del personaje de David Thewlis: no tiene sentido perseguir sueños de opio o, en este caso, sueños vacíos como cajas de zapatos.


Andando el tiempo, leí algo que me recordó inmediatamente esta disertación sobre el vacío en la película de Mike Leigh. Bueno: lo leí y después lo escuché. En el booklet de su disco Hotel, Richard Melville Hall, mejor conocido como Moby, escribe una oda a los espacios vacíos y sus posibilidades:


Why hotel? A variety of reasons, but here’s one of them: hotels fascinate me in that they’re incredibly intimate spaces that are scoured every 24 hours and made to look completely anonymous. People sleep in hotel rooms and cry in hotel rooms and bathe in hotel rooms and have sex in hotel rooms and start relationships in hotel rooms and end relationships in hotel rooms and etc and etc, but yet every time we check into a hotel room we feel as if we’re the first guest and we get very upset if there’s any remnant of a previous guest’s stay. Something about this idea, that these intimate spaces are wiped clean every 24 hours, fascinates me: that we enter a hotel room and it becomes our biological home for a while and then we leave. In some ways it’s similar to the human condition. We exist and we strive and we love and we cry and we laugh and we run around and we sleep and we build things and we have sex and then we die and, not to sound too depressing, the world is wiped clean of our biological presence, which from my perspective, makes our brief biological time here all the more precious due to its relative brevity. Hotels in specific, fascinate me in that so much effort is expended to maintain a perfect neutrality. And my hope in this record is not to celebrate or represent the vacuum like neutrality of an empty hotel room but rather to represent the part of the human condition that compels us to lead big and expansive and messy biological lives. I’m fascinated by the airless and lifeless neutrality of so many man-made spaces (empty airports, empty lobbies, empty office buildings etc) but I don’t feel like making music that is airless and lifeless because I also really like people and the messy miasma of the human condition and I want to make messy, human records that are open and emotional because whether I like it or not, I’m messy and human, too (even though like all good sci-fi geeks I do occasionally wish I was a robot). Have I said too much? Should I err on the side of cryptic and esoteric explanations? Well this explanation is neither cryptic nor esoteric, so there you go. And that’s why the record is called “Hotel”. Thanks, and I hope that you like what you hear.

Y es que a Moby le fascina retratar espacios vacíos, como este:




Entre el desencanto optimista de Mike Leigh y el optimismo desencantado de Moby se tiene un abismo insalvable. Hoy le creo más a Moby que a Mike Leigh sobre el valor de los espacios vacíos, y esto no implica que no me guste ya el cine del autor inglés o que me guste en la misma medida todo lo que hace Moby. Simplemente, ha pasado el tiempo y creo que tuve la fortuna de no conocer la soledad metafórica y literal de los espacios vacíos hasta bien entrados mis veintes. Me gusta la música de Moby, porque juega con la idea de ir llenando un espacio de cinco minutos o más (lo que dura una canción) con sonidos fragmentados que se repiten hasta mostrar no el absurdo del vacío, sino que el vacío tiene sentido porque en él pueden colocarse cosas significativas para las vidas de las personas. El vacío que Moby va llenando con sonidos es cálido algunas veces (como el espacio que construye en Play u Hotel) y en otras ocasiones es de una tristeza infinita, como la de los androides de Blade Runner (el caso de Animal Rights o Ambient). Pero siempre Moby da testimonio de lo que significa llenar un espacio vacío de cosas auténticamente humanas, por hermosas, trágicas, finitas y, además, falibles. Decía hace un momento que nunca me sentí tan confundido, ni en mi adolescencia, como el día de hoy, precisamente por la perspectiva del vacío que tengo delante de mí. No es que piense arrojarme de cabeza al vacío, al menos no por el momento; sino que siento que estoy en un momento en el que dispongo de muchos espacios vacíos para irlos llenando gradualmente con cosas y personas que me acompañaran durante el resto de mi vida. El vacío da vértigo, pero también es una zona de creatividad por activar. Que algo esté como posibilidad, no significa que prospere sin dificultades, del mismo modo que la existencia de la semilla no significa el desarrollo completo y pleno del árbol.

En Tres colores: Azul, Kieslowski ensaya una definición de la libertad que es negativa: se aproxima a este valor de los revolucionarios del siglo XVIII a partir de la ruptura del personaje de Juliette Binoche con todo aquello que la hace una persona no libre, a partir del momento en que su esposo e hija mueren en un accidente, dejándola sola en el mundo, en un espacio vacío lleno de cosas que no le pertenecen a ella. Julie decide abrazar la oportunidad de ser verdaderamente libre de todo que el destino le ha dado: entonces rompe con la sujeción del dinero, con su familia, con sus amigos y, finalmente, se instala en un departamento al que deja parcialmente vacío. Julie no quiere llenarse nuevamente de cosas que entorpezcan su tránsito por el mundo; aferrarse al espacio vacío le da una sensación de intimidad consigo misma que la vida en familia y todas las comodidades burguesas le había impedido experimentar. Pero a Julie le queda un largo camino por descubrir, para al final de la película darse cuenta de que, como pensaba Kant, ser libre es poder atarse a aquellas relaciones que uno puede decir que ha escogido de manera autónoma. Hay un objeto que Julie trajo de su antigua casa a su nuevo –y vacío– departamento: un candelabro de cuentas de vidrio de color azul, el mismo que siempre quiso alcanzar cuando era pequeña, pero que ahora que había crecido y podría tocarlo sin esforzarse, se había olvidado del propósito de ese caprichop infantil. El candelabro azul, como la música de Van den Budenmayer, le recuerdan a Julie que el vacío está allí para llenarse de cosas y relaciones significativas que no signifiquen una carga sino, al contrario, el equipaje necesario para emprender el viaje largo y sinuoso que son los años que le quedan por delante. Al final de la película, Julie puede llorar y abrazar el vacío de una existencia –como la humana– que está condenada a nunca ser completamente libre. Pero el vacío tiene su encanto: si en él se conjunta el escepticismo de Naked, la ternura de Moby y la sabiduría que Kieslowski expresa en Azul.



Sunday, January 07, 2007

Los héroes están fatigados


“It is the time just before rain, the time when the flies bite like kamikaze, when the birds fly low and the sky hangs overhead black, heavy and expectant, when all the colors are washed in gray, subdued and intense, yet punched through by radiant hues. It’s about to burst. A heavy sense of expectation, of lowering, of time just before something large overwhelms the picture, the frame, the rhythm, the colors, the light, the music and the characters. Still, the story moves fast, faster than words”.

Milcho Manchevski, Before the Rain


Las personas e incluso las naciones pueden contar, llegado el momento preciso, la historia de su educación sentimental. La educación sentimental es ese conjunto de creencias y valores que Gustave Flaubert mostró como el sustrato que da unidad a la diversidad de experiencias que resultan del encuentro de la propia subjetividad con la subjetividad ajena. Solo nosotros habríamos podido responder como en efecto lo hicimos frente al odio, amor, deseo, pasión, rencor, atracción, repulsión o indiferencia que la otra persona nos expresó, porque tenemos una educación sentimental que nos hace particulares. La educación sentimental, vista de manera retrospectiva, permite a una persona reconocer el proceso que la ha llevado a ser lo que de hecho es, y mirar en sí lo que tiene de condicionamiento y de elección libre. Somos libres para leer de manera retrospectiva esa educación sentimental, pero no lo somos tanto como para distanciarnos totalmente de ella.

En muchos sentidos, la libertad y autonomía que deseamos como propias son negación de la educación sentimental que recibimos en la familia, la tradición, la escuela y el trabajo en los que de manera más o menos voluntaria nos hallamos insertos. Y si es difícil renunciar a la familia de la que provenimos para constituirnos como personas autónomas, mucho más lo es tomar distancia del conjunto de prácticas tradicionales que configuran la idea de nación a la que se supone debemos tener lealtad incondicional. En algún momento de mi adolescencia me di cuenta de que no me identificaba con la idea de lealtad de mis padres, con la religiosidad de mis tías, con la visión esencialista de las personas que aprendí en la escuela y, mucho menos, con el desmadre y la irresponsabilidad que se supone nadan en la sangre de los mexicanos de manera natural. “Podría ser mi padre, podría ser mi madre, pero también podría ser yo”: así describía Ingmar Bergman en Las mejores intenciones su necesidad imperiosa de recuperar su educación sentimental de una manera ficticia –no fiel a los hechos, sino a la coherencia de las experiencias– y que le permitiera reconciliarse con el pasado. Ese pasado –de acuerdo con Bergman– está conformado por una multitud de actos de generosidad, pero también está poblado por gestos de ira, odio, envidia y egoísmo que nos hacen ser lo que somos. Recuperar la generosidad y el egoísmo que nos constituyen a partes iguales, y reconciliarnos con las personas en las que hemos depositado estos sentimientos, es parte del proceso de observar críticamente nuestra educación sentimental.

En la educación sentimental de las personas, los héroes desempeñan un papel fundamental. La forma narrativa que ha configurado la modernidad occidental nos ha acostumbrado a exigir de las novelas –y ahora del cine– la existencia de un personaje central alrededor del cual giran los acontecimientos que se acumulan para nuestro entretenimiento. Queremos conocerlo todo de ese protagonista, y exigimos que sus actos sean explicables a partir de las premisas del psicoanálisis o cualquier otra escuela de pensamiento que asuma como tarea la de predecir la conducta humana de manera completa. Incluso nos decepcionamos si el héroe de la narración reacciona de una manera inesperada. En este sentido, como decía Borges en su relato “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, reconocemos una narrativa no occidental por su renuencia a atribuir las obras a un solo autor y a hacer depender la trama de las fluctuaciones de los estados de ánimo de los personajes. En las narrativas no occidentales no habría una descripción psicológica de los estados de ánimo como tampoco existiría la noción de plagio: pues ambas cosas dependen de un relato configurado desde la subjetividad y dirigido a explorar la subjetividad. Pero nosotros, que somos occidentales sin remedio, necesitamos de los héroes.

Hannah Arendt localiza el declive de la cultura helénica en la transición de la épica heroica de hizo de Aquiles el paradigma del valor a la tragedia ática que colocó a Edipo como arquetipo de la heroicidad. Aquiles, u Odiseo posteriormente, eran nombres que en la Hélade de los tiempos de Homero (ese coro de poetas que la historia de la literatura ha reunido en un solo autor) evocaban el valor y el coraje a prueba de cualquier obstáculo. Aquiles tenía un espíritu noble y valeroso que le venía por su origen divino y, por tanto, bastaba con su presencia en el campo de batalla para que los ejércitos se doblegaran ante él. Aquiles no podría haber conocido la derrota, a no ser que la fortuna –y no los actos de otro ser humano– le hubiera puesto una trampa. Para Arendt, esta imagen de heroicidad no podría haber sobrevivido en la Atenas de Pericles, porque lo que la política griega necesitaba era una idea del valor y del coraje que pudiera estar al alcance de todos los seres humanos y no sólo de un pequeño puñado de semidioses. Los héroes griegos debían tener el coraje suficiente no para ganar guerras sino para batirse en duelos de argumentación en el Ágora. Por eso es que, de acuerdo con Arendt, en la Atenas democrática empezaron a florecer los héroes trágicos como Edipo, Filoctetes o Medea.

Edipo no era responsable de su tragedia, e incluso cuando intentó usar su fuerza para remontar su suerte funesta, esto no hizo sino precipitar la espiral de violencia sobre él. Filoctetes regresó de la guerra de Troya herido, y esperaba en el campo de batalla el auxilio de los dioses para curar su cuerpo y volver a combatir al enemigo. Medea, por su parte, clama que existen leyes justas que la naturaleza fija y que deben servir para corregir las injusticias de las leyes creadas por los seres humanos. El conflicto trágico surge, precisamente, porque el héroe se localiza en medio de una situación que es ambigua y que no puede resolverse por referencia a la virtud o la bondad. El héroe trágico no tiene el control total de sus fuerzas –como sí lo tenía Aquiles– y debe reconocer que aquellos que lo enfrentan son tan dignos de respeto y consideración como él mismo. La razón acompaña a Edipo, a Filoctetes y a Medea, pero la tragedia radica en que los enemigos de estos héroes también tienen buenas razones para defender sus posturas vitales. A Edipo, Filoctetes y Medea, el ejercicio de la virtud tal y como los griegos la concebían –la unidad de la bondad, la belleza y la verdad– no les trae como consecuencia automática la felicidad. La conciencia griega empezó a resquebrajarse cuando las ambigüedades y contradicciones del mundo real –ese que empezaron a invadir los romanos imperialistas– hicieron insoportable la existencia del héroe trágico. Los héroes ya estaban fatigados de luchar, de ser virtuosos, sin que sus esfuerzos les garantizaran el logro de la felicidad al final de sus días.

Ya no tenemos héroes totales como los de la Grecia arcaica, y más bien nos parecemos mucho a Medea: tanto, que sus lamentos dirigidos al cielo reclamando una justicia divina que corrija las injusticias humanas podrían ser los nuestros. Pero que los héroes estén fatigados, no significa que nos hayamos quedado sin modelos para nuestra educación sentimental. Más bien, debemos volver los ojos hacia otro lado: el esplendor de la virtud antigua ya no está disponible. La modernidad significa, entre otras cosas, hacernos responsables de nosotros mismos porque Dios no tiene cabida en un mundo que convierte al ser humano en la medida de todas las cosas.

En mi educación sentimental han sido fundamentales muchos héroes, algunos reales y otros ficticios: mi madre, mi padre, Luis Buñuel, Thomas Ripley, Isabel Archer, Salman Rushdie, Leonar Cohen, Mozart, el chico de El guardián entre el centeno, mis amigos que han hecho de su vida una obra de arte, Henry James, Francisco de Goya, Hannah Arendt, Schubert, Arturo Ripstein, Pasolini, Bergman, Kieslowski, los comunistas franceses del mayo del 68, Rosa Parks, Martin Luther King Jr., los familiares de las costureras que se unieron para rescatar a las víctimas del terremoto de 1985 que destruyó la Ciudad de México, los mexicanos de izquierda que no se han dejado seducir por el dogmatismo. Pero estos héroes son coherentes en su falta de coherencia; unitarios en todas su ambigüedades; sus vidas son como frescos esplendorosos pintados sobre muros que se están cayendo a pedazos. Estos héroes son como vasijas griegas que mantenemos artificialmente unidas e intactas en los museos, como recuerdo del poder de la creatividad humanas. Si las vasijas no tuvieran fracturas, carecerían de historia. Si los héroes no hubieran flaqueado en momentos claves, quizá no hubieran tenido esa lucidez inconsciente que les permitió arrojarse a la acción sin esperar sus resultados. Con héroes vivos de este tipo quiero acompañarme a partir de este momento en mi vida: ahora que estoy tan falto de valor, de certezas y de apoyos, y que al mismo tiempo quiero poder asomarme al espejo para contemplar a una persona auténticamente libre que toma decisiones de manera responsable y no obligado por las circunstancias y el desánimo. Seguro que en el camino tendré que desaprender muchas cosas que constituyen el núcleo de mi educación sentimental, pero creo que vale la pena intentarlo.

Friday, December 29, 2006

Una y muchas verdades incómodas






Oh Yoshimi, they don’t believe me but you won’t let those robots defeat me
Oh Yoshimi, they don’t believe me but you won’t let those robots eat me,
those evil-natured robots.
They’re programmed to destroy us.
She´s gotta be strong to fight them.
So she’s taking lots of vitamins.
Because she knows that it’d be tragic if those evil robots win.
I know she can beat them.

The Flaming Lips, “Yoshimi Battles the Pink Robots”


“La películas más escalofriante del año”: así se publicita Una verdad incómoda, el reciente documental de David Guggenheim protagonizado por Al Gore y su campaña para alertar a la población mundial sobre el calentamiento global provocado por el uso indiscriminado de hidrocarburos. Y los publicistas a quienes se les ocurrió el eslogan –cosa poco frecuente– tenían razón. Se trata de la película más aterradora del año, a pesar de que las únicas vísceras que se exhiben en pantalla son las del corrupto sistema político estadounidense, de orientación conservadora, que se niega a ratificar el Protocolo de Kyoto; y a pesar de que los únicos que se desangran –literal y metafóricamente– son aquellos científicos que se agotan tratando de llevar a los congresos de los diferentes países el tema de la ecología como la prioridad que es y que nadie parece reconocer. Violencia gore en estado puro. Es aterrador darse cuenta de que vivimos en un mundo sobre el que pende la espada de Damocles y que nadie hace nada para protegerse la cabeza frente a su inminente caída.

En Del asesinato considerado como una de las bellas artes, Thomas de Quincey escribió que los crímenes cometidos por Macbeth hacían palidecer por su profundo carmesí (deep crimson, y de allí se le ocurrió a Ripstein el título de su célebre película) a los cometidos por cualquier otro. De Quincey puso el acento en el sadismo de la conducta criminal y en los motivos corruptos que Macbeth tenía para matar. Macbeth no mataba para sobrevivir o para defender a los suyos; él asesinaba para conservar sus privilegios de clase, no importándole que en el camino tuviera que sacrificar a antiguos aliados o futuros opositores. En nuestra época, crímenes mucho más nefandos se están gestando en los congresos de los distintos países sin que nadie parezca notarlo. Asesinamos el futuro de muchos seres humanos si hoy cerramos los ojos frente al problema del calentamiento global y otros derivados de las consecuencias futuras de las acciones irresponsables en el presente. Como la irresponsabilidad política es la norma, nadie se asombra de que los políticos se comporten con la inmoralidad que todo el mundo espera de ellos. Al fin y al cabo son políticos, y se ensucian las manos para que nosotros no tengamos que hacerlo. Porque inmoral es distraer la atención de los ciudadanos y de las agendas públicas mundiales respecto del problema de primera importancia que es el calentamiento global. Parafraseando a De Quincey, puede decirse que la estupidez de quienes se niegan a observar los signos evidentes del desastre ecológico que se avecina en el corto plazo, hace palidecer por su soberana negrura a cualquier otro rasgo de irresponsabilidad política. ¿Cómo se evaluarán dentro de veinticinco años, cuando sean una realidad tanto los enfrentamientos armados por el agua potable como las oleadas de inmigrantes de las regiones anegadas por el deshielamiento de los polos, las omisiones de nuestros congresistas frente a las demandas ecológicas? ¿Qué tendrá más sentido dentro de veinticinco años: la lucha por la repartición de los escaños en el congreso o la demanda de juicio político contra quienes pudieron hacer algo para frenar el calentamiento global y no lo hicieron en su momento? Estas son algunas de las verdades incómodas de las que habla la película de Al Gore.

Una verdad incómoda, como la propia campaña por alertar a la población mundial sobre el calentamiento global, ha sido descalificada de muchas maneras. Y casi todas estas denostaciones tienen que ver con lo que en la lógica clásica se conoce como falacia ad hominem, es decir, con descalificar al sujeto y no a su argumentación. Se ha dicho que, en realidad, Al Gore ha hecho un monumento a su ego y que toda la información científica que presenta está manipulada para reforzar la embestida que desde distintas posiciones de izquierda se está llevando contra el Partido Republicano. Se ha acusado a Gore de poco patriota, pues sus teorías sobre la necesidad de reducir el uso de combustibles fósiles significarían la pérdida de empleo para un número importante de estadounidenses que viven de la industria petrolera o de la economía derivada. También se ha señalado que Gore es un alarmista que busca culpar a la administración de George W. Bush por el desastre que provocó en Nueva Orleáns el Huracán Katrina, sacando a la luz una improbable conexión entre el aumento de la fuerza de estos fenómenos naturales durante los últimos años y el calentamiento global. No digo que Gore sea un santo, ni tampoco que lo que dice sea nuevo. Como bien sabía Maquiavelo, la política es un territorio que en la lucha diaria por el poder ha roto sus lazos con la ética. Ningún político actúa sólo a causa del bien común. Pero la campaña de Gore tiene una dosis de verosimilitud de la que carecen otras teorías científicas enarboladas por políticos con la intención de llamar la atención de los reflectores. Y esta dosis de verosimilitud se relaciona con aquello que Carl Sagan y otros filósofos de la ciencia han denominado el carácter público de la investigación científica.

La investigación científica honesta no se asume como la depositaria de verdades irrefutables y de certezas que deben ser preservadas de cualquier crítica. Al contrario, el espíritu científico es curioso por definición y observa a la naturaleza como un texto de lecturas múltiples y variables en el tiempo. Ninguna lectura es la definitiva porque cada vez contamos con mejores lentes para observar el texto; pero tampoco es cierto que haya individuos mejor capacitados que otros para descubrir en el texto de la naturaleza aquellas regularidades que permiten la formulación de leyes siempre provisionales. La ciencia se construye de una manera plural y abierta, sometiendo cada nueva conclusión provisional a un escrutinio exhaustivo que busca fortalecer esa nueva certeza. Sólo los científicos deshonestos –como aquellos que servían al régimen comunista cuando se produjo el accidente nuclear de Chernóbil en 1986– consideran la crítica y la experimentación como sinónimos de disidencia y deslealtad al paradigma científico vigente. La ciencia tiene un carácter público que se asemeja mucho a la crítica que puede lograrse en el espacio político, pues las realidades que se describen y tratan de explicar nos afectan a todos. Si bien podemos dudar de la honestidad de Al Gore, allí están las consecuencias del calentamiento global que pueden sentirse desde cualquier esquina del planeta: los recrudecimientos de las temporadas de frío y de calor, la migración de especies animales –que a veces se convierten en plagas para los cultivos– a regiones antes impensadas, el empobrecimiento de las comunidades agrícolas frente a la demora de las lluvias, la extinción y contaminación de las reservas de agua dulce. Las verdades inconvenientes, incómodas, dolorosas se acumulan y es un crimen contra el porvenir de la humanidad –si es que existe alguno– no hacer nada al respecto.

Más allá de la dimensión existencial implicada por la decisión de tener o no hijos, admiro a quienes se atreven a traer una nueva vida a un mundo como éste, con tan pocas perspectivas esperanzadoras. Admiro el valor de quienes de manera consciente asumen el reto de cambiar el mundo para hacerlo un lugar más habitable que el que ellos recibieron cuando nacieron. El filósofo político estadounidense John Rawls señalaba que existe un deber moral con las generaciones futuras, que se traduce como la restricción para tomar decisiones políticas en el presente que empobrezcan la calidad de vida de quienes aún no han nacido. Desde este punto de vista, es políticamente irresponsable que el gobierno estadounidense subsidie la producción del maíz y el algodón, porque esto empobrece a los campesinos de otros países que se dedican a su cultivo. También es inmoral que los congresistas se dejen sobornar por las industrias relacionadas con los combustibles, para hacer pasar como dementes émulos de Fox Mulder a los científicos que llaman la atención sobre la prioridad de la cuestión ecológica. La irresponsabilidad política en el presente empobrece la calidad de vida de las personas que aún no han nacido. Para ellas, la única posibilidad será encontrarse arrojados a un mundo que es peor que el que encontraron al nacer las generaciones precedentes.

Una verdad incómoda culmina con una nota de optimismo matizado de pesimismo: combatir el calentamiento global es sobre todo un deber moral antes que político, porque implica el destino de las personas que aún no han nacido. La conclusión es optimista porque, de acuerdo con la evidencia que presenta el documental, ya contamos con la tecnología energética alternativa necesaria para reducir nuestro consumo de hidrocarburos. Pero el pesimismo lleva a Gore a reconocer que adoptar esta tecnología alternativa no es un asunto de posesión de conocimiento sino de voluntad política. Estados Unidos produce por sí mismo más emisiones de monóxido de carbono que el resto del planeta, y es el único país que no está haciendo nada significativo por combatir el calentamiento global. El progreso científico de la humanidad –como señalaba Immanuel Kant– no lleva aparejado un progreso moral. Si invadir naciones en transición a la democracia fuera poca cosa, allí está la irresponsabilidad de Bush en materia ecológica para hacerlo merecedor de un juicio político que debiera ser promovido por algún tribunal internacional.

Finalmente, quiero retomar la idea con la que Gore cierra su película: que los grandes problemas requieren soluciones radicales, y que éstas dependen de un cambio del paradigma científico vigente. Tenemos que abandonar la idea de que el desastre ecológico global es algo que ocurrirá en el futuro (cuando las guerras sean libradas por pequeños androides japoneses, como decía uno de los personajes de Los Simpson) y que ni a nosotros ni a nuestros hipotéticos hijos nos tocará lidiar con sus consecuencias. Como señalaba Thomas S. Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas, un paradigma deja de tener vigencia cuando empiezan a aparecer problemas que no puede resolver por sí mismo. En este sentido, una nueva problemática no debería ser acallada por los científicos para preservar al paradigma, sino que es su deber fomentar la crítica incluso si ésta significa la destrucción de las certezas más apreciadas. El problema del calentamiento global es lo suficientemente severo como para hacernos abandonar los paradigmas científicos vigentes, si éstos conducen a la pasividad y la indiferencia respecto de la cuestión ecológica. Debemos renunciar a la complacencia que nos hace tomar distancia de las instituciones y los representantes políticos, para exigirles de una buena vez que tomen cartas en el asunto y se comprometan no sólo con leyes a favor del desarrollo sustentable sino también con las condiciones materiales que las hagan operantes y eficaces. Necesitamos modificar nuestros hábitos de consumo, para que un automóvil nuevo o la posesión de cada vez más aparatos electrónicos dejen de significar ventajas sociales. Necesitamos, pues, asumir que vivimos en un mundo pletórico de verdades inconvenientes.

[Para Arkturo, B.B.B. King, Beto Gun, Carlos cuya esencia es lo indeterminado (To Apeiron), Caronte, Daniel Sametz, David M., Davidmo, el Erario Inagotable, Ernesto Sandoval, Eva, Geekganster, las gotas que caen Antes de la lluvia, Herr Boigen, Issa, Juan del Corredor, el Juntacadáveres, Josué, LoveDoctor, Medeo, Miss Cronika, Montanito, Peter Table y la Pilarrr, Selvia, Senses & Nonsenses, Seoman, Silencio V.2, Tessitore di Sogno, TNF25, Vero, Yayosalva, Zelig: a todos, un abrazo y mi agradecimiento por su generosidad al leerme durante 2006]

Sunday, December 24, 2006

10 películas que confirmaron la adicción por el cine durante 2006


Fateless,
de Lajos Koltai

La muerte del Sr. Lazarescu,
de Cristi Puiu

Brokeback Mountain,
de Ang Lee

Manderlay,
de Lars Von Trier

L’Enfant,
de Jean-Luc y Pierre Dardenne

The Secret Life of Words,
de Isabel Coixet

Paradise Now,
de Hany Abu-Assad

Simpathy for Lady Vengeance,
de Par Chan-Wook

Volver,
de Pedro Almodóvar

Efectos secundarios,
de Issa López

10 libros que se deshojaron durante 2006






The Hours,
de Michael Cunningham

A Home at the End of the World,
de Michael Cunnigham

La línea de la belleza,
de Allan Hollinghurst

Extremely Loud and Incredibly Close,
de Jonathan Safran Foer

Salón de belleza,
de Mario Bellatín

Los derechos de los otros. Extranjeros, residentes y ciudadanos,
de Seyla Benhabib

The Juridical Unconscious. Trials and Traumas in the Twentieth Century,
de Shoshana Felman

Las partículas elementales,
de Michell Houellebecq

Tokio Blues,
de Haruki Murakami

Carnaval de Sodoma,
de Pedro Antonio de Valdéz


10 discos que se usaron de soundtrack durante 2006



The Flaming Lips:
At War with the Mystics


Isobel Campbell & Mark Lanegan:
Ballad of the Broken Seas

Thom Yorke:
The Eraser


Belle & Sebastian:
The Life Pursuit

Clint Mansell:
The Fountain

Sufjan Stevens:
The Avalanche

Mogwai:
Mr. Beast

Guillemots:
Through the Window Pane

Morrisey:
Ringleader of the Tormentors

Scissor Sisters:
Ta-Dah

10 canciones que se tararearon durante 2006


“I Don’t Feel Like Dancing”, de Scissor Sisters


“A Gilded Age”, de Norfolk & Western


“Another Sunny Day”, de Belle & Sebastian


“The Greatest”, de Cat Power


”Harrowdown Hill”, de Thoms Yorke


“Young Folks”, de Peter, Bjorn & John


“You Have Killed Me”, de Morrisey


“The W.A.N.D”, de The Flaming Lips


“Me quedo aquí”, de Gustavo Cerati


“Who Left the Lights Off, Baby?”, de Guillemots

Friday, December 15, 2006

The Love of Richard Nixon



“The world on your shoulders,/ The love of your mother,/ The fear of the future,/ The best years behind you,/ The world is getting older,/ The times they fall behind you,/ The need it still grows stronger,/ The best years never found you”.


Así comenzaba el primer sencillo que el grupo inglés Manic Street Preachers lanzó en 2005 de su disco Lifeblood y que se titulaba, precisamente, “The Love of Richard Nixon”. Los Manic Street Preachers son conocidos por sus comentarios políticos y por su escepticismo que a veces deviene en cinismo puro. Este grupo inglés intentó retratar a Nixon desde una hipotética simpatía que se podría sentir por el ser humano diferenciado del político. Nixon tuvo una madre que lo quiso, como todos. A veces sintió que el mundo se le iba encima y que sus mejores años habían sido consumidos en tareas imposibles, como muchos hemos sentido. Nixon impulsó como ningún otro presidente estadounidense la investigación científica para el tratamiento del cáncer. Entonces, concluyen los Manic Street Preachers, todos quienes se esfuerzan por cambiar el mundo merecen encontrar el amor, incluso Richard Nixon.


¿Por qué dedicar una canción a Richard Nixon, quien sigue apareciendo en los imaginarios políticos mundiales como paradigma de la mentira y la manipulación? Si Kennedy es un personaje trágicamente malogrado, Nixon representa la conclusión fársica de una tradición política que inspiró a Alexis de Tocqueville para afirmar que en Estados Unidos la igualdad no era una imposición del orden legal sino una serie de prácticas comunes y compartidas que daban identidad a esta comunidad tan diversa. Los Manic Street Preachers alguna vez dijeron que Nixon era una figura satanizada y amada a partes iguales, y que ellos no sentían por él una simpatía en particular, pero tampoco creían justo culparlo exclusivamente por la destrucción que generó la incursión armada en Vietnam o por la extensión del conservadurismo que niega derechos a los grupos de la diversidad sexual, limita el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo o censura la investigación científica de vanguardia en genética por considerarla obra del diablo.


En Hamlet, Shakespeare hace decir a su protagonista que algo podrido infecta la atmósfera de Dinamarca, pues la corrupción moral se ha generalizado y nadie parece sorprendido por las intrigas del poder político. Desde un punto de vista menos trágico y más pop, los Manic Street Preachers parecen querer decir que algo huele a podrido en Estados Unidos, si la historia reciente se vuelve difícil de evaluar en toda su justeza y al margen de prejuicios que satanicen o glorifiquen la actuación de seres humanos con los que necesitamos saldar cuentas.


Nixon sigue siendo un personaje controversial. Para Hannah Arendt, con su mandato se ilustra el carácter esencial de la política: ser un espacio de apariencias. Esto significa que no existe una esencia de la política, sino que el discurso político se configura a partir de lo que todos decimos en público y de nuestras acciones con pretensión de legitimidad. No existe una lógica secreta del poder político, porque la política es exposición a la evaluación crítica de todos los ciudadanos. Por eso es que Arendt afirmaba que la violencia está excluida de la política: porque sus razones no son las del discurso ni las de la opinión que puede leerse críticamente desde una posición contraria, sino las de la fuerza que es muda por definición. Arendt afirmaba que Nixon conocía perfectamente este carácter frágil y cambiante de la política, y que por eso pudo empezar a mentirles a los ciudadanos estadounidenses hasta tal punto que nadie, ni él mismo, pudo distinguir el engaño de la realidad. Pero, desde el punto de vista de Arendt, si a Nixon lo hubiera frenado una esfera pública atenta a evaluar sus decisiones y los ciudadanos no se hubieran creído que la política es un asunto de expertos y ajeno a sus intereses inmediatos, la historia se habría escrito de manera muy diferente.


Es cierto que, como cantan los Manic Street Preachers, Nixon fue un ser humano común y corriente. Un individuo tan susceptible a la corrupción y la mentira como todos en ausencia de un sentido de la responsabilidad política. Probablemente, Nixon fue amado con la misma intensidad con la que muchos lo detestamos. Pero el amor no es un asunto de interés político, pues las acciones de las personas no sólo se restringen a su esfera íntima. Lo que hacemos, de manera inesperada e impredecible, afecta a los demás en el ámbito social. Frente a esta imprevisibilidad de la acción, Arendt exige la asignación de responsabilidad y la actualización de un espacio público en sentido democrático que permita que ningún criminal escape impune (como sucedió recientemente con Pinochet).


Arendt ha sido muy criticada por su toma de postura por el republicanismo cívico que exige a los ciudadanos comprometerse de tiempo completo en la política. Ella pensaba que nada es definitivo en la historia y que, por ejemplo, el totalitarismo se hubiera podido evitar si las teorías racistas y la concepción étnica de ciudadanía pudieran haber sido criticada en un espacio público democrático. Y es evidente que esta tarea hubiera exigido una participación activa de todos los ciudadanos. Los críticos liberales de Arendt afirman que pedir a los individuos el día de hoy que abandonen sus intereses particulares y la maximización de sus ganancias, para comprometerse con una vigilancia de los políticos y del espacio público es, simplemente, pedirles demasiado. Sé que el republicanismo cívico de Arendt y otros teóricos políticos requiere reformularse para que las libertades individuales puedan ser garantizadas frente a las exigencias de la comunidad y la tradición. Pero también tengo la intuición de que renunciar a la política como un asunto común que requiere toda la atención, es demasiado peligroso.


Cuando Nixon gobernó, se rodeó de toda una serie de supuestos “expertos en asuntos nacionales” que le garantizaban el éxito en Vietnam, la restauración de los valores cristianos y que Estados Unidos tendría todo el derecho a colonizar el mundo de acuerdo a su particular visión del beneficio material. Lo que no pudieron prever los expertos de Nixon era que nadie puede controlar las consecuencias de los actos humanos. El gabinete de nuestro nuevo presidente en México ni siquiera tiene una composición que podamos reconocer como “de expertos en temas nacionales”. Frente a una irresponsabilidad política de este tamaño, creo que la única forma de no sentirse tentado por el pesimismo es retomar esta idea republicana de comprometer activamente a los ciudadanos en la evaluación crítica de las acciones del gobierno. Efectivamente, implica muchos costos renunciar a los intereses personales, pero es más lo que está en juego si pensamos que la política no nos afecta. La mayoría de los actos humanos son políticos por definición, dado que se insertan en una red de relaciones interpersonales sobre la cual no podemos tener control completo del resultado de nuestras acciones.


Efectivamente, como cantan los Manic Street Preachers, debemos ver a Nixon no como un demonio ni como un santo, sino simplemente como un ser humano que requiere una asignación justa de responsabilidad individual. Es un asunto de memoria histórica, pero también de justicia material para los afectados por las decisiones de Nixon. Hace pocos días El País publicó que en Vietnam siguen naciendo niños con malformaciones severas y discapacidades mentales que nadie se merece, y menos como consecuencia de una actuación política irresponsable. Todos merecemos encontrar el amor, incluso Richard Nixon. Pero también es cierto que el amor que se puede sentir por un ser humano no es suficiente motivo para eximirlo de sus responsabilidades.

Saturday, December 09, 2006

Hacer de la propia vida una obra de arte




“Después de muchos años de trabajo, pienso que ser escritor significa descubrir la persona secreta que uno alberga y el mundo interno que hace posible esa persona”. Con estas palabras, el escritor turco Orhan Pamuk marcó el punto climático del discurso que pronunció el día de ayer en la Academia Sueca con motivo de la concesión del Premio Nobel de este año. Cuando un escritor de la talla de Pamuk recibe un premio como éste, no sólo es bienvenido por la calidad de la obra que se celebra, sino por la atención mundial que se atrae sobre un escritor que de otro modo permanecería desconocido para el gran público. En años anteriores, el premio de la Academia Sueca hizo célebres a autores hasta el momento tan poco difundidos como Naguib Mahfuz, Wislawa Szymborska o Seamus Heaney, y dio el espaldarazo definitivo a ese genio de la ironía que es Dario Fo. También son muy conocidos los casos de autores a quienes el codiciado galardón se escapó de manera irremediable: Borges, Rulfo, Nabokov, Pessoa. Y quizá nunca lo obtenga Milan Kundera.


Es bien sabido que hay una buena dosis de política en la concesión de los premios literarios, y que no sólo se celebran las características que hacen excepcional una escritura, sino también la perspectiva sobre el mundo, la política y el arte que puede aportar una persona situada en una geografía precisa y con un tiempo específico. Todo don, como decía Truman Capote, trae consigo un látigo y éste casi siempre es para autoflagelarse. Recibir un premio, y las consecuentes miradas que se atraen sobre la persona, genera una responsabilidad que debe asumirse. Un autor como Pamuk no podrá volver tan fácilmente al aislamiento y la soledad que señalaba en su discurso como el contexto necesario para el ejercicio de la escritura. Ahora, buena parte de la intelectualidad europea, le exige a Pamuk que sea el portavoz de la cultura turca. Como si una cultura entera pudiera reducirse a una de sus voces. Pamuk decía que escribir es estar fuera del mundo, pero con un profundo amor hacia éste que lo hace querer volver a situarse entre los seres humanos para entablar un diálogo que no se agote en una sola generación y perdure a través del tiempo. Pamuk dijo también que para escribir hay que ser paciente y saber aceptar la soledad del encierro sin amargura, sabiendo que la tarea de la creación es “como cavar un pozo con una aguja”. Escribir desde la soledad e intentar entablar un diálogo con otros seres humanos con los que nos separan cosas tan personales e irrenunciables como la política, la religión o la moral, parece una empresa peligrosa y de muy difícil éxito.


Escribimos, pintamos, componemos música, esculpimos, fotografiamos, representamos en el teatro y en el espacio coreográfico, cantamos, o simplemente creamos, para descubrir la persona secreta que somos, como decía Pamuk, pero también para sacar a flote las dimensiones del mundo que nos hace posible ser lo que de hecho somos. Y aspiramos a que ese proceso de descubrimiento sea enriquecido por la lectura de otras personas que están embarcadas en su propio viaje interior. Quizá nunca les conozcamos, pero el diálogo que se plantea es más real que el que tenemos con individuos con los que convivimos a diario en el trabajo y que sólo saben nuestro nombre y nada más.


Entre la paradoja de estar y no estar en el mundo, que define la situación del escritor y del creador en general, se define el diálogo abierto e inconcluso que el arte siempre plantea. Se ha vuelto un lugar común afirmar que la vida debe poder ser vivida como una obra de arte, para que los seres humanos seamos capaces de dejar un margen de indeterminación en nuestras vidas que nos permita el real ejercicio de nuestra libertad. Debemos poder emular la libertad del artista en la toma de nuestras decisiones: la religión que abrazamos (o incluso el ateísmo que decidimos), la crítica hacia el pensamiento hegemónico, la persona de la que nos enamoramos, las formas en las que ejercemos nuestra sexualidad, las oportunidades laborales y educativas que queremos definan nuestra vida.


Un artista siempre tiene un dejo de ironía respecto de su obra y de sí mismo. Por eso los auténticos creadores no se toman tan en serio los premios que reciben, y también por esa razón los regímenes políticos siempre quieren domesticarlos para la causa del conformismo. Concebir la propia vida como una obra de arte que permita exponer a otros la persona secreta que somos y el mundo que lo hace posible, significa entender nuestra estancia en el mundo como un diálogo continuo en el que nadie tiene derecho a imponerle a otro su visión de las cosas. Platón temía que los ciudadanos griegos demasiado acostumbrados a la poesía y la tragedia, se tomaran la vida tan poco en serio que acabaran cuestionando el orden político y renunciando al lugar que la naturaleza supuestamente les había asignado por su nacimiento –en la cima del poder político a los propietarios y en la oscuridad del trabajo incesante a los esclavos. Por eso Platón desterró a los poetas de su República ideal. El arte puede ser sumamente peligroso a los ojos de quienes carecen de sentido del humor, que siempre son los poderosos, los intolerantes, quienes creen que están en el mundo para imponer a los demás la visión de las cosas que ellos habrían obtenido de manera privilegiada.


La creación artística, siendo un asunto tan íntimo, tiene una dimensión política que es irrenunciable. El siglo XX conoció esfuerzos ideológicos por convertir la política en un asunto estético, y las consecuencias fueron funestas. La primacía de la voluntad del poderoso, el sacrificio de cualquier recurso humano para conseguir la imagen ideal del mundo o la devoción a las leyes de la naturaleza que señalan el lugar “natural” de los ciudadanos de primera y segunda clase, son algunos de los elementos de inspiración “estética” que los totalitarismos del siglo XX amalgamaron con las consecuencias de violencia y barbarie que todos conocemos. A estos “artistas” de la política se les olvidó que la creación artística es el espacio privilegiado de la libertad, y por tanto no pueden sacrificarse seres humanos con el mismo placer inocente con que se golpea el mármol para extraer una escultura.


En estos días, México ha conocido un nuevo presidente de derecha que desde estos primeros momentos de su gobierno empieza a imponer su visión “artística” de la política. Desde la campaña presidencial, él empezó a hacer pública su imagen ideal de país, su “visión creativa” del México que desde su punto de vista es deseable. Pero se le olvidó que a esa imagen no corresponde la realidad de un país dolido, plural, sangrado hasta los huesos y, sobre todo, empobrecido hasta el grado de que para la gran mayoría de sus habitantes es imposible pensar su vida como una obra de arte. En su visión del mundo, no caben muchos mundos. No existe para la gran mayoría de mexicanos sumidos en la miseria la posibilidad de detenerse un momento de sus días marcados por la miseria y el hambre, para pensar cuál es la persona oculta que hay en ellos y cuál es el mundo que la hace posible, como quería Pamuk. El arte es también cuestión de política, en sentido literal y metafórico.


En estos días también conocimos el presupuesto que ha propuesto nuestro nuevo presidente, en el que se anuncia un recorte al gasto de la Universidad Nacional, una disminución de los fondos destinados a la prevención del VIH/SIDA y una actitud ambivalente hacia la normatividad que debería frenar la voracidad de los grandes emporios comerciales y de comunicaciones de este país. El diputado de derecha encargado de defender el recorte al presupuesto de la UNAM, y de solapar la actitud del presidente, dijo hoy que esta casa de de estudios no merece ningún estímulo económico, pues su productividad está en duda y su aportación a la cultura del país se limita a terrenos tan inútiles como los de las humanidades y las artes. Porque para este funcionario, y como diría el agente Fox Mulder, la verdad está en otro lado, en la tecnocracia, en una visión limitada del liberalismo y en la moralina que convierte a la discriminación en un problema no de derechos fundamentales sino de caridad El presidente Calderón tiene una visión de la política como arte muy curiosa. Seguro no ha leído a Pamuk ni sabe de la libertad personal que él asocia con el arte. Más bien, me recuerda a esa imagen memorable de la clásica película Frankenstein de James Whale: aquella en la que el monstruo empieza a jugar con una niña a la orilla del río, mientras ella lanza margaritas al agua. El monstruo, fascinado con la facilidad del juego, acaba lanzando a la niña al agua, pensando que su vida es tan poco útil como esas flores con las que juega. Sólo que en el caso de México, cada vez son más las vidas que están en posibilidad de ser lanzadas al agua sin remedio.

Sunday, December 03, 2006

La vida sin mí, pero con mis palabras





En Lo que queda de Auschwitz, el filósofo italiano Giorgio Agamben formuló un juicio radical sobre el estado de nuestra memoria colectiva respecto del exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial: no existe el testimonio completo, porque éste sólo podrían narrarlo los muertos. No obstante, Agamben señala lo que ocurrió en los campos de concentración tiene que ser narrado y discutido en público, para integrar una memoria histórica que haga justicia tanto a los sobrevivientes como a quienes se perdieron para siempre en esos espacios donde las personas eran reducidas a una condición animal. Porque el problema fundamental con las narraciones sobre el totalitarismo es que son un asunto de justicia más que de expresión estética. Nos encontramos, entonces, con una tensión aparentemente insuperable: la de narrar el horror, sabiendo que esta tarea es imposible de una manera que haga justicia completo a los muertos.

La salida que da Agamben al problema del testimonio sobre el totalitarismo es ingeniosa, pero políticamente responsable al mismo tiempo: distinguir entre el testimonio completo y el incompleto, y señalar cuál es el uso moral que podemos darles a cada uno. El testimonio completo es imposible de recuperar, porque pertenece a los individuos que tuvieron la oportunidad de conocer el funcionamiento íntimo de la cámara de gas, precisamente, porque perecieron en éstas. El testimonio incompleto es lo único que tenemos para conocer, por una aproximación indirecta, el horror del campo de concentración. Agamben señala que los relatos de Primo Levi, Claude Lanzmann o Jean Amery constituyen testimonios incompletos valiosísimos para entender los peligros del nacionalismo exacerbado y la discriminación. Entre el testimonio completo y el incompleto se establece una desproporción: los muertos podrían decir más que los vivos, pero son éstos últimos a quienes corresponde la responsabilidad de narrar el mal. Entre ambos tipos de testimonios, surge un remanente, un resto de dolor y sufrimiento que no puede ser expresado. Esto es, precisamente, lo que queda de Auschwitz para Agamben. Es necesario narrar lo ocurrido, pero sin disfrazar el remanente de Auschwitz, es decir, la desproporción entre el testimonio potencial de los muertos y el real de los vivos. Y para cumplir este deber moral y político con los muertos, sólo tenemos las palabras y su potencial expresivo, es decir, lo que expresan sorpresivamente cuando pensamos que ya están agotadas.

Isabel Coixet es una cineasta catalana que está familiarizada con la experiencia de la pérdida, de la muerte y de la posibilidad de sincerarse con uno mismo cuando ya no nos queda nada que perder, es decir, cuando tomamos conciencia de nuestra propia mortalidad. La vida sin mí fue una película estupenda, que me hizo sentir la dimensión escalofriante de tender lazos amorosos con las personas, en un mundo que muere un poco cada segundo que pasa. ¿Qué sentido tiene construir vínculos de amor con la gente, si el día de mañana tu propio cuerpo te puede traicionar y rendirse ante el peso de la muerte y la enfermedad? ¿Para qué sirve el tiempo que se vive como la promesa de iniciar un día que puede ser mejor que el anterior, si sabes que ya no te quedan más días por delante? No obstante, al final de La vida sin mí queda un sentimiento de gratitud, que resulta de una cierta incomodidad con el propio cuerpo que se muere un poco todos los días, pero también de constatar como ninguna interacción con otros cuerpos es tan grave como para no disfrutarla aunque sea un poco.

Nunca me espere que Isabel Coixet llevara La vida secreta de las palabras a un territorio tan espinoso como el de tratar de decir algo sobre la resonancia política del dolor y la muerte que se viven en un plano personal. Y, sin embargo, lo ha hecho con una valentía y una sensibilidad poco comunes a la hora de vincular la experiencia particular del dolor con un contexto político reconocible. Y lo más extraño de la película, es que la transición entre uno y otro planos de reflexión, el moral y el político, llegan sutilmente y, por tanto, te toma tan desprevenido que acabas derrumbándote frente al dolor de lo contado (Aunque son películas totalmente distintas, me acordé de Juego de lágrimas y la forma en que Neil Jordan hace que su reflexión sobre las tensiones políticas en Irlanda acabe vinculándose con una reconsideración sobre la libertad sexual y la forma en que uno nunca sabe de quién puedes terminar enamorándote, hasta que te sucede).

En La vida secreta de las palabras, paradójicamente, lo que priva la mayor parte del tiempo es la incomunicación o, mejor dicho, la comunicación a medias y por canales no verbales. Sólo una vez que los protagonistas reconocen que entre ambos se ha establecido la confianza, le arrebatan todo su poder a las palabras para revelar el motivo de su desolación en medio de esa plataforma petrolera. Y entonces, se despliega en toda su complejidad la vida secreta de las palabras, es decir, su poder para expresar lo que queda de una experiencia de dolor que es resultado de la barbarie, la irresponsabilidad política y la complicidad de un mundo que tolera que la violencia a gran escala e ideológicamente justificada siga ocurriendo. Isabel Coixet sabe, como Agamben, que es imposible la representación fidedigna de la muerte provocada y del dolor asociado a la humillación. Pero sabe que tampoco se puede dejar de contar lo ocurrido. Entonces, deposita su confianza en el poder de las palabras, para poner en escena de manera indirecta, aquello que no se puede mirar directamente sin caer en el pesimismo absoluto.

Y este tour de force lo completa Isabel Coixet en medio de imágenes de una belleza extraña, que están allí, mostradas sin ser enfatizadas: el baile de los dos amigos que escenas antes vimos besarse en un arrebato de ternura, la oca deambulando por la plataforma solitaria, la mirada triste del hombre que quiere salvar a los mejillones de la contaminación, la meticulosidad del personaje de Sarah Polley al cumplir con su trabajo, el encuentro breve entre los personajes de Tim Robbins y Leonor Watling, la secuencia que recorre los escenarios vacíos de la plataforma petrolera mientras de fondo suena “Hope There’s Someone” de Antony and the Johnsons… En fin, una de las mejores películas que he visto este año…

Friday, December 01, 2006

No siete, sino cuatro…

Cuatro películas que puedo ver una y otra vez:
1. El evangelio de las maravillas, de Ripstein
2. Nazarín, de Buñuel
3. Breve película sobre el amor, de Kieslowski
4. Vértigo, de Hitchcock

Cuatro lugares donde he vivido:
1. Siempre he vivido en la Ciudad de México, pero son muchas ciudades en una sola

Cuatro programas de TV que me gusta ver:
1. Six Feet Under
2. Los Simpsons
3. Pare de sufrir e infomerciales en general con contenido menos piadoso
4. That 70’s Show

Cuatro lugares favoritos para ir de vacaciones:
1. Lisboa andando en bicicleta
2. Zacatecas a principios de la época de lluvias
3. Nueva York con el espíritu de Carry Bradshaw
4. Madrid sin pinta de mala persona

Cuatro de mis platillos preferidas:
1. Pasta
2. Un buen corte de carne, término medio
3. Atún sellado
4. Paella

Cuatro sitios de internet que visitó a diario:
1. Yahoo Mail
2. Hotmail
3. El País
4. El Universal

Cuatro lugares donde quisiera estar ahora:
1. En Nueva York, en la época de la Guerra Fría
2. En el final feliz de la película de mi vida
3. En el primer día de filmación de mi primera película
4. En Praga, durante la famosa Primavera

Cuatro trabajos que me gustaría tener:
1. Jefe de Redacción (junto con Lorena) de la revista TV Chismes
2. Traductor en el Fondo de Cultura Económica
3. Productor de radio
4. Crítico de cine de The New York Times

Cuatro famosos que he conocido:
1. Michael Nyman
2. Arturo Ripstein
3. Peter Greenaway
4. Ken Loach

Cuatro platillos que detesto:
1. Hígado encebollado
2. Huevos ahogados
3. Ensalada de col agria
4. Ate

Cuatro posibles primeras impresiones que causo:
1. Mamón
2. Soberbio
3. Vanidoso
4. Hermético

Cuatro bebidas favoritas:
1. Coca-Cola (las aguas negras del imperialismo yanqui)
2. Agua mineral
3. Agua simple
4. Jugo de toronja

Cuatro olores favoritos:
1. Happy de Clinique
2. El olor de las páginas de un libro que se abre por primera vez
3. El olor a dulce que se huele por las tardes en la UAM, porque cerca hay una fábrica de dulces
4. El aroma de las personas con quienes me siento en confianza

Cuatro cosas que me encanta hacer y que no tienen que ver con mi carrera:
1. Enterarme sobre entomología
2. Ver el mayor número de películas consecutivas en un día
3. Leer sobre psiquiatría
4. Traducir letras de canciones

Cuatro cosas para las que estoy negado:
1. Dar órdenes
2. Hablar en público
3. Hacer declaraciones de impuestos
4. El cine de Alejandro González Iñárritu

Cuatro cosas que colecciono:
1. Discos, aunque la música en línea sea lo de hoy
2. Carteles de cine
3. Mis boletos de las idas al cine
4. Buenos momentos que en su tiempo no parecieron tan buenos

Cuatro canciones favoritas:
1. It’s the end of the world as we know it, de R. E. M.
2. Everybody Knows, de Leonard Cohen
3. Lucky, de Radiohead
4. If you’re feeling sinister, de Belle & Sebastian

Cuatro libros favoritos:
1. La inmortalidad, de Milan Kundera
2. Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf
3. Liberalismo político, de John Rawls
4. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, de Hannah Arendt

Tomado, nuevamente sin autorización (quizás debería decir “plagiado”, pero el contenido es mío) del blog de Usuario X (usuario-x.blogspot.com).

Monday, November 27, 2006

Cuando uno se parece a una película de Kusturica…




Si uno se enamora varias veces en la vida, y a cada nueva relación uno la declara sin más el amor de su vida, ¿por qué habríamos de ser fieles en nuestros gustos cinematográficos? Yo soy bastante promiscuo y fácil: me rindo ante la belleza estándar del cine estadounidense, me encanta la desfachatez con la que el cine español te guiña un ojo, me fascina el tono culterano y medio avejentado del cine francés, las posiciones ideológicas del cine ruso me han seducido en su momento, vaya que no le he hecho el feo ni al cine iraní del que tanta gente me ha advertido su carácter voluble. Cuando empecé a enviciarme con esto del cine, e incluso adquirí el placer onanista de verlo solo y a escondidas de mis padres, el primer director que me sedujo tanto como para declararlo el amor de mi incipiente vida cinéfila fue Emir Kusturica. Ahora, visto a la distancia, sigo recordando esos días del primer enamoramiento con dulzura, aunque también reconozco que ahora el objeto de mi afecto ya no me parece tan atractivo ni tan lozano. En el camino he tenido otros amores, algunos definitivos (como Ripstein o Buñuel), otros sólo para encuentros ocasionales (como Cronenberg o Egoyan), y nuevas fuentes de pasión que estoy descubriendo (como Paul Thomas Anderson). Ni hablar, que sobre mi han pasado los años. Debo confesar que perdí mi inocencia leyendo sobre la teoría francesa del cine de autor o algún ejemplar de Cahiers du Cinema o Positif que descubrí en la biblioteca de la Cineteca. Ahora, pues ya no soy tan inocente ni me enamoro con tanta facilidad, lo cual lamento seriamente.


Como sucede con todos los viejos amores que se reencuentran, he descubierto que sobre Kusturica y sobre mí se han dejado caer los años. En aquella época fue Kusturica quien me hizo imaginar que yo podía dedicarme al cine, pues sus historias estaban pobladas de gente que era como mis tíos más divertidos y que escuchaban música que se parecía mucho a la tambora de Sinaloa. En aquellos días, Kusturica quería hacer un cine eminentemente político, que tomara partido y se preocupara por hablar del “alma eslava”, algo que él no podía definir pero que se esforzaba por mostrar en los gestos de generosidad y de violencia que un mismo personaje podía engendrar. Ahora, yo sigo con la idea firme de hacer cine, y veo que mis posibilidades son más reales que entonces con la “democratización” de este arte que está produciendo la tecnología digital. Ahora, Kusturica ha olvidado por un momento la vocación política que lo hacía autonombrarse yugoslavo cuando esta nacionalidad de hecho ya no existía, y por lo que sé está persiguiendo a Maradona alrededor del mundo para filmar un documental sobre él. Y, por supuesto, también recorre el mundo con la “No Smoking Orchestra”, cantando que “la vida puede ser un milagro…”


Primero le conocí El tiempo de los gitanos y me quedé muy perturbado por esa historia de venganza y traición que empieza con una novia llorando frente a su recién adquirido esposo, ebrio, y termina con otra novia que empuña una pistola para vengarse a sí misma sabiendo que tarde o temprano tendría que hacerlo. Lloré con la imagen del guajolote volando entre las nubes, producto del delirio de un moribundo, para atacarme de risa un segundo después con la secuencia final, del niño corriendo bajo la lluvia cubierto por una caja de cartón a la que le ha hecho un par de orificios para los ojos. Pensé que eso era el “alma eslava”: la generosidad y la violencia expresados en un mismo acto. Pero ahora creo que no es patrimonio de la gente de esa región empobrecida de Europa esos arrebatos, y que me reconozco a mí mismo y a la gente que quiero en esa ambigüedad moral. Luego vino Cuando papá se fue en viaje de negocios, y me recordó mucho toda mi infancia, porque hasta los siete años siempre escuché que mi papá estaba en eso, en viajes de negocios. No sé si sea cierto o no, pero creo que me quedo con la duda y con la idea de que tal vez mi papá, como el de la película de Kusturica, fue un disidente político obligado al exilio por hacer un chiste sobre el dictador del momento. Para Arizona Dream, mi incondicionalidad al cine de Kusturica ya era total. Recuerdo la película de manera muy vaga, como si sólo estuviera integrada por escenas donde Johnny Depp, Faye Dunaway y Lili Taylor cantan alternadamente “Bésame mucho” o, más bien, “Bisamee Mouchou” con la entonación de quien no sabe español. Y, ¿cómo se me pudo olvidar?, la entrañable relación entre Depp y su tío Jerry Lewis, que vendía autos usados. Cuando muere el entrañable tío, Depp ve cómo se eleva al cielo en uno de sus autos de lujo de segunda mano, guiado por un pez plateado que se niega a morir fuera del agua. La película vale la pena por esa escena, y por los arrebatos pasionales de esas almas “no eslavas”.


Creo que la cúspide de mi relación amorosa con Kusturica llegó con Underground, el ejemplo perfecto de la película imperfecta de un gran director. Y como toda cumbre, vino seguida de un gradual enfriamiento de la relación. Me acuerdo de Undeground y me da mucho gusto, por la película en sí, porque tenía 18 años, por quién era yo en ese momento y por que andaba en esos años viviendo mi primer enamoramiento serio con una persona real (no con un directo de cine).


¿De qué se trata Underground? Es una metáfora del totalitarismo y de la forma en como la ideología suspende la relación con la realidad de los ciudadanos, para hundirlos en un sótano lleno de mentiras y sueños fabricados en serie. La película abre con el bombardeo del zoológico, y creo que no hay respuesta más lúcida que la que dio Kusturica a por qué tomo esa elección: estamos tan acostumbrados a ver cómo la gente muere en los noticieros, que él esperaba que ver a seres totalmente inocentes desgarrados por la violencia nos hiciera sacudir las entrañas. Y lo consiguió. Aún moribundo, un tigre le parte el cuello a un cisne. ¿Será que así somos los seres humanos: que aún moribundos somos capaces de hacer mal a los demás? Y la película termina con una escena onírica y simbólica a más no poder: la tierra se separa de la tierra, mientras los muertos vuelven a la vida, ya sin nacionalidad de por medio, para saldar sus cuentas con el pasado y olvidar las ofensas. A fin de cuentas, en esa isla de civilización que Kusturica tanto se afanó en proteger, todos podemos ser yugoslavos a secas (no serbios ni bosnios, ni musulmanes ni católicos). De nuevo, lloré con esta metáfora de la solidaridad humana, y creo que no tanto por la belleza plástica y lírica de la secuencia, sino por la profunda desesperación con que Kusturica clamaba por una reconciliación que sabía imposible. Entre la escena del zoológico y la del desgarramiento de la tierra, ocurre una boda kilométrica, en la que la novia vuela y la gente se besa a diestra y siniestra, mientras una mujer gorda escapada de una película de Fellini lo observa todo y ríe. Esa boda decanta los esfuerzos de Kusturica por retratar el “alma eslava”. Y no me sorprendería (de hecho, lo anhelo secretamente) que a la próxima boda que me inviten, la novia se vaya volando por la ventana con el novio y la fiesta se extienda una semana entera, para que al final los músicos y los invitados nos lancemos al agua para seguir cantando y bailando. Eso de tener “alma eslava” tiene secuelas.


Me acordé de Kusturica y de nuestra relación interrumpida, pero de la que conservo los mejores recuerdos, porque estoy a punto de ponerle punto final a esa tesis que se convirtió en un dolor de cabeza, en una obsesión y en una fuente de placer por más de dos años. En el momento de ver Underground, pensaba convertirme en una cosa diferente de lo que soy ahora, no se si mejor o peor, pero diferente. No es que no me guste quién soy, pero me costó mucho trabajo darme cuenta que el mundo onírico de Kusturica en el que quería vivir no se ajusta muy bien al asfalto de la Ciudad de México, y que las bodas kilométricas tienen que ser interrumpidas para que la gente vaya a trabajar.


La tesis va saliendo, poco a poco. ¿Me gusta el resultado? No lo sé. Creo que me gusta como me gustó Underground en su momento, con todos sus chipotes y sus cabos sueltos, con sus excesos y sus carencias. Como a la película de Kusturica, creo que a mi tesis le faltó tiempo en la mesa de edición. Creo que le podría quitar unas 50 páginas, de la misma forma que a Underground le sobra media hora. Me gusta la tesis por ciertos momentos, como cuando ensayo una forma de conceptualizar el mal y el totalitarismo a partir del cine, pensando que las películas también son narraciones que pueden someterse a una discusión amplia en el espacio público. Me gusta haber usado a Borges, a Missing (la película de Costa Gavras), a Rojo de Kieslowski y a Manderlay del gran Lars como ejes de cada uno de mis cuatro capítulos. No me gusta que se me quedaron muchas cosas en el tintero. No me gusta que mi asesora me haya tirado a la basura un capítulo completo porque lo empezaba con un epígrafe de Tony Kushner y Ángeles en América, autor y obra que odia rabiosamente. No me gusta que el tiempo me volvió a comer. Creo que la recuperación de Kant pudo haber sido más cuidadosa. Me duele haber tenido que sacrificar el capítulo final, donde iba a hablar sólo de películas que se refieren a eventos traumáticos del pasado reciente (como Hotel Ruanda o Ararat). Me duele pensar que un trabajo de tanto tiempo va a terminar guardado en la biblioteca de la Universidad, leído solamente por mi asesora y los jurados del examen que está planeado para enero del próximo año. Pero, en fin, así es la vida y, como decía un poeta, siempre uno quiso decir lo que quiso decir, pero acaba diciendo lo que acaba diciendo.


El estado actual de mi tesis se parece, pues, a la copia de Underground que dicen Kusturica llevó corriendo al Festival de Cannes para pasarla el penúltimo día: tosca, sin un buen trabajo de edición, y con dos o tres momentos de los que me siento orgulloso, no se sí por su calidad (eso no me toca juzgarlo a mi), pero sí porque hablan de quién soy y expresan el momento por el que estoy pasando en este trabajo de filosofía política. De eso si me siento orgulloso: creo que he expresado lo que soy a través de un trabajo que generalmente se estila académico y despersonalizado.


Y luego me quedé pensando si la analogía con la película de Kusturica aplica sólo para la tesis. Creo que no. Siempre he pensado que a la vida le falta trabajo en el cuarto de edición, para desechar los momentos amargos y extender los largos en la cámara lenta. Siempre he creído que las buenas secuencias están dosificados en medio de grandes vacíos de creatividad. Siempre he imaginado que la reconciliación es factible por el sólo hecho de que la luz puede conjurar imágenes de generosidad y amistad. Siempre he imaginado que la vida es mejor con música de fondo y resuelta a través de largos y elegantes planos- secuencia en los que todo encaja a la perfección. Y bueno, no pierdo la esperanza de encontrarme una novia que vuele, y que me revele que, aunque mexicano, yo también tengo un pedacito de “alma eslava”.