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Thursday, September 06, 2007

Un año de buena fortuna




Estamos acostumbrados a pensar que la ética –no una ciencia ni una técnica– es el arte de vivir bien, de comprender aquellas formas de comportamiento que son auténticamente humanas y que implican un fortalecimiento de la autonomía y de la responsabilidad individuales. Pero también nos hemos habituado a pensar que este arte de vivir bien se define a partir de dos tipos de conductas que la ética prescribiría: la virtud y el vicio, y que cada uno de estos términos excluye al otro. Para la ética cristiana, por ejemplo, el tribunal que decide lo que es virtud y lo que es vicio no radica en el interior de la conciencia, sino que se localiza en la mirada de Dios que elige salvar a quienes no dudan en tomar el camino –casi siempre el más penoso, el más largo– que a Él los conduce. Entonces, la virtud se convirtió en lo opuesto del pecado, en el aliento divino que encarnado es capaz de derrotar al mal sin mayor problema.

Pero las cosas no siempre fueron así. En su libro La fragilidad del bien, La filósofa estadounidense Martha C. Nussbaum nos propone comprender la ética griega antigua a partir de una oposición totalmente diferente a la que divide a la virtud del pecado: pensando a la virtud como la forma de dominar, al menos de manera parcial, a la fortuna. De acuerdo con esta idea, para los griegos, la civilización se construye para tratar de crear cierto orden en el que sea posible la vida humana, sabiendo que la última palabra siempre está dada por la fortuna. Nussbaum cita uno de los más hermosos fragmentos de Píndaro para apoyar esta idea: el que se refiere a la vid, que necesita del cuidado, la luz, el agua y el suelo nutricio para crecer, pero que también requiere de un poco de buena fortuna para pasar desapercibida por quien la iba a pisar cuando todavía era demasiado joven para resistir. De la misma forma, la vida humana estaría necesitada de cuidados, de protección cuando somos más jóvenes y frágiles, pero también de no estar expuesta a aquellas catástrofes que no está en nuestras manos controlar.

La virtud enseña a los seres humanos que hay ciertos comportamientos –la búsqueda de la sabiduría, la justicia, la belleza– que fortalecen la vida frente a la contingencia, pero también despierta la gratitud en quien reconoce que su supervivencia dependió, en buena medida, del azar, de haberse salvado de la muerte cuando muchos no lo hicieron. En el contexto de la ética griega antigua, la virtud no es precisamente lo opuesto de la fortuna, pero si una forma de reconocer la medida de las fuerzas humanas y de hacer al individuo consciente de aquella parte de su existencia que debe al azar. Los griegos dedicaron buena parte de su teoría ética a trazar las coordenadas que permiten al ser humano transitar desde la naturaleza hasta la civilización, precisamente, para mostrar lo fácil que es extraviarse en este camino y naufragar por causa del azar y la fortuna.

Un individuo con suerte, de este modo, es quien está vivo para poder reflexionar sobre la forma en que sus fuerzas le permitieron dominar el azar, pero también quien reconoce lo inútil que es cualquier logro humano frente a la fuerza de lo que no está en su voluntad controlar. Aunque es responsabilidad completa de quien siente el amor relacionarse de una manera justa con la otra persona, correspondió a la suerte haber puesto a dos seres tan diferentes en un mismo camino. Siempre uno puede decidir si se comportara de manera moral o inmoral frente a los demás, pero existen circunstancias particulares –el campo de concentración es el ejemplo más evidente– que vuelven nebulosa la diferencia entre un acto de crueldad y un acto de supervivencia. Frente a la conciencia de lo mucho que el azar domina nuestras vidas y lo poco que significan nuestras fuerzas comparadas con aquél, lo único que nos queda como prerrogativa es la gratitud: agradecimiento por habernos cruzado en el camino de la persona amada y por no estar en una situación que nos obligue a decidir entre conservar la propia vida o tomar la de alguien más.

La conciencia del azar, también implica el reconocimiento de que la suerte en cualquier momento puede cambiar: de mal a peor, de mal a mejor o, simplemente, terminar consumiendo al organismo que hasta el momento había escapado a la muerte. De eso, precisamente, trata “Lucky”, para mi la canción más hermosa de ese bloque de reluciente mármol negro que es O.K. Computer, de Radiohead. Thom Yorke canta sobre la necesidad que todos tenemos en un momento dado de ser salvados del naufragio, de la angustia que resulta de reconocer lo diminutos que somos si nos comparamos con aquello que no podemos controlar y que acaba definiendo el curso de nuestras vidas. Pero en medio de tanta incertidumbre, de acuerdo con Yorke, uno todavía puede darse el lujo de sentir que la suerte puede cambiar; todavía es posible imaginar que todo lo vivido, por muy duro que haya sido, sólo es el preámbulo de algo mejor, de una cierta paz que nos haga olvidar que todo está perdido si nos entregáramos por completo a la conciencia del azar. Nadie puede vivir con los ojos permanentemente abiertos a la fragilidad de la vida humana. Asumir de manera plena que es el azar y no la virtud la constante en la existencia, simplemente nos haría perder la razón.

Uno de los capítulos más hermosos de la tercera temporada de Six Feet Under, termina con “Lucky” sonando desde una ventana de la casa de los Fischer, gracias a Claire. En ese momento de la historia de los Fischer, Nate se encuentra como sobreviviente de su naufragio personal, con muchos bienes y valores –entre ellos, una hija– que logró salvar del hundimiento. Nate simplemente despertó un buen día, con una vida a cuestas que no eligió de una forma completamente consciente. Para los ojos de su familia, la suerte le permitió conseguir una esposa y olvidarse por el momento de Brenda, establecerse en el negocio funerario y abandonar el sueño de cambiar las reglas del comercio mundial en una dirección más justa. Lo que aparece como buena fortuna desde el punto de vista de los demás, es un lastre para el pobre Nate. Sin embargo, la vida lo pilló tan cansado, tan enfermo de tantos cambios y tan repentinos, que está dispuesto a aceptar que es un chico con suerte. Por supuesto, con una fortuna que no es responsabilidad suya, con las bendiciones de la una vida que no eligió y recogiendo los frutos que no fue capaz de sembrar con anticipación. Pero, aun así, la buena fortuna le ha caído del cielo a Nate y él empieza a sentir, frente a la hoguera en la que se consume la vida tal y como él lo conocía, que su suerte siempre puede cambiar. Mientras tanto, la desgarrada voz de Thom Yorke repite incesantemente “I feel my luck could change”.

Mi posición se parece un poco a la de Nate Fischer en este momento. Tengo la suerte de haber sobrevivido muchas cosas que nunca me habría imaginado tendría la fuerza de soportar. Y he logrado la conciencia de lo poco que debo a mis propias fuerzas, y de que mucho de lo que soy en este momento es causa del azar y la contingencia. Y todavía tengo un poco de optimismo para pensar que, no obstante la hoguera en la que se consume buena parte de mi pasado, todavía mi suerte puede cambiar. Hace un año exactamente comencé a escribir en este espacio, y tuve mucha suerte de haber encontrado interlocutores pacientes para seguir mis pensamientos, la mayoría de las veces desordenados y caóticos. Hace un año, el 7 de septiembre de 2006, comencé a darme cuenta de que la comunicación humana, en cualquiera de sus formas, es un bien terriblemente escaso y que se debe agradecer cuando se produce de manera fortuita. En ocasiones, el azar me impidió escribir todo lo que quería y de la forma en que deseaba hacerlo. Pero este espacio es ejemplo de cómo a uno la suerte le puede cambiar de manera súbita. “I feel my luck could change". Mi gratitud absoluta a todos los que han llegado, acompañados por la voz de Thom Yorke, al punto final de este texto que pretendía hablar de lo que para mí ha significado un año de buena fortuna...