Monday, May 14, 2007

Instrucciones para huir de Sam’s Town



We hope you enjoy your stay/ It’s good to have you with us/
Even it’s just for the day/ We hope you enjoy your stay/
Outside the sun is shinning/ It seems like heaven ain’t far away

The Killers, “Enterlude”




En el siglo XIX, Alexis de Tocqueville se preguntó por la forma en que el ethos igualitario que definía a la república estadounidense era interiorizado por las conciencias de los ciudadanos, y llegó a dos conclusiones muy curiosas. Primero, que los americanos tenían una extraña tendencia a abandonar su puritanismo en materia religiosa, para abrazar un panteísmo decididamente pagano; y, segundo, que los americanos, a diferencia de sus lacónicos antepasados ingleses, eran constantemente tentados por la grandilocuencia en materia literaria.

En materia religiosa, como los americanos creían en el valor supremo de la igualdad, gradualmente su percepción de las fuerzas humanas se vio empobrecida: si los individuos son iguales, es porque son igualmente vulnerables frente a la potencia destructora de la naturaleza. El mundo se volvía inmenso y hostil, mientras ante sus propios ojos los estadounidenses aparecían como pequeños y débiles. Uno de los motivos principales para edificar repúblicas sólidas entre personas iguales, de acuerdo con la lectura que Tocqueville hace de la conciencia del americano promedio, es protegerlas de la exposición desnuda a las fuerzas naturales. Separados y compitiendo por las presas, los animales perecen; juntos e hibernando en la seguridad de la caverna común, los animales tienen una pequeña oportunidad de sobrevivir –incluso el oso con el apetito más feroz. Para Tocqueville, la conciencia de la fragilidad humana llevaría con el tiempo a los estadounidenses a iniciar un culto por la fuerza de la naturaleza, contemplada como algo de lo que ellos no forman parte importante, y que deben tratar con cautela por el riesgo que implica despertar su ira. Así, en la imaginación de Tocqueville, Nueva York acabaría atestado de figuras totémicas y de ofrendas para hacer llover o acelerar la reproducción del ganado. Lo que no pudo suponer el filósofo francés es que otro Dios con un poder más destructivo –el dinero– iba a implantarse en Wall Street y a ser venerado con una devoción rayando en lo supersticioso.

Por otra parte, en materia de creación artística, Tocqueville pensaba que entre los escritores americanos existía una tendencia natural a la desmesura, a la grandilocuencia, a querer decir más de lo que puede caber por la boca, dada la infatuación lírica que la democracia había provocado en las conciencias individuales. Si todos somos iguales, también son igualmente valiosas nuestras reflexiones gestadas en solitario, nuestra visión del mundo, nuestras opiniones sobre los tópicos más absurdos. Porque en cualquier materia, siempre los estadounidenses se precian de tener una opinión: sobre la mejor forma de curar la artritis, acerca de la fuente de la eterna juventud o, incluso, sobre la receta para transplantar la democracia a lejanas tierras gobernadas por tiranos petroleros. Y como la conciencia del americano no puede permanecer callada, ellos escriben poesía en la que tratan de describir el rostro de un Dios por el que sienten más temor que amor; ellos hacen un teatro que demanda la representación en el escenario de pasajes de la Guerra Civil o la irrupción del Ángel de América que porta la demanda de que la humanidad cese de moverse hacia el futuro; ellos componen canciones que esperan hagan a sus ejércitos volver a casa, arrepentidos de las incursiones militares en el sureste asiático. ¿No son curiosos los americanos panteístas y grandilocuentes de Tocqueville? Otro asunto totalmente diferente es si, en efecto, estas criaturas existieron o viven todavía entre nosotros…

Lo que Tocqueville observaba –supongo yo muy divertido– era una especie de locura democrática que se apoderaba de los ciudadanos, aun en contra de su voluntad y para implantarse en los terrenos más insospechados, como los altares, la literatura o el lecho conyugal. Esta adoración casi insana de la igualdad en materia política, reinterpretando el espíritu irónico de Tocqueville, aparece como la masa verde y gelatinosa que, en las películas de clase B de la década de 1950, llega del espacio exterior para invadir los cuerpos de los inocentes habitantes de los pequeños y grises pueblos del desértico sur del país. Cuando la masa verde lo invade todo, la gente empieza a comportarse de manera extraña y su conducta, forzada a desarrollarse en el mismo pueblo abandonado de la mano de Dios, se desenvuelve de manera mecánica para cumplir las tareas mediocres de todos los días. Las mujeres empiezan a lavar la vajilla con la mirada perdida y los hombres a cosechar el maíz sin importar si es medianoche. Por eso es que Los secuestradores de cuerpos es una de las historias que más remakes ha generado en la historia del cine americano –la última, por la mano de ese maestro de la disección de la psique americana que es Abel Ferrara. A la larga, Tocqueville –como Hannah Arendt– diagnosticaba que el espíritu igualitario de la república estadounidense acabaría transformándose en conformismo social, pues sin el espíritu de la competencia los ciudadanos terminarían refugiándose en la vida privada y desatenderían los espacios de participación política.

Muchos de los grandilocuente escritores de la república estadounidense han coincidido en señalar un horror semejante frente al conformismo social, y han vuelto la vista hacia el teatro épico como un recurso para motivar la discusión pública de los asuntos comunes. Tennesse Williams, Arthur Miller o, en años recientes, Tony Kushner, han escrito obras en las que relatan un fragmento de microhistoria sobre la represión sexual –Un tranvía llamado deseo–, la histeria anticomunista –Las brujas de Salem– o la necesidad de cuestionar hasta los cimientos la cultura capitalista que vuelve periféricas a la mayoría de las personas que no se ajustan a una idea de éxito social –Ángeles en América. Para estos escritores, el teatro puede ser más grande que la vida misma, porque es en el escenario donde la gente puede observar sus hábitos y prejuicios con una sana distancia que le permita reírse de ellos, horrorizarse ante ellos, y criticarlos como si se tratara de las costumbres de un pueblo de lunáticos. Por eso es que Williams, Miller o Kushner dan al teatro de gran formato una dimensión política que evoca la grandilocuencia que Tocqueville asoció con el espíritu democrático de los americanos.

Con su ironía habitual, Kushner plantea el tema de la utilidad política del arte como una adivinanza. En una conferencia titulada “On Pretentiousness”, recogida en su colección de ensayos Thinking About the Longstanding Problems of Virtue and Happiness, el dramaturgo de origen judío se pregunta: ¿en qué se parece el arte con pretensiones políticas y la lasagna? Y Kushner contesta: en casi todo. La lasagna es un plato que en Estados Unidos se prepara con ingredientes extranjeros en su mayoría, como la pasta y las especias. El arte americano es producto de una mezcla multicultural en la que tienen cabida la épica, la lírica, la ironía o la tragedia: todos estos géneros revueltos e incorporados en una mezcla de muchos sabores en la que ya es imposible distinguir el gusto de uno solo de los que la integran. En ambos casos, el producto final es un desafío a las leyes de la sencillez y el buen gusto. El cocinero y el literato se atreven a mezclar ingredientes que hasta ese momento, nadie en su sano juicio, se había atrevido a pensar que reunidos harían una combinación deliciosa. La lasagna es una falta de respeto frente a la austeridad del maztoh judío, que no se fermenta ni lleva levadura en su preparación y que recuerda los momentos en los que es difícil añadir cualquier condimento innecesario a la comida. Para Kushner, la lasagna necesita de una gran inversión de tiempo para su preparación: es vapor solidificado, fluidos mezclados en el vientre que representa el horno, capas de glotonería en las que se intercalan promesas de placeres ocultos; en cambio, el maztoh está concebido para prepararse en las circunstancias más adversas. La lasagna nos hace olvidar que los tiempos de carencia están acechando; el maztoh nos recuerda que habrá un momento en el que la opulencia sea un sueño muy lejano y en el que hasta las piedras tendrán un sabor exquisito para nuestros organismos hambrientos. Y, finalmente, el arte, como la lasagna, es una obra de ingeniería grandilocuente que se debe disfrutar en compañía y que debe acompañarse de una sobremesa para discutir el gusto que ha dejado en nuestros paladares. Pura grandilocuencia americana, censuraría Alexis de Tocqueville, negándose a degustar una porción extra de la lasagna que Kushner ha preparado en un estado de ánimo auténticamente democrático…

Kushner se pregunta: ¿dónde están los nuevos creadores de arte grandilocuente con pretensiones políticas? ¿Nos hemos dejado invadir finalmente por la masa verde del espacio exterior que seca nuestra conciencia crítica? ¿Hemos perdido las esperanzas por romper todas las formas de tiranía pensables, incluida la que representa el propio cuerpo que gradualmente va envejeciendo y nos aprisiona, y también la del deseo que nos hace dependientes de otro cuerpo? ¿Ya no existen los artistas americanos como los de la época de Tocqueville? ¿Ya nadie se atreve a crear música, teatro, cine, novela, como si cocinara una lasagna lúbrica y sensual?

Yo diría que aún hay americanos grandilocuentes entre nosotros, y que en ellos el arte es indisociable de una intención crítica de la política. Hace poco leí, en la revista Spin, una entrevista con The Killers, los músicos de Las Vegas encabezados por Brandon Flowers, y me sedujo su actitud grandilocuente: sin mayores pudores, se declaraban una de las cuatro mejores bandas en la historia del rock, después de The Beatles, Rolling Stones y U2. Demasiada grandilocuencia, incluso para una revista que celebra los desmanes de las herederas de los grandes emporios comerciales de Estados Unidos. Hace un par de años, Hot Fuss, el primer disco de The Killers fue uno de los debuts más prometedores en lo que va del siglo XXI. Confusión, bits bailables, desencanto, cinismo, elegancia y, por supuesto, grandilocuencia, eran los ingredientes de la primera lasagna que Brandon Flowers y compañía prepararon. Sam’s Town, el temido segundo disco, volvió a The Killers objeto de alabanzas y críticas despiadadas por igual. Nadie puso en duda la capacidad de los músicos para sonar a sí mismos y no parecerse a ninguna otra banda; lo que no significaba que en ellos no hubiera influencias musicales reconocibles, desde la psicodelia al punk, pasando por la música de protesta que tiene en Patti Smith a su representante paradigmático. Y todo esto, en una envoltura típicamente estadounidense. La melancolía de The Killers no es la de una banda como Travis; no es el resultado de contemplar el gris cielo londinense, sino de ver correr por las desiertas carreteras del desierto americano los arbustos que no se dirigen a ninguna parte. La ira de The Killers no va contra Margaret Thatcher o Tony Blair, sino contra una clase política neoliberal que ha convertido a buena parte de la población del sur en basura blanca. Y no obstante, deprimidos y confundidos, The Killers se permiten el lujo típicamente americano de la grandilocuencia. En Spin declararon que sus discos eran grandes, los mejores en lo que va del siglo XXI, no a causa de su virtuosismo musical, sino de la forma en que todos pueden reconocerse en ellos. Así, el tema principal de Sam’s Town, que desaparece y reaparece a lo largo de las doce canciones que lo integran, es el deseo de escapar del pueblo en el que uno ha nacido, sobre todo si su principal producto de exportación es la melancolía y la depresión. El pueblo en que hemos nacido, pensamos todos en un momento dado, es el más prejuicioso, aburrido y gris del país. Nadie debería quedarse en él, y sin embargo, si nosotros nacimos allí es porque nuestros antecesores no se atrevieron a emprender la huida. Todos hemos tenido la sensación de querer escapar de los límites en que nuestro nacimiento nos ha colocado, y para The Killers éste es un deseo en el que todos los seres humanos, estadounidenses o no, pueden reconocerse. The Killers, además, se autonombran los chicos más guapos del vecindario, porque si ellos no lo creen así, nadie más va a hacerlo. Me gusta esa actitud un poco cínica, de autosatisfacción sin culpa, de querer decirle al mundo que ellos tienen algo importante para mostrar. Y es que, como dice Brandon Flowers, no hay que tener falsa modestia cuando se es un ser brillante. Mejor que sea el tiempo y los otros individuos los que nos juzguen, y no que nosotros mismos saboteemos nuestras ansias de trascendencia. Como decía un profesor de la Universidad, en las democracias modernas, la modestia es la virtud de quienes no tienen otras virtudes…

Últimamente estoy un poco escaso de la grandilocuencia que Tocqueville volvió virtud política, y me deslizo peligrosamente hacia la total carencia de autoestima. Últimamente me conmueven muchas cosas que en mi estado natural no lo harían. Me siento conmovido por las cosas más absurdas. Me conmueve Brandon Flowers cantando “Read my mind”: “I never really give up on/ Breakin’ out of this two-star town/ I got the green light/ I got a little fight/ I’m gonna turn this thing around/ Can you read my mind?”. Me conmueven estos versos de “When yu were young”: “You sit here in your heartache/ Waiting on some beautiful boy to/ To save you from your old ways/ You play forgiveness/ Watch it now/ Here he comes/ He doesn’t look a thing like Jesus/ But he talks like a gentlemen/ Like you imagined/ When you were young”.

Sam's Town es, creo, una épica típicamente americana sobre la sensación de estar atrapado en medio de la mediocridad, y querer salir, pero sentirse muy pesado para volar. ¿No es esto una inquietud política democrática que Tocqueville calificaría como típicamente americana? Todos quieren correr contra los límites que el tiempo y la tradición nos imponen; todos pensamos que somos igualmente dignos de conseguir el triunfo en la carrera por la felicidad. Y así lo expresan, con melancolía y rabia, The Killers en Sam’s Town. El disco abre con una bienvenida al viajero que se ha detenido en Las Vegas porque el auto se averió; él no quería estar aquí, pero sin remedio se ha detenido en el pueblo de Sam; la comida es mala; la compañía no es muy divertida; pero los lugareños harán lo mejor que puedan para que el fuereño se sienta bien. ¿No es eso algo conmovedor? “We hope you enjoy your stay/ It´s good to have you with us/ Even it´s just for the day.../ Outside the sun is shinning/ It seems like heaven ain’t far away”. Luego, el fuereño un poco aburrido empieza a escuchar a los lugareños contar de las épocas cuando eran jóvenes, y en la que los profetas no se parecían en nada a Jesús: “He doesn´t look a thing like Jesus”. A la mitad del disco se mete una canción endiabladamente movida, pero que también es tristísima: “Read my mind”: “The good old days/ The honest man/ The restless heart/ The promise land/ A subttle kiss that no one sees/ A broken wrist and a big trapeze”. Todas estas son instantáneas fotográficas de una América profunda, que es el resultado del empobrecimiento de la vida rural y de la prostitución despiadada de los ideales de superación de los propios límites. Y luego sigue Brandon Flowers cantándole a alguien que si él no brilla, tampoco el propio Flowers lo hará. Y todo es tan claro, pero tan misterioso, que acaba preguntando: “Can you read my mind?” Pero lo que me gusta también de The Killers es que en Sam's Town no todo es melancolía. Hay lugar para la alegría por el encuentro de los cuerpos, así sea en un pueblo de tercera categoría y porque nos quedamos varados en la carretera sin gasolina: “Don't you wanna swim with me?/ Don´t you wanna feel my skin on your skin?/ It's only natural/ Don't you wanna come with me?/ Don´t you wanna fell my bones on your bones?/ It's only natural”.

¿Será posible que nuestra grandilocuencia americana se merezca una épica de la miseria como la de Sam´s Town y mejor suerte que los desolados protagonistas de sus historias? Ese es un buen motivo para iniciar una discusión en la sobremesa de una pretenciosa y nutritiva lasagna americana preparada por algún dramaturgo demócrata…

12 comments:

tnf25 said...

Podria decir que en general el mundo esta escaso de grandilocuencia, y creo que los unicos que la explotan hoy día son los heroes de comic y en raros casos los filmicos..confieso que tampoco soy amigo de la grandilocuencia, pero si de la "lasaña"....no se si me expilco.

tu.politóloga.favorita said...

Tristemente lo que dices sobre la presunta omnisciencia de los norteamericanos es cierto aunque, desafortunadamente para ellos, existe un gap enorme entre la opinión y los hechos.
No sé cómo le haces pero logras mezclar política con cine y música y eso es ma.ra.vi.llo.so!
Quién cocina lasagna en México?
Saludos!

Senses & Nonsenses said...

me encanta el disco de the killers. ya sabes que read my mind es una de mis canciones favoritas del año pasado. tu post, déjame asimilarlo, jo, eres fantástico. si se me ocurre algo lo mínimamente inteligente te volveré a comentar, porque seguro que lo volveré a leer, soy fan... de los killers y de ti.

un abrazo.

el juntacadáveres said...

no mames... no mames... que pinche recorrido has hecho... eres un cabrón!!! neto... wey, tendré que releerte para no soltar aquí alguna pendejada... jejejeje...

saludos...

Josue said...

Mario es cierto tenfria que releer porque ahora si volastes mi hermano jejeje gracias por tus visitas deveras

Yayo Salva said...

Sabrosa tarta polifacética la que has cocinado. Aunque, siceramente, no creo que The Killers merezcan tan minuciosa aproximación.

Noájida said...

"...Últimamente estoy un poco escaso de la grandilocuencia que Tocqueville volvió virtud política, y me deslizo peligrosamente hacia la total carencia de autoestima. Últimamente me conmueven muchas cosas que en mi estado natural no lo harían. Me siento conmovido por las cosas más absurdas..."

Como anécdota te cuento algo que me sucedió justo anoche: estando con mis amigos reunidos en cierto bar,alguno hizo un comentario algodenigrante hacia mi, con la intencion de quedarbien ante la audiencia, y adiferencia de otras oportunidades, en que respondería con mayor sarcasmo, con intencion de vengarme, me quedé callado, y senti ganas de llorar, no me habia pasado, y es cuando comprendo la frase de tu profede universidad.

Mario, esa frase, condensa de una forma mucho menos tecnica y mas personal, la forma en que las personas, digamos "trascendentales", se acercan a la realidad. Para mi, como Noájida que ve en le pueblo Judio un modelo de conducta ideal, lo que dice Kushnner acerca del Matzá es sumamente ilustrativo, y la levadura, es una gran enfermedad, que podemos padecer los paises democráticos. Pero es algo que no ha sido impuesto, ahi está lo bello, podemos sobreponernos a ella, ejerciendo nuestra libertad.

el chico de la chaqueta azul said...

Impresionante post...me dejaste sin palabras..enhorabuena por tu análisis

inMundo said...

Claro que The Killers merecen esas aproximaciones.
Es bastante interesante cómo inicia con Tocqueville y termina con The Killers. Algún día debería aventarse una alegoría sobre 'Sympathy for the devil' de los Rolling Stones.

Mario said...

TNF25:

Claro que te explicas: se puede disfrutar una lasagna con modestia, y ser un héroe de cómic con problemas existenciales (como Peter Parker). Tienes razón: no son tiempos grandilocuentes, en el buen sentido; ahora que también es cierto que nos tienen cogidos por las solapas una pandilla de tipos con delirios de grandeza, empezando por Bush...

Mi politóloga favorita:

Afortunadamente existe ese abismo. Por más sutiles que sean nuestras teorías, por más finas que sean nuestras encuentas de opinión, lo maravilloso es que siempre la realidad desborda nuestras cuadrículas... Una amiga cocina lasagna kosher, y es muy rica; luego le pido la receta y te la paso... Un abrazo y gracias por estar cerca...

Senses:

"Sam's Town": una joyita que no me puedo sacar de la cabeza desde hace un par de meses. Siempre vuelvo a The Killers, siempre termino en "Read my mind", también mi canción favorita. Aunque la canción que le da título al disco tambíén se me queda en la cabeza cada que la escucho:

(You know) I see London, I see Sam's Town
holds my hand and let's my hair down
Rolls that world right off my shoulder
I see London, I see Sam's Town now

Junta:

Gracias, gracias, gracias... A veces me cuesta trabajo frenar mi mamonería, es cierto... Un abrazo, querido junta...

Josué:

Nada, Josué. Siempre es un placer leerte, aunque últimamente no he tenido el tiempo para surfear entre los bloggers como quisiera... Un abrazo

Yayo:

También fue grato el proceso de cocinar la tarta: juntando ingredientes en su punto y poniéndolos a cocer a fuego lento. Salió un guiso raro, pero qué bueno que te gustó... Ahora mismo no puedo ser imparcial con The Killers; tendré que esperar a que se me baje el enamoramiento para hacer un juicio más objetivo... Un abrazo

Noájida:

Quien denigra a los demás, acaba denigrándose a sí mismo. Quien llora, limpia su alma de rencores; quien ofende, está condenado a vivir permanentemente con una conciencia manchada por el autodesprecio... Somos una sociedad con demasiada levadura; nos da miedo la textura del pan ácimo, y tratamos de perfumarla hasta que ya no sabemos distinguir el sabor original de los elementos... Será por eso que una forma de reencontrarse con uno mismo es volver a lo básico, buscar el sabor que subyace al condimento... Y todo parte de que podemos ejercer la libertad, bajo sus formas a veces dolorosas, a veces gozosas... Un abrazo, hasta Medellín

Chico de azul:

Gracias, de nuevo, por estar cerca de este espacio y comentar. Y mira que este diálogo apenas comienza... Un abrazo fuerte

Don Inmundo:

¿Deberíamos romper el turrón, no?... Algo habrá que hacer con esa canción furiosa que Neil Jordan usó como comentario irónico sobre los pactos con el diable en "Entrevista con el vampiro"... Un abrazo

Arkturo said...

es muy curioso lo que dice el señor, pues nunca me habìa explorado esa tendencia de los americanos. Cuando escuché ese cd de The Killers me imaginé algo desmesurado, y un tanto descriptivo, hacia la sociedad americana, pero no pensé que se hubiese convertido en un viaje hacia el descubrimiento de los derechazos y bajas de la política americana.

amo When You Were Young, esa chica se encontró a un buen chico, que no era como jesus, pero era agradable

Es así?, una vez la traduje y tengo por alli la hoja, muchas de esas chicas se ven por allí en la plazuela de mi pueblo, derrumbadas y traicionadas por el viejo hombre con botas.

me eh salido.
un enorme abrazo mario, que ya se me hacìa algo complicado leerte por el poco que tengo para leer.

Mario said...

Arkturo:

A mi también a veces se me ahce difícil arrancarle unos minutos del día (u horas) para leerte, pero siempre se hace con placer... Y si, ese disco de The Killers es una bomba, como tu dirías. Mucha miseria, mucha desolación, muchos sueños rotos: como el de querer encontrar a alguien, que aunque no se parezca para nada a Jesús, hable como caballero tal y como esa chico soñó cuando era joven... Un abrazo