Sunday, August 19, 2007

With a Little Help from My Friends…


En un ensayo titulado “With a Little Help from My Friends”, incluido en Thinking About the Longstanding Problems of Happiness and Virtue, Tony Kushner lleva su tesis sobre las ventajas de la solidaridad política al terreno de las relaciones afectivas. Como en otros momentos de su obra, Kushner afirma que el individualismo exacerbado, no en lo tocante a la defensa de las libertades, sino en lo relacionado con la forma en que las personas pierden su capacidad para sentirse dolidos por las injusticias que se cometen sobre otros, es la gran tragedia que amenaza con destruir la república estadounidense. Para él, una persona progresista no es quien cree en la posibilidad de lograr un mundo mejor, sino quien trabaja codo a codo con los demás para dar realidad a esa idea, que no es otra cosa que el anhelo de crear un mundo en el que quepan muchos mundos: un mundo que no se puede planear ni construir en aislamiento.

Tratando de explicar la forma en que la presencia de muchas personas en su vida durante los años de escritura de Ángeles en América fue crucial para la concreción de esta obra, Kushner llega a la conclusión de que ésta no habría sido posible sin la pequeña ayuda de cada uno de esos amigos progresistas que se fue encontrando a lo largo de su vida, y que se quedaron para volverla un espacio habitable, cálido y confortable.

Cuando era muy joven, algún amigo le sugirió a Kushner que su curiosidad por la literatura no era algo que debía ser reprimido sino, al contrario, cultivado hasta volverse el motivo central de su vida. Andando el tiempo, algún otro camarada a quien Kushner mostró sus primeros escritos le dijo que no estaban mal, pero que lo mejor de él estaba aún por venir y que tendría que seguir trabajando para lograrlo. En días de tristeza, varios sobrevivientes de sus propias tragedias personales –entre ellas la discriminación y la muerte por el VIH– le enseñaron a Kushner que siempre era posible fingir que no todo estaba perdido, que las cosas podían mejorar, en compañía de los amigos adecuados. Y un buen día, otro amigo retó a Kushner a escribir una obra de teatro de gran formato, que fuera a la vez un complejo espectáculo para los sentidos y una reflexión política sobre los tiempos de oscuridad que a Estados Unidos le tocaron vivir con la llegada de Ronald Reagan al poder. Así, Kushner empezó a escribir las dos partes –“Perestroika” y “El milenio se aproxima– que componen Ángeles en América.

Mientras ensayaba distintas formas de aproximarse al grupo de confundidos habitantes de la república independiente del individualismo estadounidense que son los protagonistas de la obra, Kushner escribía y reescribía sus fragmentos: destejía por la noche lo que había tejido a lo largo del día, y parecía haber extraviado el hilo narrativo de lo que quería contar. Necesitaba, pues, un oído externo que escuchara lo que él tenía que decir; requería de un ojo crítico pero comprensivo, para que leyera esas palabras que acababa de escribir y que parecía no conducían a ninguna parte. Y allí estuvo otra amiga, en este caso una chica llamada Kymberly T. Flynn, quien conocía a Kushner desde muy joven, para ayudarle a darle la forma final y definitiva a Ángeles en América. Kymberly leía y releía lo que Kushner producía, con un ojo más bien pesimista respecto del poder de la acción política conjunta. Pero el pesimismo de Kymberly, irónicamente, iluminaba de felicidad las jornadas de trabajo de Kushner. Kymberly acababa de sufrir un accidente, y esto le significaba un doble esfuerzo a la hora de revisar el trabajo en progreso de su querido amigo socialista. Como en muchas otras ocasiones, con Ángeles en América, Kymberly tuvo la oportunidad de mostrarle a Kushner que ninguna tarea es demasiado pesada si se hace por un amigo.

Finalmente, Tony Kushner concluyó la obra, recibió ovaciones en todos los países en donde se montó y consiguió que el mundo volviera la vista sobre los particulares puntos de vista de quien se define a sí mismo como un socialista judío, gay y progresista.

No obstante, el éxito de Ángeles en América no hizo a Kushner olvidar que, sin la pequeña ayuda de todos estos amigos, y en particular de Kymberly, no sólo no habría podido completar la obra de teatro sino, quizá, tampoco encontrarle un sentido a todos los momentos difíciles y amargos que le habían tocado vivir durantes sus más de cuatro décadas de existencia.

Kushner y yo, por distintos medios, llegamos a la misma conclusión: los amigos sirven para ayudar a vernos a nosotros mismos desde un punto de vista más justo que el propio; también nos acompañan con su criticismo y condescendencia para hacernos ver –no obligarnos a ello– que en ocasiones nuestra conducta nos vuelve a nosotros mismos objeto del daño más significativo; pero también es cierto que, sin estos camaradas que han aprendido a querernos a través de todos los pequeños gestos y actos que integran nuestra personalidad, nada de lo que hemos conseguido con su ayuda valdría la pena. Kushner concluye su ensayo sobre la ventaja de tener amigos en un mundo que se vuelve terriblemente árido y carente de sentido sin su presencia, señalando que “la más pequeña unidad humana con sentido son dos personas, porque un individuo aislado es una ficción. De los nidos donde se fortalecen estas sociedades de almas, del mundo social, surge la vida. Y también las obras de teatro”.

“With a Little Help from My Friends”, la canción de los Beatles y el ensayo de Kushner, se me vienen de inmediato a la cabeza ahora que está concluyendo un domingo que amenazaba con ser particularmente triste –porque no me resigno a que en la geometría del deseo a veces las líneas que definen la trayectoria de dos personas simplemente son paralelas y no acaban nunca por intersectarse–, y que se volvió menos duro por el encuentro fortuito con dos de mis mejores amigos. Hasta las malas películas, en la mejor compañía, se vuelven disfrutables. Las buenas películas –pongamos, por ejemplo, Temporada de patos– se disfrutan más cuando son desmenuzadas de nuevo con los amigos durante la sobremesa o esperando que dé la hora para entrar al cine, cuando deliberadamente confundimos nuestros recuerdos personales con las escenas que hemos visto en la gran pantalla. Y es que mis amigos y yo hemos llegado a la conclusión de que Temporada de patos es la crónica de una tarde de domingo agobiada por cuitas existenciales.

Estoy totalmente de acuerdo con Kushner: la idea del yo, aislado en la cápsula insonorizada que componen sus pensamiento y rumiando su tristeza, apartado del mundo, es simplemente una ficción. O al menos, deberíamos esforzarnos, con las pequeñas ayudas que nos brindan los amigos, a que ese individuo siga siendo una ficción y no se materialice nunca en nuestras vidas.

7 comments:

Dulcinea del Abismo said...

Para escribir, la imaginación aislada no basta, es más, ¿existiría eso realmente?, porque desde antes de nacer traemos el contenido de siglos de inconsciente colectivo, así que nacemos "acompañados" por amigos y enemigos, desde Genghis Khan hasta el hermano que nos trae de bufones, desde Cristo hasta nuestra abnegada madre, por decir algo.

Yo, actualmente escribo una novela... en una charla de café, le decía a mi co-protagonista que necesitaba más de su interacción, porque no me parecía plena una narrativa que se base más en la ficción que en la realidad, en pocas palabras le dije que lo necesito.

Bien, espero que mi texto no se individualice demasiado, tanto como para ser artificial.


Saludos.

Mario said...

Señorita Dulcinea del Toboso en el abismo:

Me encanta ese nombre y la imagen de las pantorrilas que lo acompañan... Tienes mucha razón cuando dices que la escritura y todos los actos creativos no son solitarios. Uno siempre crea (lo que sea) a partir de un impulso de comunión con alguien que puede estar vivo o muerte, ser amigo directo o un amor platónico. Uno es lo que lee, dice el refrán, pero también lo que come, lo que escucha en el colectivo de regreso a casa, las historias polvorientas de la Biblia, los deseos imperialistas de los grandes dictadores en los que podemos reconocernos en un delirio de grandez... En fin, que no hay nada nuevo bajo el sol, más que la mirada que selecciona esos fragmentos del pasado... Yo creo que uno tendría que poder exigirle a sus amigos, ficticios o reales, una pequeña ayuda para conjurar la soledad. Más si son los personajes que uno ha creado... Gracias por el comentario y un beso...

Senses & Nonsenses said...

como siempre genial, siempre he pensado que son los otros los que nos con-forman, pero son tan subjetivos como nosotros con nosotros mismos. lo importante es rodearse de buenos amigos, pocos pero buenos, que te sirvan como espejo. que te cuestionen. que te aporten otros puntos de vista. en soledad nos volvemos todos un poco locos.
creo que hablo de cosas muy parecidas en el último post.

de regreso. con muchos deseos de que continúe este feed-back.
un abrazo.

Mario said...

Senses:

Es cierto, en soledad nos volvemos un poco locos. Como sucede con los amigos imaginarios. El pensamiento, aunque es un proceso solitario, siempre supone un diálogo potencial con el mundo. Por eso es que se puede pensar de un modo políticamente responsable, tratando de pensar cómo se observan las cosas desde la posición vital radicalmente ajena a la nuestra.... Un abrazo, hasta que volvamos a encontrarnos

el juntacadáveres said...

bueno, podemos pensar que eso de los individualistas existen sólo porque algo los ha nombrado antes, y todavía más, esos "sujetos" existen porque la modernidad inventó eso del llamado sujeto... pero bueno, sí, coincido, creo que los amigos te forman en gran parte, te forman y te conforman, puesto que somos en gran parte lo que ellos son... cuando mamá insiste en decirme que la familia es lo más importante no puedo evitar decirme que yo escogí a mi propia familia, la que sin pedir nada y, sobre todo, sin ceder nada se avinieron a compartir momentos conmigo... esos que no dicen nada cuando te ven llorar en los peores instantes porque saben que no hace falta y sale sobrando... ya están ahí, que es donde importa que estén...

Zelig said...

Apreciado Mario, bien hallado de nuevo, los amigos por definición han de ser pocos pero intensos. Aquí hubo un escritor, Josep Pla, que los dividía en "amics, coneguts i saludats" (amigos, conocidos y saludados).

Arriesgando diré también que el titulo de "Temporada de patos", no conozco el filme, proviene de uno de los mayores obras maestras del cine (un corto animado), de los mejores de la Warner, donde Bugs Bunny, el pato Lucas y Elmer (que hace de cazador) discuten sobre si la temporada de caza que empieza es de patos o de conejos y, consecuentemente, a cual de ellos va a matar (ni que decir tiene que pierde Lucas).

Mario said...

Junta:

Efectivamente, hay una suerte de lealtad que se descubre, la de la familia, y que está allí sin que se haya pedido en principio. Y eso no le resta importancia, al contrario, te muestra la forma en que la incondicionalidad siempre es una posibilidad. Pero también está esa otra familia que vas construyendo con el tiempo, y a la que en principio no te une ningún vínculo necesario. Esos que, cuando lloras, no sienten la necesidad de llevarse las penas (como quizás si lo hacen los padres), y que sólo acompañan, con una mano en el hombro, poniendo una canción que te gusta, tratando de dejarte claro que sin ti la vida para ellos resultaría muy triste... Eso, vale mucho la pena, querido Junta... Un abrazo...

Zelig:

Muy bueno tenerte ya de regreso, de tu verano irlandés. Yo tengo pocos amigos, algunos más conocidos y bastantes saludados. Aunque la división no es fija, a veces los amigos se quedan en conocidos, o los conocidos se gradúan al siguiente nivel. Y de los saludados, pues esos también dan buenas sorpresas. Independientemente de dónde vengan, el núcleo de amigos que súbitamente te percatas de que son indispensables, te hace darte cuenta de lo importante que es no estar solo en el mundo... Recuerdo muy bien el cortito ese del que hablas, y en la peli que lo evoca lo que se caza no son precisamente patos ni conejos, sino adolescentes descubriendo lo mucho que se pueden expandir los límites de la comprensión de uno mismo... Un abrazo, Zelig...