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Thursday, March 22, 2007

La fuente del anhelo



Las historias de las vidas de los santos, salvo honrosas excepciones, nos muestran que originalmente ellos no estaban destinados a realizar ningún destino excepcional ni a ejercer la virtud moral en un sentido que los acercara peligrosamente a Dios. La imagen que se me viene inmediatamente a la mente es la de la polilla volando torpemente alrededor del foco, y que acabará quemándose sin poder resistir la atracción de un impulso primigenio por el calor y la luz. Por decirlo de algún modo, la llamada de Dios toma a los candidatos a santos por sorpresa, en un momento de tensión extrema. Sin la certeza de que algo más que sus propias fuerzas los estaba sosteniendo –la creencia en la compañía permanente de Dios en un mundo que de otra manera estaría dominado por un silencio insoportable–, los hombres que alcanzaron la santidad no habrían tenido la oportunidad de demostrar una cercanía con la divinidad que ellos mismos desconocían, si es que creemos las polvorientas narraciones de sus vidas.

Lo que en ningún caso nos relatan estas narraciones es el camino de regreso de los santos a la vida mundana –porque nadie puede vivir haciendo milagros las veinticuatro horas del día ni tampoco es posible demostrar la virtud moral, por ejemplo, a la hora de preparar la cena o pagar los impuestos. Tampoco se nos dice hasta qué punto la creencia en Dios es indisociable de la existencia de Dios mismo, en el caso de los santos y en el de los simples mortales que anhelan y se enfrentan con la imposibilidad de concretar su deseo; o cómo es que los individuos en cuestión no se derrumbaron ante la idea de servir de ejemplo de virtud a los seres humanos de los tiempos futuros. Porque debe ser una tarea difícil soportar los sueños de virtud de una humanidad no particularmente proclive a la acción desinteresada. Aun y cuando creamos las historias de las vidas de los santos, esto no acorta la distancia entre esos seres excepcionales y los mortales comunes al momento de plantearse el problema de la existencia de Dios y de su relación con los actos humanos de todos los días. Porque se crea o no en Dios, siempre su existencia resulta una cuestión problemática. Ellos son santos y por ello tienen ganado el cese de su escepticismo; nosotros, en cambio, tenemos que lidiar con la idea de Dios a cada momento, con mayor o menor intensidad, en un mundo en el que parece que el silencio del mismo Dios es total.

Un día, uno se toma una tregua con la idea de Dios –lo que es muy diferente de rendirse frente a las pruebas de su existencia o su no existencia– y aprende a vivir sin certezas, refugiándose en aquellas cuestiones que remiten sólo a la responsabilidad personal y que creemos no implican un cuestionamiento de nuestro lugar en el mundo o del sentido de la vida –lo que quiera que esto signifique. O, quizá, aprendemos a hacer de cuenta que el sentido de la vida es algo diferente del sentido de nuestros actos individuales. O, también, podemos pensar que sólo los santos conocen de primera mano los misterios de lo divino y que nosotros estamos condenados a no saber el final de la película hasta que ya están apareciendo los créditos en pantalla. Podemos estudiar filosofía y luego cine; un día, hacer una película sobre la relación entre la Cábala judía y las fluctuaciones en la bolsa de valores, y años después otra cinta de ritmo frenético y musicalizada por el obsesivo Clint Mansell sobre el sentido de la adicción. Y un buen día, de nuevo se nos atraviesa, como a los santos, la cuestión de Dios y la forma en que referimos todas las preguntas fundamentales de nuestra existencia a esta idea. Al menos, así le ocurrió a Darren Aronofsky, quien después de Pi y Réquiem por un sueño, se esforzó por levantar un proyecto largamente acariciado, La fuente, que enfrentó muchas dificultades económicas y que decepcionó a buena parte de sus seguidores desde su exhibición en el Festival de Venecia en 2006.

Se trata de una película extraña, hermosa en su factura y que revela en Aronofsky una capacidad inusitada para la fabricación de imágenes memorables que, como las muñecas rusas, están contenidas sin que lo intuyamos en la secuencia que es punto de partida de La fuente. Todo empieza y termina en el anhelo de la fuente de la vida, y en el camino se articula un discurso visual que escudriña en la biología de los seres vivos y en la luz de las moribundas y distantes estrellas, para mostrar que el sentido de la vida no es algo que se descubre sino, más bien, una certeza que se construye, y no de manera tersa. Sin embargo, que sea una película visceral, en la que su director plantea sin pudor todas aquellas grandes preguntas sobre el sentido de la vida, no convierte a La fuente en una obra fácil. Aunque a mí me es difícil creer en Dios en un mundo que produce cosas tan hermosas y luego las corrompe con una facilidad pasmosa, respeto profundamente a quien no se cuestiona el sentido de la creencia misma y la abraza sin pudores. Como escribía Cortázar en La casa tomada, de nuevo me da una nausea infinita seguir pensando en aquello que a los otros les basta con sentir.

Aronofsky construye La fuente a partir del sentimiento de extrañeza –alienación– con la vida que se incuba cuando aquella persona que consideramos el centro de gravedad del mundo –de nuestro mundo–, aparece ante nuestros ojos con toda su fragilidad a causa de la certeza de la muerte próxima. Todos sabemos que, en algún momento, nos vamos a morir. De alguna manera, el fin del mundo es una realidad que nos espera al momento de concluir nuestras días. El mundo se termina cuando yo muero y, conmigo, todo aquellos que he constituido como mundo. Cuando se muere un mundo construido por alguien más, y del que ya nos observamos como una parte indisociable, ¿cómo continuar vivo sin sentirse traicionado no por nadie en particular, sino por el sentido mismo de la existencia? Entonces descubrimos que todo aquello de lo cual lamentábamos su corrupción al paso del tiempo, ya estaba un poco muerto desde su nacimiento; que la propia vida engendra la semilla de su destrucción, que el cuerpo se rige por unos pocos genes que súbitamente ordenan la proliferación incontrolada de células, hasta que el organismo en su conjunto acaba colapsándose.

Las cosas más hermosas que creamos, la música que acompaña el tiempo memorable y, por supuesto, la gente que amamos, son entidades que pensamos no deberían cesar nunca. O que no deberían acabar sin que el sentido de nuestra vida se muriera un poco con esas cosas que revelan su finitud al momento de perecer. Porque enamorarse es perder un poco el sentido de la realidad, es construir un patio de juegos en el que sólo tienen cabida dos cómplices que ceden voluntariamente su derecho a iniciar la guerra. Y en ese mundo que se construye a contracorriente de la realidad, Dios no tiene cabida. Dios hace su aparición –ya sea como consuelo, como anhelo o como agente ofensor– cuando nuestro universo personal se agrieta, cuando sus muros ya no son lo suficientemente sólidos como para detener el paso del tiempo. Entonces, clamamos por un Dios más parecido al padre protector que al frío arquitecto de las leyes físicas y del intelecto que perfilan los filósofos. Queremos que Dios, así como colocó el alma en el cuerpo del ser amado con un soplo de sus pulmones, le devuelva su carnalidad con otro poco de aliento divino. Anhelamos también que las leyendas sobre el árbol de la vida del Jardín del Edén o la panacea universal de los alquimistas medievales, sean reales. Queremos que la vida sea eterna, sin darnos cuenta que lo que en realidad anhelamos es la permanencia de la conciencia, y que eso sólo sería posible de lograr para Dios, si existiera.

La única vida que permanece de manera constante, es la que corresponde a las formas más elementales. Nosotros, al parecer, no buscamos tanto la permanencia de un cierto patrón celular y sus funciones asociadas, como la omnisciencia que permita conocer todos los secretos del corazón humano –especialmente de aquél que amamos. Esa es la verdadera fuente del anhelo que nos conduce al anhelo de la fuente de la cual pensamos todos procedemos sin distinción. Aristóteles –un griego muy racional como para creer en las vidas de los santos– denominó a la fuente de la vida como un motor inmóvil: aquél que mueve sin ser movido él mismo, y que es fuente de todo movimiento sin necesitar que nada externo le insufle energía para funcionar. Pessoa –un portugués inmune al dogma e imposibilitado para construir falsos pudores en torno a su nostalgia de Dios– escribió en los versos de El cuidador de rebaños que el niño Jesús, el espíritu santo y la Virgen María servirían de referencia divina siempre y cuando se cometiera la herejía de humanizarlos, de mostrarlos, respectivamente, como un chico travieso que duerme en el césped, como un ave maleducada que defeca sobre la cabeza de los sacerdotes y como la madre que todo lo perdona mientras teje calcetas para sus hijos.

Pero incluso las existencias ejemplares de los santos se consumen con el tiempo. Las historias tendrán que dejar de narrarse en algún momento. Y el ejemplo de virtud moral terminará perdido o distorsionado a fuerza de múltiples repeticiones. Pero la muerte, como clama Aronofsky, permanece mientras las representaciones de Dios varían en el tiempo: la muerte sigue siendo al camino al asombro, por lo menos el que resulta de comprobar cómo no nos hemos resignado a que nuestras propias células contienen, simultáneamente, el germen de la destrucción y el anhelo de la permanencia.