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Monday, March 19, 2007

La mirada de E. M. Forster


En esta fotografía, de finales de la década de 1920, se observa a Jack Sprott, Gerald Heard, E. M. Forster y Lytton Strachey departiendo amigablemente frente a un poco de te y algunas magdalenas (como aquellas cuyo cuya gradual inmersión en el te, Proust describía, en En busca del tiempo perdido, para mostrar la relatividad del tiempo que pasa y que se convierte en nostalgia cuando nos hemos percatado de su irreversibilidad).

Forster es uno de esos gigantes de la cultura del siglo XX que –como Max Weber o Sigmund Freud– dejaron un muy instructivo testimonio sobre el significado de estar atrapado en una jaula simbólica cuyos barrotes integran los prejuicios de un determinado momento histórico y, simultáneamente, ser consciente de la opresión y de la importancia de intentar escapar de los límites que cada época impone sobre la mirada de los seres humanos. El gigante atrapado en la jaula sabe que su cuerpo es más grande que el pequeño espacio en el que la historia lo ha encasillado, pero no puede escapar; a lo sumo, alcanza a estirar una mano, a sacar un pie para rozar el piso, pero sigue atrapado en una jaula de la que no puede salir. Quizá el gigante, en el fondo, tenga miedo de forzar la cerradura, porque no sabe a qué clase de mundo tendrá que enfrentarse sin la seguridad de su jaula. La jaula tiene una presencia contundente para las personas, no es menos real por ser simbólica. Los barrotes de la jaula están constituidos por prejuicios de todo tipo –de clase, económicos, sexuales, étnicos, de género– y cada época se encarga de definir a partir de ellos –como el negativo define los rasgos de una fotografía– una idea de éxito social.

En 1910, Forster escribía Howards End, una saga familiar situada en la campiña inglesa, que tiene como protagonista a la mansión que da título a la novela y de la que dos familias disputan su propiedad. Por un lado, Howards End pertenece a los Wilcox, una familia de especuladores financieros que representan el ideal moderno del self made man, es decir, el individuo sin linaje pero con la suficiente inteligencia para hacerse de una posición social respetable. Y, en el otro extremo, Forster sitúa a los Schlegel, una tribu de origen alemán que nunca ha tenido que preocuparse por trabajar, y que posee el tiempo de ocio suficiente para construirse una cultura literaria y humanista para discutir a la hora del té. Los Schlegel van a entrar a la vida de los Wilcox por causa de una insignificante invitación a pasar una temporada en Howards End, y nunca se retirarán.

La estructura familiar de los Wilcox es misógina al extremo. Por su parte, las hermanas Schlegel defienden el sufragio femenino en sus clubes de lectura y de filantropía, pero admiran la estabilidad y el decoro de aquélla familia sin pizca de cultura ni refinamiento. Margaret Schlegel, al final de la novela, llega a la conclusión de que es irrelevante el voto de las mujeres para la política, pues ellas deben convencer a sus maridos en la cama para que voten por el candidato que consideren más conveniente. Si una mujer no puede ejercer este tipo de influencia, ¿entonces que caso tiene la pequeña diferencia que separa a los sexos?

En medio del campo de batalla que enfrenta a los Wilcos y los Schlegel, Forster hace aparecer a Leonard Bast, el joven empleado de una compañía de seguros que posee la ambición literaria de los Schlegel y la audacia social de los Wilcox, pero que carece del dinero de unos y otros para pasar por un hombre respetable a los ojos de la sociedad inglesa. Leonard Bast entra a la vida de las hermanas Schlegel porque una de ellas toma por equivocación su paraguas en el teatro. Las Schlegel creen que llevarse un paraguas por equivocación es un hecho insignificante, pero Leonard carece de otro instrumento para guarecerse de la lluvia cuando regresa a casa del trabajo. Y entonces los pasos inseguros de Leonard lo conducen a la casa de las Schlegel y su mundo de poesía y significado.

Helen, la hermana menor, empieza a trabar amistad con Leonard. En él, Helen ve al individuo promedio inglés que antes sólo conocía a través de las novelas que leía. Gente como Leonard estaba lo suficientemente oculta en la oscuridad del trabajo y el cansancio como para hacerse presente en los espacios públicos que las Schlegel y los Wilcox frecuentan. “Cuando la gente te falla, todavía te quedan la poesía y el significado”, le dice Helen a Leonard para consolarlo después de un mal día en el trabajo. “Eso es para la gente rica, en la sobremesa después de cenar, tomando café y fumando puros. La gente como yo está tan cansada del trabajo, que se duerme inmediatamente después de cenar”.

Así describe Forster el carácter de Leonard Bast y su lugar en la trama narrativa de Howards End:

“En esta historia los pobres no tienen lugar. Son inconcebibles y sólo accesibles a los políticos y a los poetas. Esta historia trata de gente bien o de aquellos que están obligados a simular que lo son. El joven Leonard Bast, estaba en el límite. No había caído en el abismo, pero lo percibía; a veces algún conocido suyo se precipitaba en él y dejaba de existir para el mundo. Sabía que era pobre y solía admitirlo; pero habría muerto antes que confesarse inferior al rico. Esto podrá parecer espléndido por su parte, pero que era inferior a la mayoría de los ricos está fuera de toda duda. No era tan distinguido como el término medio de los ricos, ni tan inteligente, ni tan sano, ni tan digno de afecto. Su cuerpo y su mente habían sufrido desnutrición porque era pobre; y porque era moderno, uno y otra exigían más y mejor nutrición. Si hubiera vivido unos siglos antes, en las brillantes y coloristas civilizaciones del pasado, habría gozado de un estatus definido, su rango y sus ingresos habrían sido congruentes. Pero hoy día el ángel de la democracia ha alzado el vuelo, oscureciendo las clases sociales con sus alas de cuero y ha proclamado: ‘Todos los hombres son iguales… es decir, todos los hombres que poseen paraguas’, y así, el joven se había visto obligado a reafirmar su distinción para no caer en el abismo donde nada cuenta y donde los asertos de la democracia se vuelven inaudibles […] Leonard creía en el esfuerzo y en la preparación constante para el cambio que deseaba. Pero carecía del concepto de cultura como herencia que se adquiere paso a paso: confiaba en llegar a la cultura súbitamente, como los adventistas confían en llegar a Jesús. Las Schlegel habían llegado, habían realizado el sortilegio, habían tomado las riendas en sus manos, de una vez por todas”.

¿Cómo se lee un fragmento como éste a principios del siglo XXI, casi cien años después de que fue escrito? No cabe duda de la ironía con que Forster observa el absurdo del sistema inglés de castas, ¿pero basta con esa tibia crítica para hacer cimbrar las conciencias de los lectores contemporáneos de Forster? ¿No somos un poco como el propio escritor inglés, es decir, gigantes atrapados en la jaula de hierro de nuestra cultura? ¿Hasta dónde los barrotes de nuestra jaula simbólica nos permiten estirar las manos para tocar el mundo fuera del encierro? ¿Cómo hacemos para despreciar la perspectiva de la libertad, una vez que nos damos cuenta de que es imposible forzar la cerradura de nuestra cultura? Cuando hoy perdemos un paraguas en el teatro, ¿hasta qué punto somos conscientes de la historia que nos llevó a estar sentados en una butaca presenciando una representación y a otros a fabricar paraguas y a nunca olvidarlos en el teatro? Y si tú le fallas a la gente, ¿de dónde van a sacar ellos la música y el significado para consolarse después de cenar? ¿Cómo se ve el siglo XXI con los ojos de Forster posados en nuestra cultura? ¿Podría el viejo autor inglés todavía sonreír con amargura por el destino de nuestra propia sociedad de castas?