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Tuesday, October 16, 2007

Escribir sobre Virginia Woolf y escuchar a Radiohead


The Hours
Uploaded by Ange-diable


Mi libro favorito, o al menos uno al que siempre vuelvo y que siempre encuentro misterioso y mío a partes iguales, es Mrs. Dalloway, de la gran Virginia Woolf. Lo que allí se propuso ella es tan simple, que sólo a una persona de genio se le hubiera ocurrido: contar 24 horas en la vida de una mujer, haciéndonos sentir que sus angustias y el flujo de su conciencia –no particularmente dramáticos unas ni otro– podrían ser los nuestros, aun y cuando nos situemos en una órbita radicalmente lejana a ese planeta que es Clarissa Dalloway y los satélites que nos circundan sean otros que el joven veterano de guerra Septimus y los amores de juventud que, en el caso de Clarissa, se debaten entre trascender el recuerdo y ocupar la realidad. Clarissa recorre las calles de Londres, preparando la fiesta que dará por la tarde y a la que asistirá buena parte de las personas que pueblan su vida, que definen los límites de su mundo y, también, que se erigen como el muro que ella siempre ha querido saltar –aunque su deseo permanezca callado y no haya trascendido la conciencia de esta mujer. El día que Virginia Woolf nos narra, empezó con el deseo de Clarissa de comprar las flores para la fiesta ella misma, y no dejar que los sirvientes que le resuelven todos los asuntos prácticos lo hagan, ni permitir que su marido le sugiera el arreglo que mejor combine con la decoración de la casa. Quizá, para Clarissa, comprar las flores ella misma sea un acto tan subversivo como tener un cuarto propio lo era para una mujer de principios del siglo XX y con pretensiones intelectuales. El día clave en la vida de Clarissa –ese en que se permite detenerse frente a cada esquina de Londres para entender por vez primera la complejidad del mecanismo que, por ejemplo, llevó al tendero a acomodar sus legumbres de una manera particular y, en ese acto de comprensión, sentir que puede paladear un instante de eternidad– concluirá con el peso de la levedad flotando en el ambiente de la fiesta que tan cuidadosamente ella ha organizado. Pero nadie más que ella, Clarissa –cuya conciencia Virginia Woolf conoce tan bien como para tratarla como el espécimen mas extraño y precioso de su colección–, puede seguir caminando hacia el esposo que se incorpora a la fiesta, haciendo como que el peso sobre su espalda –el peso de la melancolía– es tan ligero como las alas que conducen a Septimus a la locura, a la evasión del dolor y el horror que pueden producir manos humanas.

El punto de partida de Las horas, la novela con la que Michael Cunningham rinde un sentido homenaje a Mrs. Dalloway, a Virginia Woolf y al proceso que da origen a la escritura, es el mismo que el de ese día en la vida de Clarissa: el acto de comprar las flores uno mismo, de recibir flores de alguien a quien se ha aprendido a amar pero que sólo evoca la rutina y, finalmente, el acto de escribir sobre el significado de las flores para una mujer que parece tenerlo todo, menos salud mental para seguir adelante. La angustia y el flujo de conciencia que allí se exponen son los de tres mujeres, Laura Brown a mediados del siglo XX, Clarissa a finales del siglo XX y Virginia Woolf al momento de escribir Mrs. Dalloway. Virginia, contemplando el cadáver de un pajarito hembra tendido en el césped, a quien Cunningham describe como “una excéntrica con talento para escribir, sólo eso”. El acto de amor de Cunningham sobre Mrs. Dalloway sólo podría engendrar otras tantas historias de amor: la de Leonard y Virginia, la de Virginia y la tentación del suicidio, la de Laura Brown y su affaire con la renuncia a la responsabilidad que engendra el amor, la de la propia Clarissa y el poeta que la ama pero no la desea. Pero hay una última historia de amor recorriendo Las horas –la novela que uno de los personajes de Hable con ella tiene junto a su cama– de cabo a rabo: la de todos los lectores, reales o potenciales, de Virginia Woolf, quienes se atreven a intercambiar su mundo por otro –el de la ficción– que le es radicalmente ajeno y falso, pero que encierra más gotas de verdad que las relaciones superficiales que se pueden trabar cualquier día laboral. Cunningham es un apasionado de la música, y por ello mismo ha declarado que puede describir perfectamente el disco o la pieza musical que acompañó el nacimiento, la gestación y la conclusión de cada una de sus novelas. Para Las horas, el compañero privilegiado fue Radiohead y su hermoso OK Computer. Quizá porque la locura de Tom Yorke es muy parecida a la levedad del peso de la melancolía, porque en ese disco se narran torcidas historias de amor con uno mismo que acaban siempre en la decepción, y porque trasladado todo ese dolor a la propia conciencia, uno termina detenido en cualquier esquina de la ciudad donde se vive para contemplar –admirar, celebrar, extrañar, lamentar– el mecanismo que llevó a Virginia Woolf a escribir tan bien sobre la parte más oscura y densa del alma humana. Como si gradualmente, pero sin sorpresas –no surprises– y durante las 24 horas que dura un día común y corriente, se fuera llenando de agua la escafandra invisible que nos rodea.


Radiohead - No Surprises
Uploaded by popefucker