Sunday, April 06, 2008

De humor para probar la tarta de zarzamora


¿Por qué al final del día la tarta de zarzamora permanece intacta cuando todos han decidido cortar y saborear, hasta hacerlo desaparecer, el pastel de queso con chocolate? La razón es imposible de saber. Ambos postres, quizá, fueron preparados con la misma dedicación y amor de quien ama su trabajo, o de la misma manera mecánica y rutinaria por quien está harto de cocinar para los demás. Pero el resultado es que una tarta fue elegida y la otra no, una fue motivo de discusión en la sobremesa por su sabor incomparable y la otra se quedará en el fondo del refrigerador hasta que alguien la tire a la basura. No hay razones mejores que otras para elegir un sabor sobre otro. Incluso, como dice uno de los desencantados personajes de My Blueberry Nights, si el vodka tiene un sabor fuerte y no particularmente grato, lo seguimos tomando porque anhelamos su efecto de languidez sobre el cuerpo y de adormecimiento sobre los pensamientos. He allí una buena razón, posterior a la elección, para decidir embriagarse con vodka la noche en que queremos evitar pensar en el desamor y en los motivos que llevaron a la persona a quien amamos de manera desesperada a decidir –simplemente– que nosotros somos la tarta de zarzamora que merece quedarse sin probar.

En el corazón de My Blueberry Nights, Wong Kar Wai sitúa una cafetería en Nueva York, donde se encuentran, a propósito de unas llaves extraviadas y una discusión sobre las puertas que se cancelan para siempre si el dueño no regresa a reclamarlas, dos personajes –Jude Law y Norah Jones– que sólo tienen en común el buen ánimo y la reciente pérdida amorosa. Como si fuera el ojo del huracán en el que las cosas permanecen en calma –en un caos calmo–, la cafetería será el espacio para discutir sobre el amor, el destino, la soledad, las cosas que hacen a la gente encontrarse y separarse, todo acompañado de la rebanada de la tarta de zarzamora que ninguno de los comensales quiso probar.

Jude Law, Norah Jones, Chan Marshall (también conocida como Cat Power), Natalie Portman, Rachel Weizs y David Strathairm (la tristeza personificada), son filmados por la cámara de Wong Kar Wai mientras hablan, ríen, lloran, acompañan a quien necesita de la compañía o demandan la presencia de un extraño que escuche atento sin juzgar con dureza. Ellos son retratados a veces en cámara lenta, otras bañados por luces de neón, con una música de fondo lánguida y hermosa que los hace parecer aún más sensuales en su depresión. Como si los sentidos fueran exacerbados por el cuerpo que anhela el encuentro amoroso y la certeza de que ese encuentro es, por ahora, imposible. Por supuesto, es la misma historia que Wong Kar Wai ha filmado, de distintas maneras, desde el inicio de su carrera. Jude Law podría ser Tony Leung en Happy Together, y ambos ensayarían las mismas miradas de contención y alegría por el encuentro destinado a no concretarse en el acto amoroso. Norah Jones podría ser Maggie Cheung en In the Mood for Love, detenida sobre su tacón derecho, antes de abrir la puerta que la separa del amante del que sabe que no podrá separarse si decide ceder a la tentación. Las llaves se extravían, pero aun recuperándolas, no siempre la persona que anhelamos está al otro lado de la puerta esperando. Con My Blueberry Nights, el extranjero que es Wong Kar Wai se ha instalado a vivir en un país propio –como Wenders con Paris, Texas, como Von Traer en Dogville–, que a veces se parece a Estados Unidos. En cualquier caso, se trata del país de la tristeza, poblado de cafeterías a las que sólo llega gente melancólica, cansada de pelear por llamar la atención sobre la conveniencia de tomar lo que otros han despreciado en el pasado; un territorio donde sólo se sirve la tarta de zarzamora que nadie quiso probar antes. Las noches sabor a zarzamora de unos son, de manera paradójica, las mismas noches de quienes no necesitaron el sabor dulce de un postre si pudieron probarlo directamente de los labios de ese oscuro objeto del deseo que, en muy contadas ocasiones, se vuelve real…


Sunday, March 30, 2008

10 / 100

Hace muchos, pero muchos años –en la prehistoria de mi adolescencia–, tuve la oportunidad de ver una película china, La vida en un hilo –dirigida por Kaige Chen, quien después haría esa maravilla que es Adiós a mi concubina–, que relataba una extraña historia de obsesión con la música y los números. Un hombre ciego, virtuoso en el manejo de un instrumento de cuerda parecido al banjo, cree que al romper la cuerda número 1000 de su carrera como músico callejero, él recuperará la vista. Como todas las ideas románticas, la creencia del músico tiene algo de ingenuo y mucho de declaración de principios. Si en La vida en un hilo somos seducidos por la idea de que la música puede hacer recuperar la vista a un hombre, es porque todos hemos experimentado lo que es aferrarnos a una canción como a una tabla de salvación en medio del mar. Por eso me gustaba la historia del músico ciego y su obsesión por el número mil. Por eso es que me gusta pensar que los números que integran la cuenta de nuestros días alguna relación tienen –no siempre evidente– con la música que escuchamos y que nos hace cantar mientras caminamos distraídamente por la calle, hasta que caemos en la cuenta de nuestra excéntrica conducta por la cara de sorpresa de algún transeúnte desconcertado al contemplar nuestro ensimismamiento con una tonada que nadie más que uno mismo puede escuchar.

No han sido 1000 las cuerdas que he roto del banjo al que no sabría sacarle ni una sola nota armónica, pero si han sido 100 veces las que he podido ponerle punto final a un texto para compartirlo en este espacio virtual, el cual me ha servido de tabla de salvación y me ha permitido recuperar la vista a través del diálogo con otras miradas más nítidas que la mía. No han sido 1000 canciones las que se han desgarrado como acompañamiento de estos fragmentos de las cosas que amo, y que he tratado de expresar con palabras. Tal vez, eso sí, son más de 1000 veces las que han sonado un puñado de 10 canciones que podrían acompañar a cualquiera de los 100 posts a los que el día de hoy llego. He aquí esa lista que integraría el soundtrack de una película que bien podría llamarse Nunca nadie hizo tanto con tan poco que le tocó:

1.- “If you’re feeling sinister”/ Belle & Sebastian



2.- “Lucky”/ Radiohead



3.- “Love Will Tear Us Appart”/ Joy Division



4.- “The Great Beyond”/ R. E. M.



5.- “If It Be Your Will”/ Leonard Cohen



6.- “Mad World”/ Gary Jules



7.- “Common People”/ Pulp



8.- “Sexy Boy”/ Air



9. “Everloving”/ Moby



10.- “Pioneer To The Falls”/ Interpol



Cada una de estas canciones es una forma de agradecer a quien ha tenido la paciencia de pasarse por este espacio a lo largo de 100 entradas, detenerse un momento para leer y –en el colmo de una generosidad inmerecida– dejar testimonio de que el ciego que no sabe tocar el banjo en el que me he convertido, todavía puede esperar que al escribir el post número 1000 quizá recupere un poco de la visión de la que carecía al principio de esta aventura.

Como cantaría Gustavo Cerati, gracias totales por el acompañamiento en este tiempo que se ha caracterizado por querer hacer cosas imposibles.

Monday, March 24, 2008

That’s How People Grow Up

I was wasting my time
Trying to fall in love
Disappointment came to me and
Booted me and bruised and hurt me
But that's how people grow up
That's how people grow up
I was wasting my time
Looking for love
Someone must look at me and
See their sunlit dream
I was wasting my time
Praying for love
For a love that never comes
From someone who does not exist
And that's how people grow up
That's how people grow up
Let me liveB
efore I die
No not me
Not I
I was wasting my life
Always thinking about myself
Someone on their deathbed said
There are other sorrows too
I was driving my carI crashed and broke my spine
So yes there are things worse in life than
Never being someone's sweetie
That's how people grow up
That's how people grow up
That's how people grow up
That's how people grow up
As for me I'm okay
For now anyway

[Del disco Greatest Hits, de Morrissey, quien después de tantos años sigue tan fresco como una lechuga y con la misma disposición para hacer crecer su copete en las ocasiones que así lo amerite. ¿Quién, sino él, podría cantar con una sonrisa en los labios que el amor es un bien terriblemente escaso y que más nos valdría colocar una vedad en el territorio donde pretendemos desarrollar los rituales del cortejo y el apareamiento? A diferencia de la chica que es protagonista de Juno, Morrissey no cree que crecer sea el resultado de correr, tropezarse y levantarse de nuevo para reiniciar la carrera. No es tan sencillo para quien ha vivido un idilio permanente con el fantasma de James Dean y alguna vez fue líder de The Smiths. ¿Qué significa crecer? ¿Cómo es que uno se da cuenta de que el paso que está dando en este momento nos separa definitivamente del pasado y que, en este sentido, para bien o para mal, hemos crecido? Quizá, sugiere Morrissey, la gente crece cuando acepta, con la misma sonrisa en los labios, que la energía que implican los rituales del cortejo y el apareamiento no siempre es proporcional al éxito de la empresa. Así es como nos damos cuenta de que hemos crecido: nos volvemos escépticos del amor, de las relaciones, pero aún así seguimos componiendo canciones pop que se pueden cantar en el metro mientras uno va de camino a casa del objeto de nuestro afecto, o que se pueden tararear mientras uno se ducha y escucha que en la otra habitación alguien se esmera por prepararnos el desayuno… Así de sencillo: correr, crecer y tropezarse; dejar de correr, hacer cicatrices en las rodillas después de tantas caídas, crecer y endurecer el corazón un poco]

Thursday, March 06, 2008

Fragmentos de las cosas que amamos



[Para Toño Fidalgo, cuyos fragmentos de vida son más sólidos que lo que parece ser una totalidad imposible de superar]


Pieces of the people we love es el título de ese endemoniadamente movido disco de The Rapture, que tiene el poder de hacerme proferir unos sonidos guturales y agudos particulares y sospechosos, lo cual ni siquiera logra el dolor de golpearme el dedo chiquito del pie con la pata de la cama en un día de frío. Cada una de las canciones que componen este disco me parecen pequeños orgasmos convertidos en sonido, y por lo tanto, escuchar (cantar y bailar) a The Rapture deja una sensación de cansancio placentero. Fragmentos de placer inmediato y no culpable que se encadenan en la noche, o en el día que tiene la densidad de la noche más permisiva. Como estar permanentemente a punto de cerrar los ojos, y con las ganas de fumarse el cigarrillo posterior al coito, ese que hace olvidar que el ser humano –como dijo alguien– es sobre todo un animal triste con un humor poscoital permanente. Fragmentos de las personas que amamos, antes de que las cosifiquemos; fragmentos de las cosas que amamos y que tratamos como si fueran personas que queremos permanentemente en nuestro ecosistema; fragmentos de totalidades que, consideradas como unidades cerradas, se vuelven inabarcables, pero que reconstruidas resultan lúdicamente accesibles. Por eso es tan divertido el disco de The Rapture que alude a los fragmentos de las personas que amamos: no hay duda respecto de la solidez del objeto del afecto, pues todo se aprecia distorsionado por la luz de colores que le otorga a la realidad aristas y ángulos que tal vez no existan más que en la mirada del observador. La melancolía, al contrario, resulta de contemplar un paisaje infinito, inabarcable con la mirada. Y es que la mirada se siente más alegre si se concentra en los detalles, si fragmenta el paisaje en trozos de tierra, en espacios de agua claramente delimitados, en los árboles y no en el bosque en el cual sería muy fácil extraviarse. De fragmentos: así han estado compuestos los días entre el post de la lluvia de ranas en el valle de San Francisco y el día de hoy, en el que un buen amigo me recomendó no abandonar la escritura, no descuidar este espacio que ha sido como tablita de salvación en muchos casos. Estos han sido días en que los fragmentos no dejan ver el bosque. Concentrarse en la astilla clavada en el dedo, distrae de la contemplación de la totalidad de una existencia que se parece, en el mejor de los casos, a una hoja en blanco atrapada en el rodillo de una máquina de escribir; y, en el peor, a la última hoja de un cuaderno usado para algo tan creativo y excitante como llevar la contabilidad en una tienda de abarrotes.

Mientras regresa la inspiración, y tratando de mantener el buen ánimo de los fragmentos de las cosas que aman los chicos de The Rapture, hago una lista de aquellas ideas que, adecuadamente desarrolladas, podrían haber ocupado el espacio de este post fragmentado:

1) El nuevo disco de R. E. M. No está de más decirlo: pero R.E.M. fue mi primera banda favorita y Michael Stipe una especie de primer gurú, en la época de mi adolescencia real (no la metafórica, de la que creo no podré salir nunca). R.E.M. hizo un disco perfecto (Automatic for the People) que deprime y llena de energía a partes iguales. Stipe, con esa aura de profeta místico e indigente que ha perdido la razón y deambula por las calles de Nueva York, hacía cine, política y se declaraba el mejor amigo de Kurt Cobain. Hoy tengo que cerrar un poco los ojos para enfocar esos días lejanos. Hoy uso lentes y tengo un trabajo serio. Hoy Stipe ha perdido casi todo el pelo y sigue bailando como cuando su cráneo estaba cubierto por unos rizos rubios que constantemente obstruían la contemplación de sus ojos azules. Siendo y no los mismos, Stipe y compañía están a punto de editar un nuevo disco: Accelerate, del que ya he escuchado un primer avance, la canción “Supernatural Superserious”. Es muy pronto para decir si esta pieza me gusta o no. Es el R.E.M. típico y no lo es; se aprecia la vena creativa de siempre, pero también el paso del tiempo. Ojalá que esas ganas de meter el acelerador a fondo, que se anuncian en el título del disco, se reflejen en Accelerate. Un dísco nuevo y por escuchar de R.E.M. no es cosa de todos los días. Eso bien ameritaba un post.

2) Lo mucho que me gusta la línea de “Corazón de neón” en la que Javier Gurruchaga canta que “la ciudad es un pájaro herido, envuelto en papel celofán”. Porque muchas de las cosas que pasan en la Ciudad de México son eso, un pájaro herido envuelto en papel celofán. En la Ciudad de México, la tragedia siempre está a punto de ocurrir, pero se diluye en el buen humor provocado por la música guapachosa de algún vendedor ambulante; un individuo te asalta y al final de la operación comercial forzada te desea que tengas un buen día y que la Virgen de Guadalupe te cuide para que nada malo te pase de regreso a casa; los asesinatos más sádicos son cometidos en nombre del amor; el suicida tiene que sonreír porque se da cuenta de que es fin de quincena y se le ha terminado el gas con el que pensaba acabar con su vida, así que tendrá que posponerlo hasta que llegue de nuevo el pago. Siempre ese “pájaro herido, envuelto en papel celofán” me recuerda aquel cuento de Octavio Paz en el que un chico le quiere arrancar los ojos a un fuereño que los tiene de color azul, porque le prometió a su novia conseguirle un ramillete de ojos azules.


3) ¿Por qué razón alguien da el nombre de “Heidegger” a un local que se dedica a vender helados y paletas de hielo? El detalle es delicioso: uno va subiendo el camino rumbo a la Preparatoria del Gobierno del Distrito Federal que se encuentra en Xochimilco, y un poco antes de llegar, a la izquierda, se encuentra con un local que vende este tipo de viandas y que lleva por nombre el del filósofo alemán. Como sé que la filosofía no es una actividad particularmente lucrativa, puedo imaginarme una historia que es la de muchos filósofos profesionales sin campo laboral para ejercer. A punto de terminar la carrera, el filósofo en cuestión se obsesiona con la filosofía de Martin Heidegger, con desentrañar el significado de su idea según la cual el ser no se reduce a los entes (quizás porque los entes que constituyen el universo particular del filósofo heideggeriano son grises, obtusos y no lo inspiran a nada). Pero como el joven aspirante a filósofo se ha quedado sin recursos económicos para seguir escribiendo una tesis en la que ya lleva enfrascado demasiado tiempo, decide contribuir a la economía familiar y hacerse cargo del negocio de paletas heladas. Colocar el nombre del filósofo alemán que da sentido a su vida, le otorga un motivo de felicidad diario al chico obligado a comportarse como adulto. Y es que pocos fetichistas como los filósofos: para mí, en la época laboral más difícil (cuando enloqueció el que era mi jefe en aquel momento, y empezó a adoptar tácticas de intimidación dignas de Milosevic), las Lecciones de ética de Kant, colocadas permanentemente sobre mi escritorio y sin abrir, eran la marca para recordarme la razón por la que había terminado confinado en ese lugar.

4) Lo mucho que me gusta la línea de “De perros amores”, la canción de Control Machete y Ely Guerra para la película Amores perros, en la que se escucha como pregunta incómoda “¿Cuantas veces se ha detenido el sol a mediodía porque ya no quiere vivir más atardeceres?” Y si el sol no se deprime por hacer lo que irremediablemente tiene qué hacer, ¿por qué hay veces que ya no tengo fuerza para pensar en siquiera sobrevivir hasta el atardecer? ¿Por qué uno siempre se rebela a la rutina que la mayoría de la humanidad adopta sin chistar: nacer, crecer, reproducirse, mantener vivo el cuerpo y morir? La canción hace parecer que preocuparse por el sol y si éste tiene ánimo o no de llegar al atardecer, deja de ser una abstracción filosófica para convertirse en una pregunta dolorosa y cotidiana. “¿Qué pasaría si las flores sólo se marchitaran o sólo se quedaran como botones”: esa es otra de las líneas más hermosas de la canción que ameritaba también un post.

5) Wonderboys y la pregunta de Edmundo. Alguna vez, Don Edmundo me preguntó por qué uno prefiere la cómoda rutina frente a la fresca sorpresa, y me dijo que por eso le gustaba tanto el título que Ximena Sariñana dio a su disco, es decir, Mediocre. También me preguntó por qué parece que la intolerancia es un síntoma de envejecimiento, por qué los años acumulados nos hacen desesperarnos con más facilidad. Siempre prometí escribirle un post sobre Wonderboys, la peli de Crustis Hanson sobre la novela de Michael Chabon, que habla de eso: de crecer, correr y tropezarse; de aprender a ser un héroe de la propia historia y aprender a ser intolerante hacia todas las cosas que nos lastiman; de lo heroico que resulta encontrarle sentido a la vida, aunque éste sea pequeño, opaco y radique en alegrías más bien minúsculas, como disfrutar del caramel macchiato o alegrarse porque la coca cola zero ya no contiene ciclamida. En la peli, el personaje principal (Tobey Maguire, quien carga siempre en su mochila con la biografía de Montgomery Clift) es un chico confundido, capaz de recitar los suicidios ocurridos en el star system hollywoodense desde su creación, pero que no puede dejar de decir mentiras. Este chico acabará observándose a sí mismo como el prodigio que es, no a causa de su talento literario excepcional ni de su capacidad para vincularse con la parte más vulnerable de las personas, sino por haber aprendido a encontrar (¿constuir?) su lugar en el mundo y a localizar un par de ojos reales (no los de Montgomery Clift) en los cuales descansar su mirada, para refrescarla y limpiarla. Por eso es que el post sobre Wonderboys era una forma de responder a las preguntas de Don Edmundo.

Monday, January 07, 2008

Música para contemplar una lluvia de ranas y escribir una película imaginaria

[Para Don Edmundo, que conoce muy bien el oficio de inventar –o encontrar en la nota roja– los argumentos para todo tipo de películas imaginarias]

La escritura antecede, casi siempre, a la imagen filmada. Pero existen las excepciones que confirman esta regla. Pensemos en el trabajo previo a la filmación que hace alguien como Mike Leigh, quien esboza de manera general el sentido de la película y luego, en el set, comienza la verdadera reescritura del guión con los actores, a quienes les pide que actúen de manera instintiva, desarrollando las reacciones de sus personajes por decisión propia. La ironía, como señaló en alguna ocasión el propio Leigh, es que el guión de películas tan complejas como Naked o Secrets & Lies, no existe como tal. La escritura de Mike Leigh es sólo el punto de partida en un proceso de creación colectiva que el propio director no sabe bien en qué dirección concluirá, pero que lo sujeta a la propia coherencia orgánica de lo narrado. Por eso es que las historias de Leigh, situadas en el frágil borde entre la comedia y la tragedia, entre lo pueril y lo sublime, entre la compasión y la ironía, siempre tienen un tono de verosimilitud: así ocurre en su crónica del reencuentro entre dos chicas que se conocieron en la universidad –las protagonistas de Career Girls– invocando a Charlotte Brönte para adivinar su futuro; también sucede con la disección que el cineasta inglés hace de aquello que la cultura ha denominado el instinto de maternidad –el tema de Secrets & Lies–; y también con la descripción de las desventuras legales de una mujer, Vera Drake, quien sólo quiere ayudar a chicas que se descubren embarazadas y que no pueden hacerse cargo del problema.

Algún escritor de quien no recuerdo el nombre señaló que el universo de un creador queda definido por sus vivencias hasta antes de los veinte años. En el borde de esa edad, el paraíso personal, con su contraparte de sombras, ya se habría construido de manera completa; cuando se acumulan dos décadas de vida, el individuo es capaz de saber la medida de sus fuerzas y de definir, aunque nunca de manera totalmente clara, aquellos objetos y personas que desea lo acompañen de allí en adelante. El resto de la vida no sería, entonces, sino un intento por recuperar esa imagen idílica construida hasta los veinte años, o el esfuerzo por darle cuerpo en la realidad, sabiendo que la voluntad siempre encuentra obstáculos insalvables. Hasta esa edad, un escritor se alimenta de las más diversas influencias, pensando siempre cuáles serán las mejores palabras para describir la experiencia o qué adjetivos son superfluos y necesita despojarse de ellos para transmitir una emoción de la manera más transparente. Todo lo que se vive, los sabores que se paladean, la música que se escucha, la gente que se conoce, gradualmente van integrando escenas que, con un poco de suerte, acabarán formando una historia orgánica que el creador necesitará contar de manera imperiosa y con los recursos del cine. Hasta los veinte años, uno ya ha escuchado las canciones que integran la banda sonora de las historias que quiere contar; hasta los veinte años, uno ya habría conocido a las personas, o sus rasgos, que delinearán el carácter de los protagonistas de las futuras películas que se dirigirán. Algo semejante le ocurrió a Paul Thomas Anderson con la música de Aimee Mann, que fue la base del guión para su película Magnolia y los personajes que allí se entrecruzan un día despejado que concluye en una torrencial lluvia de ranas sobre el Valle de San Fernando.

Magnolia
es una película sobre el azar –un tema recurrente en el cine a partir de la década de 1990–, pero también sobre la forma en que los vértices que generan las vueltas de la fortuna producen un vacío permanente en el alma humana, mismo que clama por ser satisfecho de alguna manera. De cierta forma, la vida –esa acumulación de años y de experiencias– no es otra cosa que la sucesiva lucha diaria por encontrar aquello que llene de la mejor manera este hueco en el centro del corazón. El vacío permanece siempre, aunque el azar nos de la ilusión de que es posible, por fin, ser salvados de convertirnos en aquellos inadaptados sociales de quienes nadie en su sano juicio se podría enamorar. En el corazón de Magnolia se localiza una canción de Aimee Mann, “Save Me” que, precisamente, habla sobre ese sentimiento: “You look like a perfect fit/ For a girl in need of a tourniquette/ But can you save me? Save me from the ranks, of the freaks who suspect they could never love anyone”.



En Magnolia, la gente se encuentra y se enamora, pero eso no basta para construir una historia compartida con final feliz; allí, la casualidad produce accidentes que dejan incapacitados para relacionarse con otras personas a los niños genio que asisten a programas de concurso; las mujeres arribistas acaban enamoradas del marido con quien se casaron por interés económico, condenadas a vivir la agonía que sólo se puede calmar con el gas del escape del auto de lujo que están a punto de heredar; el domador de mujeres aprenderá que la compasión es un sentimiento que también él puede despertar; el policía bueno se dará cuenta de que los sueños se cumplen en la realidad, aunque no de la manera exacta en que se imaginaron, sino de una forma más bien irónica y retorcida; y todo esto, al momento en que una lluvia de ranas cae sobre la ciudad, como plaga bíblica, dándoles a todos un motivo para sentirse redimidos. Al principio de la película, una voz advierte: “Este es el tipo de historias que si ves en una película, automáticamente piensas: ‘No, esto no ocurriría en la vida real’”. Y, sin embargo, Magnolia es una película viva, con un sistema nervioso al borde del colapso y cuyas ramificaciones se cruzan de manera caótica pero funcional, tal y como lo hacen las rutas del tráfico en el valle de San Fernando. Si bien los personajes de Magnolia salen más o menos bien librados de la película –salvo el chico suicida que termina con un boquete en el estómago al inicio–, ellos han sobrevivido a sí mismos y no se han dejado succionar por el vacío que los rodea. Una canción de Aimee Mann, “Wise Up”, les recomienda a esos personajes que lo mejor es darse por vencido de antemano, pues no se debe esperar nada bueno de la vida, para poder sentir gratitud si la fortuna les trae un poco de inesperada paz. “You’re sure there is a cure/ And you have finally found it/ You think one drink can shrink you until you’re undeground/ But it’s not going to stop until you wise up/ No, it’s not going to stop/ So just give up”



El propio Paul Thomas Anderson ha dicho que sin la música de Aime Mann, y las semillas que en ésta el cineasta encontró para germinar sus propias historias, Magnolia no existiría. Si los guiones de Mike Leigh se reducen a unas diez páginas de anotaciones a mano, el que Paul Thomas Anderson escribió para Magnolia podría haberse plasmado en papel pautado y con muchas anotaciones ilegibles al margen, las mismas que Aime Mann realiza siempre tratando de encontrar la forma más directa y seca de contar sus historias de perdedores que encuentran la redención un instante antes de estrellarse contra el suelo.

De acuerdo con Paul Thomas Anderson, las canciones de Aime Mann caen en alguna de estas tres categorías: 1) aquellas que dicen lo que siempre pensaste pero que no sabías como expresar; 2) las que pudiste haber escrito tú, si tuvieras el talento suficiente para hacerlo, y 3) aquellas que, incluso no habiéndolas escuchado nunca antes, de inmediato te resultan familiares. Aimee Mann es una chica con una cara muy peculiar, dura, con una sonrisa que parece más producto de la esquizofrenia que del bienestar. La música que ella produce no es sencilla de digerir, o más bien, se resbala hacia el interior de uno con cierta facilidad por la suavidad de sus acordes, por lo sencillo de los estribillos, pero una vez dentro, produce una indigestión existencial que no se cura sino cuestionando hasta el fondo el sentido y el propósito de ese día afortunado en que uno descubrió la música lúgubre de Aimee Mann. Ella canta la miseria de la vida, pero no para recomendar que la gente se suicide en masa: no, eso sería una forma demasiado fácil de terminar con la película. Lo que necesitan los protagonistas de sus canciones no es una cuota extra de drama que la que las circunstancias les han otorgado. Simplemente, Aimee Mann canta extrañas canciones de cuna para hacer dormir los atormentados corazones de, por ejemplo, la chica que se descubre embarazada de un perdedor igual que ella o del tipo que se da cuenta que ha desperdiciado la mitad de su vida vendiendo boletos para la feria de su pueblo. Un sueño profundo para curar los golpes del día: esa es la moraleja y la recompensa tras la escucha de cualquiera de las canciones de Aimee Man. Precisamente, eso es lo que obtuvo Paul Thomas Anderson, y en medio del descanso y el alivio, él pudo soñar con los personajes a los que Julianne Moore, Tom Cruise, Phillip Seymour Hoffman, William H. Macy y John C. Reilly, entre otros, prestaron sus rostros en Magnolia.

Si se escucha con calma lo que ha hecho Aimee Mann después de la banda sonora de Magnolia, es decir, sus discos Lost in Space y The Forgotten Arm, se podría imaginar una secuencia que no está incluida en la película de Paul Thomas Anderson, pero que completa el cuadro.

La secuencia imaginaria podría ir más o menos de la siguiente manera. Un día después de la lluvia de ranas –en ese Valle de San Fernando vacío de gente que se resguarda en las habitaciones de los hoteles, embriagándose porque no conocen el poder de la música de Aimee Mann para perder el sentido– alguien –interpretado quizá por John Turturro– se acerca a su carro, limpia los fragmentos de los cuerpos de las ranas que lo cubren, y emprende el viaje que realiza diariamente al trabajo. La recepción de la antena del auto del personaje de John Turturro no es buena, a él le gusta la música country, pero las estaciones que la programan suenan con demasiada interferencia para ser entendibles. Entonces, buscando en el cuadrante de la radio, se topa con la voz suave de una mujer que se escucha clara aun en medio de la interferencia. Parece una tonada agradable, rítmica, con una guitarra muy bien ejecutada marcando el ritmo. Pero algo no está bien: esta chica da muy malos consejos, habla de lo fácil que es extraviarse en medio de una vida perfectamente normal, de lo sencillo que es hacer las maletas y dejarlo todo atrás porque lo conocido empieza a dar nauseas. A John Turturro, los versos de la canción que escucha le caen como una lluvia de ranas que lo sorprendiera en medio del desierto, sin paraguas ni lugar para guarecerse. De repente, todo lo familiar se vuelve pesado, el aire se calienta hasta volverse irrespirable, el olor de su propia colonia barata le resulta insoportable. Y la chica sigue cantando: “So better pack your bags and run/ Staying until the jobe is done/ Maybe you could sudden hoppe/ That providence will fray the rope/ And sink like a stone”. Termina la canción, y el locutor anuncia que se trata de Aimee Man y “Today’s the Day”, de su disco Lost in Space, una canción que programó no porque a él le gustara, sino porque se la pidió por teléfono una chica que lloraba inconsolable. John Turturro tiene ahora los ojos inyectados de sangre y no sabe por qué hoy tiene que ser, precisamente, “el día”. ¿Un gran día? ¿Para qué propósito? Llovieron ranas ayer, pero eso es perfectamente explicable en términos científicos. De acuerdo con su filosofía personal, a John Turturro todos los días le parecen un gran día, la oportunidad para superarse, para ser amable con los compañeros de su oficina, de vender más ofertas por teléfono de la tienda para la que trabaja. Pero, ¿cómo volver a la realidad después de haber escuchado a esa tal Aimee Mann cuyo nombre le era completamente desconocido? ¿Qué dirían su esposa y su hijo único si no llegara a casa a la hora de costumbre, un poco después de que la primera terminó las tareas del hogar y un poco antes de que el segundo caiga rendido por el sueño? ¿Qué se sentiría simplemente manejar en línea recta hasta que la gasolina se termine y hospedarse en el primer motel que encuentre? Súbitamente, en medio de la miseria y el aburrimiento, el personaje que interpretaría John Turturro en una película imaginaria basada, como Magnolia, en las canciones de Aimee Mann, se percata de que hay un cierto placer insano en planear lo que de todos modos no puede conseguir: ser alguien diferente de sí mismo. Pero valdría la pena intentarlo, manejar tarareando esa canción que no puede sacarse de la cabeza, y sólo parar en el próximo pueblo para buscar un casette –porque su carro no cuenta con reproductor de discos compactos– con la música de la tal Aimee Mann. Mientras maneja hacia ningún lado, alejándose del trabajo y del hogar, John Turturro piensa lo diferente que el día de hoy habría sido si ya tuviera la antena para su carro que pensaba comprar con la paga del viernes, y pudiera haber disfrutado su música country de siempre. Pero no fue así: el azar le descubrió la voz de una chica muy rara, y simplemente todo se torció en esta mañana posterior a una lluvia de ranas en el Valle de San Fernando…

Wednesday, January 02, 2008

10 libros que se deshojaron durante 2007



Los detectives salvajes

Roberto Bolaño

(por recomendación de Zelig)


Howards End

E. M. Forster


El rey de los alisos

Michel Tournier


The Road

Cormac McCarthy

(por recomendación de Issa)


The Year of Magical Thinking

Joan Didion


Thinking About the Longstanding Problems of Virtue and Happiness

Tony Kushner


Big Fish

Daniel Wallace


Las vidas de los animales

J. M. Coetzee


La historia del amor

Nicole Krauss


No será la tierra

Jorge Volpi

Tuesday, December 25, 2007

15 películas que confirmaron la adicción por el cine durante 2007


4 meses, 3 semanas, 2 días
Cristi Mungiu

Luz silenciosa
Carlos Reygadas

Madeinusa
Claudia Llosa

The Queen
Stephen Frears

Fur:
An Imaginary Portrait of Diane Arbus
Steven Shainberg

Caché
Michael Haneke

Lights in the Dusk
Aki Kaurismaki

María Antonieta
Sofia Coppola

Zodiac
David Fincher

El camino de San Diego
Carlos Sorín

Borat:
Cultural Learning of America for Make Benefits Glorious Nation of Kazajstan
Larry Charles

Little Children
Todd Field

Gone Baby, Gone
Ben Affleck

The Darjeeling Limited
Wes Anderson

Los falsificadores
Stefan Ruzowitzki

15 discos que se usaron de soundtrack durante 2007



Our Love to Admire
Interpol

In Rainbows
Radiohead

Neon Bible
Arcade Fire

Night Falls over Kortedala
Jens Lekman

Sky Blue Sky
Wilco

Icky Thump
The White Stripes

Smokey Rolls Down Thunder Canyon
Devendra Banhardt

Armchair Apocrypha
Andrew Bird

All of a Sudden I Miss Everyone

Explosions in the Sky

Pocket Symphony
Air

The Magic Position
Patrick Wolf

Cassadaga
Bright Eyes

Volta
Björk

Release the Stars
Rufus Wainwright

Ma Fleur
The Cinematic Orchestra

15 canciones que se tararearon durante 2007


“Imitosis”
Andrew Bird

“Satan Said Dance”
Clap Your Hands Say Yeah!

“An End Has a Start”
Editors

“Weird Fishes/ Arpeggi”
Radiohead

“Friday Night at the Drive in Bingo”
Jens Lekman

“Mammoth”
Interpol

“Escríbeme pronto”
Instituto Mexicano del Sonido

“Battleships”
Travis

“Grace Kelly”
Mika

“Keep the Car Running”
The Arcade Fire

“Earth Intruders”
Björk

“Nantes”
Beirut

“Stars in Their Eyes”
Just Jack

“All my friends”
LCD Sound System

“The Magic Position”
Patrick Wolf

Y dos que me faltaron:

"A Bad Sun"
The Bravery

"Four Winds"
Bright Eyes

Monday, December 03, 2007

Quemar las naves

[Para el señor Jotch, por si está a punto de olvidar el camino de regreso hacia el punto donde inició el viaje, y pueda emprenderlo de nuevo tarareando una canción de Andrew Bird]


#45.2 - Andrew Bird - Weather Systems
Cargado por lablogotheque


Pongámonos por un momento en los zapatos del saqueador y asesino: frente a un continente nuevo, América, preñado de riquezas, Hernán Cortés seguramente sintió que sus manos eran demasiadas pequeñas para tomar por sí mismo todo el oro y la sangre que se encontró en su camino. Con la codicia reflejada en sus ojos, pero también con el temor y la certeza de que era su deber entregar el nuevo territorio a la corona española como guías de sus acciones, Cortés decidió que su única opción era mancharse las manos de sangre. Pero también pongámonos por un momento en los zapatos de quien súbitamente se encuentra frente a un umbral que separará lo que ha sido su vida hasta ese momento de lo que ésta será en el futuro: quien ha de cometer un crimen de proporciones terribles, asegura Borges en su cuento “Emma Zunz”, también debe imaginar que éste ya ocurrió y que ya se vive con las consecuencias de ese acto sobre la espalda. Así describe Borges el estado de ánimo de Emma Zunz poco antes de asesinar al asesino de su padre: “Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que lo forman”.

Sólo así, con la conciencia del futuro integrando el propio presente, uno puede dirigir sus pasos hacia ese momento terrible que, de otra forma, se iría posponiendo de manera indefinida; sólo con la certeza de que el acto genocida no podía retardarse, Cortés pudo convertir en virtud a su cobardía; sólo imaginando que el crimen que iba a hacer justicia a la memoria de su padre ya era parte del pasado, Emma Zunz pudo planear los hechos mecánicamente, con una profunda conciencia de lo que iba a realizar, pero como si esos mismos pensamientos no fueran suyos y le pertenecieran a otra persona, a alguien con menos debilidad en el corazón para tomar decisiones drásticas y que tendrán consecuencias contundentes para otras personas. Aunque de ninguna manera la irresponsabilidad política de Cortés es comparable a la furia y el sentido de agravio de Emma Zunz, ambos personajes tuvieron que quemar las naves que les hubieran facilitado la huida de ese momento terrible en que sus fuerzas y su coraje iban a ser puestos a prueba. Quemar las naves, para no poder huir, para no tener forma de regresar a la seguridad de lo conocido, a vivir en el presente como si éste fuera una prolongación indefinida del pasado…

Quemar las naves es el hermoso título que Francisco Franco dio a la historia con la que, después de varios intentos fallidos, por fin debutó como director de cine. Como la mayoría de las primeras películas –y más en el contexto de una incipiente industria mexicana que no asegura a nadie la continuidad de su obra– se trata de una película excesiva, imperfecta, orgánica, pero que hunde sus raíces en la necesidad de contar una historia que, aunque de ficción y con personajes creados, es demasiado personal como para olvidarla en el cajón de los proyectos imposibles. La película de Francisco Franco –tocayo del Generalísimo– revela una escritura sensible, echada a andar para plantear más preguntas que las certezas que su creador puede ofrecer. Y es que Franco se coloca en la difícil posición de tratar de detener el instante que nos hace comprender que estamos dejando atrás la adolescencia –no importa que ocurra a los 15 o a los 30 años– para disecarlo y tratar de comprender cuáles son las medidas de nuestras fuerzas para responder al cambio: aquél momento en que se siente por primera vez en la vida la necesidad de cortar con el pasado, de simplemente quemar las naves para internarse en un territorio del que no se conoce la geografía pero que también ejerce una atracción –erótica, las más de las veces– imposible de resistir.

Quemar las naves narra la historia de dos chicos de no más de veinte años –y es imposible ver la película de Franco y no sentir nostalgia por la época en que uno se enamoró y odió con todo el corazón por primera vez–, cuya madre –cantante que conoció épocas mejores– agoniza y se convierte en el centro alrededor del cual gira el encierro en una casona que se cae a pedazos, en el lugar en el que probablemente yo elegiría para vivir si la Ciudad de México no me hubiera sorbido el seso desde que nací, es decir, Zacatecas. Porque Quemar las naves es, también, una declaración de amor a Zacatecas, la ciudad que siendo más o menos homogénea en su geografía, despierta siempre la imaginación en relación con la vida que a uno más le gustaría vivir. En Zacatecas, uno puede cerrar los ojos e imaginar que las montañas que rodean a la ciudad de repente se vuelven de agua y se vienen sobre nosotros como el mar que está tan lejos de este lugar; en Zacatecas, las hormigas pueden sobrevivir a la miel mezclada con veneno que alguien les ha puesto en el camino, porque finalmente ellas son testigo mudo del vendaval que integran nuestros pensamientos mientras bajamos y subimos por esos callejones de cantera rosa, que son siempre los mismos y siempre diferentes. Zacatecas es, pues, la ciudad de las posibilidades infinitas, sobre todo cuando durante la madrugada se apagan las luces de la catedral y, con la cabeza apoyada en la almohada, nos quedamos sólo con el fuego que alguien ha encendido en nuestra conciencia, para alumbrar la imagen que tenemos de nosotros mismos y que es muy diferente de cómo se contempla a la luz del día. En Quemar las naves, sucede la tragedia que acompaña a los deseos largamente acariciados pero cumplidos de manera inesperada: no saber qué hacer con la libertad que siempre ha sido posesión de uno, pero que no se había reconocido como propia. En esos momentos –como todos sabemos por experiencia personal– la acción antecede al juicio, los pies se mueven antes de que el cerebro les dé la orden, la rabia se hace con el control del barco y no nos importan los golpes que recibamos si sentimos que estamos moviéndonos de camino al futuro. Como puede verse, no es poca cosa lo que Francisco Franco se ha propuesto retratar en su primera película.

Me quedo con la idea que planea desde el principio de la película de Francisco Franco, y que se instala con toda su fuerza hacia el final de la película: la primera vez que uno experimenta en la vida la tentación de quemar las naves, tal vez no sea el momento adecuado para hacerlo. Quizá, la primera vez sea sólo una indicación de la medida de las propias fuerzas, de cómo uno tiene que tomar decisiones radicales, pero también hacerse responsable de sus consecuencias. Uno debe vivir siempre ligero de equipaje, con lo indispensable en el bolsillo –para mí, sería un puñado de canciones y las llaves de la casa de mis papás, porque a ese lugar siempre puedo regresar a lamerme las heridas, aunque de hecho ya no viva allí– y con la prudencia que sólo dan los falsos arranques en la carrera hacia el futuro y los golpes recibidos a destiempo, para poder reconocer el momento preciso –ahora, no ayer ni mañana– en el que uno debe quemar sus propias naves y reconocer que la única posesión es el suelo sobre el que se está parado.

Sunday, November 25, 2007

Yo no estoy allí


[Para el Juntacadáveres, quien siempre me hace pensar en cómo uno puede desatender la ley de la física que dice que uno no puede estar en dos lugares a la vez]

Han sido días extraños, pero a diferencia de otros también muy excéntricos, éstos han estado sobrecargados de ocupaciones y no ha sido el letargo permanente su rasgo definitorio. Retomo el ejercicio físico; vuelvo a la tranquilidad para aceptar que tengo que tener paciencia para soportar un trabajo que empieza a fastidiarme; vuelvo a escribir por placer, sobre aquello de lo que no tengo certezas definitivas, pero que me emociona más que el pequeño sector de la realidad por el que puedo moverme con comodidad; recupero la prudencia para evaluar cuáles son mis opciones si es que quiero dedicarme a lo que verdaderamente me gusta, a manejar mi tiempo de manera autónoma y poder decir, como la canción de Joaquín Sabina, que esta boca y todo lo que sale de ella son míos. La lectura de Martha Nussbaum (La fragilidad del bien) y de Yann Martel (Life of Pi) me han mantenido a flote más de lo que hubiera supuesto cuando me sitúe en la primera página de ambas obras. Mucho cine para un solo fin de semana, quizá demasiado: una película rumana terrible y hermosa sobre las consecuencias de la dictadura para la intimidad (4 meses, tres semenas, 2 días); otra húngara acerca de lo que significa vivir en una "zona gris" al interior de un campo de concentración (Los falsificadores), una más de Estados Unidos y construida alrededor de la fascinación por la música de The Beatles (A través del universo). No he cambiado mucho y, sin embargo, creo que entiendo un poco más el motivo de esa ausencia de ganas de quemar mis propias naves. No he logrado reconciliarme conmigo mismo y, no obstante, creo que soy un poco menos injusto respecto de mi persona que antes.

Y ahora me encuentro escuchando la banda sonora de la nueva película de Todd Haynes, I'm not there, en la que Eddie Veder, Cat Power, Antony and the Johnsons, Stephen Malkmus y Yo la tengo, entre otros, reinterpretan las canciones de Bob Dylan. Allí está la música del maestro Dylan -a quien alguien muy entusiasta y sensato propuso candidato para recibir el Premio Nóbel de Literatura. Es curioso, pero como Dylan en su película, en este momento yo puedo decir que, no obstante que soy quien ha vivido todas estas cosas excesivas, no estoy del todo parado en ese lugar en el que efectivamente me encuentro... I'm not there: una buena frase para defender y continuar el proceso siempre inconcluso de descubrir hasta dónde puedo llegar con lo que tengo en las manos, los bolsillos y la cabeza. No estoy allí, aunque mi esqueleto sea el mismo que soporta los movimientos erróneos y torpes de mis brazos. No estoy allí, aunque mi cerebro tenga, en ocasiones, demasiada condescendencia hacía mí mismo. Y, aunque no esté allí, sigo escuchando a Bob Dylan y pensando que hay muchas cosas que vale la pena esperar del futuro, entre ellas la visión de la nueva película de Todd Haynes...

Friday, November 23, 2007

Last Night

[Para Arizbet, porque seguramente escucharemos juntos el nuevo disco de Moby]

Para mí y si me pongo a hacer comparaciones, la noche de anoche fue mejor que otras, pero quizá también un poco sosa si hago memoria de aquéllas que han sido mis mejores veladas. Volver la mirada atrás, para hacer cuentas de lo que se ganó y se perdió la noche anterior, puede ser un ejercicio muy duro. Uno puede acabar diciendo: "¡No va más!", como Isabelle Hupert en la película del mismo título, sobre una pareja de apostadores compulsivos con profundas cuitas existenciales, en que la dirigió (una vez más) Claude Chabrol. Pero también es cierto que siempre cabe hacer apuestas "cuando la suerte ya está echada", tal y como gustaba decir Hannah Arendt a propósito de la incertidumbre que le provocaban las coyunturas políticas.

La noche de hoy es un recuerdo cuando ya se está en la noche de mañana. ¿Cuántos segundos caben en un minuto que se quiere extender indefinidamente, si la noche nos ha traído suerte? ¿Cuántos minutos le sobran a una hora que nos separa de rozar con los dedos aquello que imaginamos como la paz mental? ¿Cuántos segundos le sobran a un minuto que se desliza pesadamente por una noche que desearíamos no haber vivido? No lo sé... Pero quizá el Sr. Richard Melville Hall III si lo sepa, y por eso haya titulado a su próximo album "Last Night"... Una estupenda noticia para mí, que Moby por fin haya dejado un poco la comodidad y el placer que definen sus noches neoyorkinas y se haya puesto a trabajar en música nueva.

De acuerdo con Moby, Last Night es "una grabación más bailable y electrónica que los últimos discos, probablemente como resultado de todo el trabajo que he hecho como DJ últimamente. Y cuenta con muy interesantes invitados en las vocales. Mi favorito es el rapero que aparece en 'I love to move in here'. Se llama Granmaster Caz, y y fue uno de los creadores de 'Rappers Delight'. Él ha estado creando desde 1975, y estoy verdaderamente feliz de contar con él para mi disco"


Wednesday, November 14, 2007

Con un amigo como Patrice…



[Para Monsieur David, quien seguro sabe ser un mejor amigo de primera]


Cuando me preguntan qué género de películas me gusta más que otros, nunca se la respuesta precisa. Dependiendo del momento, puedo elegir el melodrama estadounidense de la época de 1950, la comedia humanista a la Frank Capra o ese género que resulta cuando la historia se reduce al mínimo –como en Luz silenciosa o El cielo dividido– y sólo queda lugar para el lenguaje del cine en estado puro, explorándose la subjetividad y su relación con el tiempo que transcurre y nos modifica de manera gradual, como la arenilla que se desprende de la piedra hasta hacerla desaparecer. Pero, pensando mejor la pregunta, creo que el género cinematográfico que más me gusta es aquel donde dos personajes radicalmente opuestos, al entrar en contacto, acaban modificando su existencia –ampliando los límites de su mundo– y disolviendo su cinismo respecto de la posibilidad de salir del aislamiento. Tal vez este género ni siquiera exista como tal, pero películas como las de Mike Leigh –Secretos y mentiras– o las de Paul Thomas Anderson –Punch Drunk Love– son una muestra de esa idea a la que me refiero: de la manera en que, a partir del acercamiento entre dos personas diferentes, surge una relación, desencantada y frágil si se quiere, pero de la que se desprende una especie de solidaridad, que es lo que distingue los espacios auténticamente humanos de aquellos donde priva la ley de la selva.

Si hay un cineasta que haya explorado el momento improbable y misterioso en que dos personas se descubren, y el subsiguiente surgimiento de la simpatía y el deseo de descubrirse ante esos ojos ajenos que uno empieza a sentir como propios, ese es el francés Patrice Leconte. Lo ha hecho a través de más de veinte películas que son inclasificables e irreductibles a una lectura exclusivamente genérica. Leconte ha explorado la comedia –Tango–, la pieza –Íntimos desconocidos–, el cine negro –El hombre del tren–, la reflexión histórica sobre el pasado para alumbrar algún elemento del presente –Ridículo– o el drama existencial –El marido de la peluquera. Todavía no sé si sea justo etiquetar estas obras –orgánicas y chispeantes como el humor siempre lúcido de Leconte, que se inició en un grupo de improvisación en los cafés de París– de esta manera, porque etiquetar cualquier cosa es suponer que la conocemos perfectamente para descubrirla en lo fundamental. Porque cada nueva visión de una obra de Leconte, revela gestos en los personajes que habían pasado inadvertidos la primera vez –como la mirada de dulzura amarga de Matilde en El marido… o la de compasión orgullosa de la otra Matilde de Leconte, la que interpreta Judith Godreche en Ridículo. En cualquier caso, cada nueva mirada sobre una película conocida de Leconte sedimenta una nueva capa de emociones e interpretaciones, pero siempre permanece allí, intacto y en el centro, el eterno tema del cineasta francés: la aproximación que, desde posiciones antitéticas, ensayan, fracasan y vuelven a intentar, dos personajes a quienes Leconte encuentra abatidos al inicio de su narración.

Mi mejor amigo
, la más reciente película de Leconte hasta que su imaginación le insufle deseos de escribir y filmar de nuevo, es una nueva mirada sobre el eterno problema de la solidaridad humana y de cómo allí donde es más necesaria –en medio del cinismo más desencantado– se vuelve más difícil de enraizar. Leconte, como siempre, se aparta del naturalismo o del realismo. Él no quiere narrar desde una perspectiva psicologista, ni explicarnos por qué uno u otro personaje toman tal o cual decisión. Su objetivo es menos pretencioso, pero acaso más difícil de lograr: como Esopo, escoge el género de la fábula y narra, con pocos personajes, y poniendo atención en el diálogo y en los intercambios verbales, lo que podría denominarse como una breve película sobre la amistad. Francois Coste (el gran Daniel Auteil) es un corredor de arte, súbitamente fascinado por una vasija griega fabricada para celebrar la amistad entre dos hombres y la promesa de uno de llenar con lágrimas la propia vasija tras la muerte del otro. Francois, solitario y expulsado de todos los círculos sociales que no impliquen una relación laboral, será retado por su socia para encontrar a fin de mes a alguien que pueda decir con toda propiedad que es su mejor amigo. De manera torpe, Francois se embarca en una reflexión sobre el significado de tener un mejor amigo, alguien que se sacrificaría sin más por uno, a quien no se le tendrían que explicar los chistes de los que nadie más que él se ríe, una persona que es capaz de cuidar las cosas más queridas por nosotros como si fueran de su propiedad. Y en el camino se encuentra con Bruno, un taxista de buen corazón a quien Francois identifica como una persona naturalmente simpática, es decir, lo opuesto de él mismo. De su relación con Bruno, Francois encontrará que un mejor amigo es inclasificable e indefinible, pero vital como la propia respiración. No me atrevería a decir más sobre la película de Leconte, tan deliciosa y breve como la cubierta de la créme bruleé, y tan incisiva y agradable como una fábula de Esopo. Sólo diré que me hubiera encantado verla en compañía de mi mejor amigo, a no ser porque a él el trabajo lo tiene secuestrado.

Wednesday, October 31, 2007

Ofrendas paganas

En El evangelio de las maravillas, mi película favorita (no la mejor) de Arturo Ripstein, se narra un caso de locura religiosa colectiva, iniciada por una chica que cree ser la reencarnación de la profeta que llevará a sus fieles a cruzar el fin del mundo sin daño alguno, más puros y más santos. Los fieles de la secta que retrata Ripstein anhelan cosas tan absurdas, tan pueriles y, por ello mismo, tan profundamente humanas como llegar a Disneylandia, el amor, la tolerancia, o un par de alas que de verdad soporten su peso de camino al cielo. Lo que me gusta de la película de Ripstein, entre otras cosas, es que él no establece una diferencia entre lo observado y la mirada que observa, entre el "adentro" y el "afuera" de la película, entre lo vivido y la mirada externa que juzga. "Afuera es feo": tal es la frase que vienen diciendo los personajes de Ripstein desde El castillo de la pureza para señalar su anhelo de huir del mundo, y en El evangelio de las maravillas -levemente inspirada por los sucesos reales del poblado michoacano de La Nueva Jerusalén- esta frase adquiere un sentido pagano, cuando lo que se trata de construir es una utopía que sea desafío y reciclaje de los dogmas de la fe católica. Siempre he pensado que ésta es la película que haría alguien dominado por la fiebre, en un estado de delirio total, mezclando de manera lúdica los elementos que definen el ideario religioso mexicano en un fresco sacado de las películas bíblicas hollywoodenses -esas que, desde hace mucho tiempo, ya no se filman. Particularmente, el personaje de la nueva profeta, Tomasa (Flor Edwarda Gurrola), me conmueve. Me conmueve la inocencia con la que se deja arrastrar por la locura colectiva, y la crueldad con que asume los rituales de La Nueva Jerusalén. Me conmueve sobremanera que ella quiera que la ofrenda pagana para su culto sean los tambores que golpean sin mucha destreza algunos de sus fieles. "Porque se siente muy bien la vibración del golpe del tambor, aquí, cerca de la panza. Se siente calientito, como cuando te acarician".

Siempre que tengo la oportunidad de escuchar música en vivo, no importa el color ni el sabor, me dejo llevar por esa sensación que produce en el diafragma la vibración de los instrumentos musicales. Se siente cálido, se siente bien, porque es la réplica física, telúrica, del placer inmaterial que está entrando por los oídos en ese momento. A manera de ofrendas paganas, comparto algunos de los momentos recientes en que he podido reproducir esa sensación de tambor golpeando aquí, cerca de la panza. Seguramente, en algunos de ellos puede percibirse cómo la locura colectiva de estos fieles paganos me hizo desafinar a todo pulmón para tratar de darle réplica a The Killers, a The Dandy Warhols, a Travis, a Keane, a Kings of Convenience y a Bloc Party. No están todos los que son, pero sí son todos los que están...

Tuesday, October 16, 2007

Escribir sobre Virginia Woolf y escuchar a Radiohead


The Hours
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Mi libro favorito, o al menos uno al que siempre vuelvo y que siempre encuentro misterioso y mío a partes iguales, es Mrs. Dalloway, de la gran Virginia Woolf. Lo que allí se propuso ella es tan simple, que sólo a una persona de genio se le hubiera ocurrido: contar 24 horas en la vida de una mujer, haciéndonos sentir que sus angustias y el flujo de su conciencia –no particularmente dramáticos unas ni otro– podrían ser los nuestros, aun y cuando nos situemos en una órbita radicalmente lejana a ese planeta que es Clarissa Dalloway y los satélites que nos circundan sean otros que el joven veterano de guerra Septimus y los amores de juventud que, en el caso de Clarissa, se debaten entre trascender el recuerdo y ocupar la realidad. Clarissa recorre las calles de Londres, preparando la fiesta que dará por la tarde y a la que asistirá buena parte de las personas que pueblan su vida, que definen los límites de su mundo y, también, que se erigen como el muro que ella siempre ha querido saltar –aunque su deseo permanezca callado y no haya trascendido la conciencia de esta mujer. El día que Virginia Woolf nos narra, empezó con el deseo de Clarissa de comprar las flores para la fiesta ella misma, y no dejar que los sirvientes que le resuelven todos los asuntos prácticos lo hagan, ni permitir que su marido le sugiera el arreglo que mejor combine con la decoración de la casa. Quizá, para Clarissa, comprar las flores ella misma sea un acto tan subversivo como tener un cuarto propio lo era para una mujer de principios del siglo XX y con pretensiones intelectuales. El día clave en la vida de Clarissa –ese en que se permite detenerse frente a cada esquina de Londres para entender por vez primera la complejidad del mecanismo que, por ejemplo, llevó al tendero a acomodar sus legumbres de una manera particular y, en ese acto de comprensión, sentir que puede paladear un instante de eternidad– concluirá con el peso de la levedad flotando en el ambiente de la fiesta que tan cuidadosamente ella ha organizado. Pero nadie más que ella, Clarissa –cuya conciencia Virginia Woolf conoce tan bien como para tratarla como el espécimen mas extraño y precioso de su colección–, puede seguir caminando hacia el esposo que se incorpora a la fiesta, haciendo como que el peso sobre su espalda –el peso de la melancolía– es tan ligero como las alas que conducen a Septimus a la locura, a la evasión del dolor y el horror que pueden producir manos humanas.

El punto de partida de Las horas, la novela con la que Michael Cunningham rinde un sentido homenaje a Mrs. Dalloway, a Virginia Woolf y al proceso que da origen a la escritura, es el mismo que el de ese día en la vida de Clarissa: el acto de comprar las flores uno mismo, de recibir flores de alguien a quien se ha aprendido a amar pero que sólo evoca la rutina y, finalmente, el acto de escribir sobre el significado de las flores para una mujer que parece tenerlo todo, menos salud mental para seguir adelante. La angustia y el flujo de conciencia que allí se exponen son los de tres mujeres, Laura Brown a mediados del siglo XX, Clarissa a finales del siglo XX y Virginia Woolf al momento de escribir Mrs. Dalloway. Virginia, contemplando el cadáver de un pajarito hembra tendido en el césped, a quien Cunningham describe como “una excéntrica con talento para escribir, sólo eso”. El acto de amor de Cunningham sobre Mrs. Dalloway sólo podría engendrar otras tantas historias de amor: la de Leonard y Virginia, la de Virginia y la tentación del suicidio, la de Laura Brown y su affaire con la renuncia a la responsabilidad que engendra el amor, la de la propia Clarissa y el poeta que la ama pero no la desea. Pero hay una última historia de amor recorriendo Las horas –la novela que uno de los personajes de Hable con ella tiene junto a su cama– de cabo a rabo: la de todos los lectores, reales o potenciales, de Virginia Woolf, quienes se atreven a intercambiar su mundo por otro –el de la ficción– que le es radicalmente ajeno y falso, pero que encierra más gotas de verdad que las relaciones superficiales que se pueden trabar cualquier día laboral. Cunningham es un apasionado de la música, y por ello mismo ha declarado que puede describir perfectamente el disco o la pieza musical que acompañó el nacimiento, la gestación y la conclusión de cada una de sus novelas. Para Las horas, el compañero privilegiado fue Radiohead y su hermoso OK Computer. Quizá porque la locura de Tom Yorke es muy parecida a la levedad del peso de la melancolía, porque en ese disco se narran torcidas historias de amor con uno mismo que acaban siempre en la decepción, y porque trasladado todo ese dolor a la propia conciencia, uno termina detenido en cualquier esquina de la ciudad donde se vive para contemplar –admirar, celebrar, extrañar, lamentar– el mecanismo que llevó a Virginia Woolf a escribir tan bien sobre la parte más oscura y densa del alma humana. Como si gradualmente, pero sin sorpresas –no surprises– y durante las 24 horas que dura un día común y corriente, se fuera llenando de agua la escafandra invisible que nos rodea.


Radiohead - No Surprises
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Friday, October 12, 2007

¿Por qué te vas?



Como dice Arkturo, el cerebro de los hombres que tararean “¿Por qué te veas?” por los pasillos de cualquier oficina es un misterio, en estado de coma o en cualquier otro estado. Y entonces sigue funcionando la recomendación de Almodóvar: Hablé con ella, con él, con nosotros, con ustedes, con ellos...

Es cierto: Nobody does it better



Nobody does it better
Makes me feel sad for the rest
Nobody does it half as good as you
Baby you're the best
I wasn't looking but somehow you found me
I tried to hide from your love light
But like heaven above me, the spy who loved me
Is keeping all my secrets safe tonight
And nobody does it better
Sometimes I wish someone would
Nobody does it quite the way you do
Why'd you have to be so good
The way that you hold me, whenever you hold me
There's some kind of magic inside you
That keeps me from running, but just keep it coming
How'd you learn to do the things you do
And nobody does it better
Makes me feel sad for the rest
Nobody does it quite the way you do
Baby, baby
Baby you're the best
Baby you're the best
Baby you're the best
Baby you're the best

[Como siempre, Thom Yorke tiene razón en materia de diagnóstico de las patologías del amor, sin las cuales éste es imposible. ¿Cómo se da cuenta uno de que se ha topado con alguien excepcional? Porque nadie más tiene esa capacidad para mover los estados de ánimo, para hacer pasar de la euforía a la depresión al individuo en cuestión... Escuchando el
In Rainbows, me acordé de este cover...]

Monday, October 08, 2007

Perfume de gardenías




El viernes pasado, como regalo previo de cumpleaños, me sirvieron con un golpe de nostalgia la certeza de que extraño demasiado el mar como para haberlo tenido lejos tanto tiempo. Terminé de trabajar con un grupo de mujeres muy generosas, a las que la junta local del IFE reunió para un curso de capacitación en derechos humanos, y me sobró una hora (que no esperaba, y por eso fue un regalo) para caminar por el Malecón del puerto. La última vez que estuve allí fue hace más de 10 años, con unos tíos, quienes se empeñaban infructuosamente en ese momento para que yo aprendiera a nadar. Nunca lo hice. Pero siempre me ha resultado extraño que la gente nade en el mar con la mayor tranquilidad, en un volumen de agua más grande que el que uno pudiera consumir a lo largo de toda su vida. Y como soy un cinéfilo patológico que no sabe diferenciar lo vivido de lo soñado y lo visto en la pantalla, caminando por el Malecón también me acordé de "Principio y fin", la película de Arturo Ripstein en la que Blanca Guerra y Bruno Bichir bailan una secuencia de súbita atracción sexual que se empieza a convertir en amor, en ese lugar y con la improbable música de fondo de "Perfume de gardenías", ese bolerito guapachoso, mustío y emotivo compuesto por Rafael Hernández. "Perfume de gardenías" va más o menos así:

Perfume de gardenia tiene tu boca
bellísimos destellos de luz en tu mirar.
Tu risa es una rima de alegres notas
se mueven tus cabellos cuál ondas en el mar.
Tu cuerpo es una copia de Venus de Citeres
que envidian las mujeres cuando te ven pasar.
Y llevas en tu alma la virginal pureza,
por eso es tu belleza de un místico candor.
Perfume de gardenia tiene tu boca
perfume de gardenia, perfume del amor.
Tu cuerpo es una copia de Venus de Citeres
que envidian las mujeres cuando te ven pasar.
Y llevas en tu alma la virginal pureza,
por eso es tu belleza de un místico candor.
Perfume de gardenia tiene tu boca
perfume de gardenia, perfume del amor.

Este es el fetiche musical de Ripstein por excelencia, y lo ha usado en casi todas su películas desde "El lugar sin límites" hasta llegar a "La virgen de la lujuria", película para la cual Leoncio Lara realizó una adaptación cuasi operática del tema. Sin quererlo, Rafael Hernández ha compuesto una oda al amor edípico, a la psique de todos los mexicanos que buscan, en la misma persona, una mujer tan santa como la madre y tan audaz como Blanca Guerra. A veces, Ripstein ha hecho de "Perfume de gardenías" un espacio para el encuentro entre los amantes, otras la ha vuelto la nota final de una relación que se termina con o sin violencia, e incluso la ha hecho cantar a un grupo de resentidos exiliados españoles que añoran no el amor de una mujer sino de un pedazo de tierra al que puedan llamar patria. Bailando “Perfume de gardenias”, los personajes de Bruno Bichir y Blanca Guerra iniciar un ritual de apareamiento que termina en la cama. Con grabadora en el hombro y casette en la mano, Bruno baila solo cuando Blanca le recrimina: “Yo necesito un hombre, y tú eres un hijo de familia”. Así es el amor, de abstracto y concreto, de sabroso y doloroso, de mustio y audaz. Por eso, cuando iba por el Malecón, con el teléfono móvil en mano, me imaginé que de nuevo escuchaba "Perfume de gardenías", para recordar mi amor edípico con el puerto de Veracruz...

Como Moisés


Coldplay - Moses
Uploaded by ernestgc


Qué bonito es descubrir que, como Moisés sobre el mar, alguién tiene el poder suficiente sobre uno mismo como para desafiar el marco interpretativo propio, para recuadricular el plano en el que se mueve todos los días, para hacerlo caminar por el lado soleado de la acera (no por el lado salvaje al que le cantó Lou Reed); en una palabra, es muy bonito, como Moisés sobre el mar, descubrir que se tiene el poder para aceptar que la felicidad es un cliché que se puede abrazar sin más, sin preguntas, sin pensar en dobles intenciones, sin tararear la canción del adiós antes de que siquiera haya empezado una historia común... Como Moisés, que abrió al mar en dos, y nunca se imaginó las dimensiones de su obra