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Sunday, April 15, 2007

La reina, el demócrata, su esposa y la princesa amante


Un cuento moral sobre las aventuras del canal alimenticio, que empieza en la boca y termina en el ano
: así definió Peter Greenaway a su película El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante (1989), en la que, de manera metafórica, se refería a la voracidad caníbal como el principal rasgo de la política neoliberal en la época de Margaret Thatcher. Se trata de una fábula sobre los excesos de un ladrón que no puede saciar su hambre con nada, ni con los platos más exquisitamente preparados en el restaurante de su propiedad, ni con las humillaciones con que somete a una esposa ricamente ataviada por los diseños de Jean Paul Gaultier; una historia con moraleja sobre la conveniencia de la moderación alimenticia, que comienza con la humillación de una esposa sumisa y un pobre diablo que no puede pagar la deuda que ha contraído, y que termina con el acto supremo de codicia: devorar la carne de otro ser humano a quien se odia a muerte porque representa una forma de vida que no es comprensible para el ladrón voraz –un personaje que se parece mucho al político conservador que imagina que los límites del mundo en su conjunto son los límites de su visión moral del mundo. Y siempre, el ladrón, en el intento de devorarlo todo, acaba encontrando un placer que no puede compartir –autorreferencial y onanista– y que lo hace atragantarse con el contenido de su plato, aunque de hecho ya no tenga hambre.

El comportamiento del ladrón de Greenaway es (podría ser) como el del banquero: que tienta a quienes quiere someter con la promesa de prosperidad y crédito ilimitado, para terminar cobrando con intereses inauditos hasta los modales exquisitos con que la presa fue conducida al rastro. El cuento moral de Greenaway comienza con la descripción meticulosa de los ingredientes que se preparan cuidadosamente en Le Hollandais –el restaurante propiedad del ladrón Albert Spica–; tiene en su nudo dramático el tibio amor que florece entre la esposa del ladrón y un tímido librero, quienes deambulan entre los escenarios de color cambiante fotografiados por Sacha Vierney y en una coreografía que tiene como música de fondo los acordes de Memorial, la soberbia pieza compuesta por Michael Nyman; y concluye violentamente –como la digestión lo hace en el punto que concluye el canal alimenticio– con una ceremonia de expiación en la que el caníbal será obligado a dimitir, a aceptar que su voracidad le impide disfrutar cualquiera de los bienes que ha logrado por medios inmorales. La digestión originalmente tiene la función de mantener vivo al organismo; el ladrón es incapaz de digerir lo que se lleva a la boca sin control, y por eso tendrá que ser sometido a una purga que acabara expulsándolo del mundo junto con todo el rencor acumulado en los súbditos que le servían en Le Hollandais.

El cuento moral de Greenaway tiene obvias resonancias políticas, y se refiere a una época en la que la moral de unos pocos estaba decidiendo –anulando– el destino de una nación que había gestado la tradición liberal como una forma de potenciar la libertad individual al abrigo de instituciones políticas justas. Sin embargo, Greenaway es lo suficientemente inteligente como para no elaborar un panfleto político. Greenaway sabe –como Ken Loach, a su manera– que la del cineasta es la posición más cómoda para ser radical, que el mundo no va a cambiar aunque se exponga la voracidad del ladrón. A lo más que puede aspirar el contador de historias profesional –use los recursos del cine, el teatro o la novela–, es a plasmar la complejidad del mundo y a escenificar los conflictos morales como algo distinto de los juegos de suma cero, es decir, como representaciones trágicas en la que las dos partes enfrentadas tienen sus razones para comportarse cómo de hecho lo hacen. La historia del ladrón onanista de Greenaway no hace explícito el sentido de su crítica política. El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante es una fábula que va acumulando situaciones de humillación, momentos de violencia simbólica, actos de voracidad extrema, in crescendo, para que el espectador se sienta incómodo y empiece a preguntarse cuál es la fuente de ese malestar: si todo eso no le resulta desagradable por serle terriblemente familiar, si él no ha vivido en carne propia la experiencia de ser cocinado a fuego lento por las deudas o el sistema de justicia.

La voracidad es una de las experiencias políticas más extendidas en las sociedades que aceptan la lógica del mercado como forma suprema de racionalidad política, que convierten a los derechos en objetos de regateo y a la dignidad en un plato que se puede cocinar de muchas maneras, para complacer a quien tenga el dinero suficiente para pagarlo. Greenaway muestra la violencia de la relación que se establece entre quien no tiene otra cosa que vender más que su dignidad y quien está tan corrompido que no sabe sino ofrecer dinero a cambio de ésta. Con una sencilla fábula sobre las aventuras del canal alimenticio, Greenaway se toma su parte de revancha contra un sistema que ha confundido la productividad con las sangrías a muerte, y que vuelve repulsivos los modales y la cultura que se construyen para disfrazar –para hacer tolerables– las relaciones políticas esencialmente depredadoras y voraces.

Los tiempos cambian, aunque las instituciones y sus funcionarios se resistan a ello. La voracidad de un ladrón como el que retrata Peter Greenaway no durará mucho. Aunque esto no significa que se produzca el progreso moral de la humanidad cuando suceda el cambio político. El ladrón es derrocado por un político que aparece cubierto por el aura de la virtud en un momento dado, y probablemente al cabo de la gestión de éste último, el político virtuoso será indiferenciable del ladrón repudiado por quienes son tratados por él como súbditos más que como ciudadanos. La opinión de la sociedad civil es cambiable, frágil como la virtud del ladrón que sabe que nadie lo está observando, terriblemente inestable como la confianza entre los seres humanos. Ninguna sociedad resiste la renovación total. La revolución es el cambio de las estructuras políticas antiguas por otras nuevas, pero siempre tiene que apelar a un relato fundacional que le otorgue legitimidad. La revolución de independencia de Estados Unidos fue exitosa, por ejemplo, porque los Padres Fundadores apelaron a la igualdad como una cuestión de evidencia natural y de fe, y porque se sentían los restauradores de la virtud política desplegada por los senadores romanos. La historia nos dice que el cambio político no puede ser total: que los cimientos de una nueva cultura tienen que ser sostenidos por las ruinas de otra civilización.



Idealmente, las sociedades democráticas aspiran a fundar la legitimidad de sus gobiernos en la regla de la decisión de la mayoría y, más importante, en el respeto irrestricto a los derechos fundamentales garantizados universalmente. Pero en la realidad, la tradición y la lealtad a la nación siguen siendo la fuente de legitimidad de los regímenes políticos. En este sentido, la institución monárquica es el vínculo entre el pasado y el futuro que ha permitido, en Inglaterra, la relativa celeridad con que se han producido los cambios políticos: del conservadurismo voraz de Margaret Thatcher, al afán modernizador socialdemócrata de Tony Blair, pasando por el reformismo de John Major. Y, sin embargo, como escribía Shakespeare, algo podrido flota en el ambiente de Dinamarca: la voracidad del ladrón parece emparentarse con el parasitismo de una nobleza cuya única función es legitimar la estabilidad de la nación inglesa en el tiempo, de darle la sensación de no ser huérfana incluso en los peores momentos.

Mostrar la necesidad del cambio, de la sustitución de lo viejo por lo nuevo, sin aspavientos ni énfasis panfletarios: ésta es la principal virtud de La reina, la más reciente película de Stephen Frears, quien hace evidente la caducidad de los ideales tradicionales asociados a la monarquía, simplemente mostrando su incapacidad para adaptarse a los nuevos tiempos, a las demandas de reconocimiento e inclusión que formularon los actores políticos laboristas desde la década de 1980; por eso los laboristas acabarían reconociendo en el entonces políticamente exitoso Tony Blair al adalid de la modernización en todos los ámbitos. La fábula de Frears –además de la extraordinaria presencia de Helen Mirren– tiene en común con el cuento moral de Greenaway una cierta renuencia a la dramatización excesiva, una buena dosis de ironía para mostrar como una minúscula piedra en el zapato –la aventura amorosa de la esposa del ladrón en un caso, la muerte de la Princesa Diana de Gales en el otro–, acaba siendo el motivo para el derrumbe de un organismo político completo.

La reina se lamenta en silencio que el pueblo no reconozca en su sentido del pudor para expresar el duelo por la muerte de la reina de corazones –de la joven cenicienta que llegó a ser princesa–, un síntoma del carácter flemático inglés que tanto admiran los extranjeros y que tan bien celebran los poetas nacionalistas. La reina se burla del afán modernizador de Tony Blair, y le espeta en su primera visita al palacio que a ella no le van a contar cuentos sobre el futuro de Inglaterra, cuando ha visto desfilar la gloria y la decadencia de todos los primeros ministros desde la época de Winston Churchill. La esposa de Blair –Cherie, quien acabaría metida en un escándalo financiero casi al final del mandado de Tony Blair– se siente indignada frente al protocolo real que la obliga a nunca darla la espalda a la reina. El propio Tony se deja seducir por los atributos de lo que él imagina el ciudadano común inglés, mientras se enfrenta en la vida real –no en los escenarios delineados por la filosofía política de la tercera vía– con el problema de la voluntad cambiante de un pueblo que el día de hoy lo ama, que odia a la reina, pero que el día de mañana podría negarle sus favores amorosos.

Y es que, parece decirnos Stephen Frears, el colapso del conservadurismo inglés no vino de la mano de un reconocimiento del estado de injusticia al que las políticas neoliberales habían conducido al país; tampoco por la evidencia del parasitismo de una familia real que sólo se preocupaba por ajustarse la falda y el tocado en los actos protocolarios; mucho menos por la objetividad de los medios de comunicación que supieron ver en la incapacidad de la reina para vincularse emocionalmente con su pueblo, un síntoma de debilidad política. El colapso político –el final de la fábula sobre la voracidad de los ladrones en el poder– vino de la mano de una opinión pública que convirtió a una chica de la clase obrera, casada con un príncipe eunuco y cuya debilidad era tener un corazón puro, en heroína nacional. Por supuesto, la realidad es más compleja que el planteamiento de Stephen Frears. Probablemente, la reina nunca haya dicho frases tan agudas como aquella de añorar el voto, porque éste representa la ocasión de ser arbitrario al momento de decidir otorgar sus favores a uno u otro bando de la contienda política. Quizá la familia real nunca se haya lamentado que, incluso al momento de su muerto, Diana se las arreglara para molestarlos. Seguramente, la reina nunca contempló con genuina tristeza el acoso de la familia real al último ciervo con un asta de catorce puntas que deambula por sus bosques, representante de una época en que las familias eran honorables y la caza era un deporte al que no importunaban los ambientalistas defensores de los derechos de los animales. Pero la ironía de Frears es más sutil: se dirige a cuestionar el sentido de la legitimidad política en el mundo moderno, a hacernos preguntar por la forma en que amalgamos lo nuevo y lo viejo, el conservadurismo y el progresismo, en nuestros sistemas políticos. ¿Realmente queremos que se acaben los privilegios para todos o sólo esperamos nuestra tajada del pastel para permanecer callados? ¿Por qué el destino de la socialdemocracia inglesa se perdió entre las patas del caballo que guiaba Tony Blair, cuando éste perdió el rumbo y se contagió de la histeria de Bush? ¿Por qué la realeza, aunque sea reconocida en su obsolescencia desde hace mucho tiempo, sigue siendo el motivo de portadas para revistas de chismes, y constituye el referente inmediato de éxito social para una buena parte de la población?

El ciervo magnífico que corre por los bosques de Balmoral, la finca de descanso de la familia real, finalmente no será cazado por ningún miembro de la nobleza inglesa, sino por un común y corriente banquero que posee una propiedad colindante. Al final, la reina contempla la cabeza del ciervo separada de su cuerpo, con la misma misericordia con que ella espera la observe la historia cuando se haya retirado de la vida pública. Y seguramente, en ese momento de claridad mental, la reina desea lo mismo a Tony Blair: un juicio justo de la historia que sepa valorar sus acierto y sus defectos, y que sepa ver en sus decisiones no síntomas de voracidad suprema –como las del ladrón Albert Spica– sino el aura de la santidad que el pueblo inglés asoció en un momento dado con la Princesa Diana de Gales.