
Por comodidad, calificamos como primitivo cualquier esquema racional que intente vincular nuestros deseos con el comportamiento del mundo natural o social externo a nosotros. Pensamos que rezar para que llueva, besar la efigie del ser amado para fortalecer la pasión o portar amuletos contra el mal de ojo, son formas de una cierta racionalidad primitiva –mágica– de la que nuestras conciencias no conservarían ningún vestigio. Es más, ni siquiera consideraríamos a estas prácticas como racionales. Simplemente, son pensamiento mágico, desvinculado de la racionalidad instrumental que ha colocado a las sociedades occidentales a la vanguardia en materia de ciencia y tecnología. Pensamos que empecinarse por conservar el pensamiento mágico –plegarse a los rituales que los hombres de las cavernas practicaban porque no habían descubierto el poder creador de sus manos– es tan inútil como querer volar sin la mediación de un avión y, en su lugar, batiendo los brazos con la suficiente fuerza como para imaginar que esto nos elevará algunos centímetros del suelo.
Sin embargo, en ocasiones, el pensamiento mágico –el anhelo de que el mundo se comporte de acuerdo con nuestros deseos– es la única alternativa. Por supuesto, imaginar una situación en la que haya que volver a los rituales tribales de la prehistoria como única opción para sobrevivir, nos remite a paisajes apocalípticos, es decir, a imaginar una devastación total que obligue al ser humano a olvidarse de que la naturaleza está allí para ser dominada. Por eso me gusta lo que hizo Danny Boyle con su película 28 Days Later, es decir, plantear una situación imaginaria en la que Londres es invadido por un virus que hace a los seres humanos volverse animales furiosos y sedientos de sangre. En una situación así, lo natural no es la solidaridad entre los sobrevivientes de la tragedia, para poner a trabajar de nuevo la racionalidad instrumental que les permita asegurar la propia vida y las de los otros; ante el apocalipsis londinense, los sobrevivientes compiten por la vida, por reproducirse y perpetuar la estirpe humana que en el futuro pueda restaurar la civilización que hemos construido instrumentalizando a la naturaleza y a otros seres humanos. En el Londres devastado retratado por Danny Boyle, el pensamiento mágico da certidumbres a los sobrevivientes no infectados por el virus de la rabia, para alcanzar el otro lado de la ciudad, en donde se imaginan aún persiste la civilización.
¿No podría ser una creencia igual de supersticiosa esperar que el sol salga el día de mañana igual que hoy? ¿Hasta qué punto tenemos garantizado el mundo tal y como lo conocemos? ¿No es pensamiento mágico en estado puro hacer una cita para cenar con un amigo, porque pensamos que él tiene la vida comprada y nada le impedirá llegar puntualmente a la reunión?
“La vida cambia muy rápido. La vida cambia en el instante”: con una idea tan simple y poderosa como ésta –que seguramente todos hemos pensado de cara a la conclusión de la Universidad o, peor aún, a la muerte de alguien querido– la escritora Joan Didion comienza su dolorosa descripción de lo que ella denomina El año del pensamiento mágico. A diferencia de lo que canta Luz Casal en Tacones lejanos, Didion no celebra un año de amor, sino precisamente un año sin amor, sin el amor de su vida, y cómo la pérdida de su esposo a consecuencia de un infarto masivo la sumergió en un estado de superstición y negación a aceptar la realidad. De alguna manera, El año del pensamiento mágico es el libro de superación personal y autoayuda que nadie quisiera leer en un momento de depresión. En el libro de Didion no hay recetas para salir del duelo por la muerte del amor de tu vida; tampoco la promesa de que este evento podría marcar el inicio de una nueva vida, en la que se podrían ejercer la pintura, la equitación y otras actividades soñadas que el matrimonio y la crianza de los hijos han impedido realizar. Lo que hay es la descripción de una pérdida que sacude el mundo interior de una persona y amenaza con poner en crisis su forma racional –instrumental– de relacionarse con el mundo.
Como sucede en los melodramas clásicos, la muerte de John Gregory Dunne, el esposo de Joan Didion por cuarenta años, no viene sola. Sobre la ya devastada escritora, se cierne una nueva tragedia: la de la neumonía de su hija Quintana, que la hará morir poco tiempo después de la conclusión del ciclo de mitos y superstición que relata El año de pensamiento mágico. Pero, a diferencia de los melodramas clásicos, en su protagonista no hay un desgarramiento profundo ni signos evidentes de la tragedia. Lo que ocurre es algo más sutil: una suspensión de su relación con la realidad. Nadie es responsable de que John haya nacido con un corazón débil que tarde o temprano dejaría de funcionar. Tampoco se puede culpar a nadie de que el virus de gripa que se filtró al organismo de Quintana haya degenerado en una infección generalizada de los pulmones. Y, sin embargo, Joan Didion se siente responsable por ambas cosas. No quiere deshacerse de los zapatos favoritos de John, porque inconscientemente piensa que él los podría necesitar. No quiere autorizar que le hagan una traqueotomía a Quintana, porque sabe que eso dejará una cicatriz visible que a ella no le gustaría. Joan sabe –pero al mismo tiempo no lo sabe– que John no necesitará nuevos zapatos y que, si Quintana sobrevive, poco importará una cicatriz prácticamente invisible en su cuello. Todos estos síntomas le hacen a Joan Didion tomar conciencia de cómo la actitud natural ante la pérdida no es la elaboración del duelo, sino el aferrarse al pasado en el que uno cree ha sido feliz.
Lo maravilloso de El año del pensamiento mágico es que su autora se expone en toda su vulnerabilidad, sin magnificar la dimensión de lo ocurrido. Con John, el mundo ha perdido al mejor escritor de los egresados de Princeton en los últimos cincuenta años. Con Quintana enferma, se pierde la única forma de experimentar la maternidad que conoce Joan. Eso es mucho para ella, aunque para el mundo no signifique nada. Y, sin embargo, el pensamiento mágico es una actitud que ella reconoce en mucha gente a su alrededor. En personas que han perdido a otras personas; en escritores que piensan que lo que ellos escriben es el mundo en realidad; en los padres y madres que creen que sus hijos son lo más precioso en el mundo. En última instancia, la sugerencia del libro de Joan Didion es que la realidad despojada de mitos y supersticiones –de efigies que besar pensando que es el ser amado y de ritos totémicos para pedir que la buena fortuna nos sonría– es una carga imposible de soportar. Quizá, al final, el resto de la vida sea una elaboración del duelo por haber nacido en un mundo en el que todo está destinado a morir.
Pero no siempre es posible elaborar el duelo recurriendo al pensamiento mágico. Aunque doloroso, el tránsito de Joan Didion de la orfandad inconsciente a la orfandad consciente discurre en un tiempo sin muchos sobresaltos. Didion tiene amigos que la quieren y un talento supremo para escribir. El dolor por lo perdido resulta para el lector a partir de la pintura que Didion hace de esos seres que se nos van volviendo entrañables a medida que avanzan las páginas de El año del pensamiento mágico, aunque uno de ellos ya esté muerto y la otra en estado de coma.
Hay veces en que el duelo no viene acompañado por los amigos ni por un grupo de lectores –o escuchas– dispuestos a empaparse del sufrimiento ajeno. En esos casos, el duelo no se vive como un proceso de encapsulamiento en la subjetividad, sino como una cicatrización inmediata que hace el cuerpo para seguir vivo, a pesar de que ha perdido uno de sus apéndices fundamentales. Un duelo elaborado sin pensamiento mágico, y con una cicatriz que se ha formado de manera irregular sobre la subjetividad lastimada, es la que describe Jazmila Zbanic en su película Grbavica. Este nombre es el de uno de los barrios de Sarajevo más lastimados por la guerra a principios de la década de 1990, y en el que muchas personas aún viven las secuelas de las limpiezas étnicas, de la violación como arma de guerra y de la división del país a causa de conflictos tribales. Lo que Zbanic cuenta es el duelo de una mujer de mediana edad, Esma, con una hija adolescente que está en busca de sus raíces, pero que no sabe que esas raíces se hunden en el duelo de su madre por la pérdida de la mujer que fue antes de la guerra. En la Ciudad de México, la película ha sido rebautizada como La revelación de Sara, y por ello mismo no se puede hablar mucho de la peli sin develar el secreto a que el título hace referencia. Sólo diré que es una de las películas más justas y lacónicas que he visto en mucho tiempo sobre la descripción de un proceso de reconciliación con el mundo. Y que es justa, precisamente, porque se refiere a la casi infinita capacidad del corazón humano para cicatrizar, una vez que ha sido lastimado. Quizá todos mereceríamos un año de pensamiento mágico como el que vivió Joan Didion para reconstituir su frágil vida emocional, pero no todos tenemos el privilegio de emprender este proceso. En esos casos, uno tiene que aprender a cicatrizar sin magia e inmediatamente.