
Pensando un poco en las cosas que me gustan, en los lugares que frecuento cuando no me siento tan bien, en las rutinas de las que apartarme me pone en riesgo de perder el centro de gravedad, siempre regresó a Almodóvar y Todo sobre mi madre. La veo siempre que la necesito, y ayer recurría a ella como si no la conociera antes. Es una película luminosa, de la que me divierte mucho su sentido de la puesta en escena, plena de simetrías, de historias que se repiten en cuerpos diferentes y de gente que finge que es lo que realmente quiere ser. Me gusta su forma de asimilar la tragedia a la comedia, y de probar que el adolorido corazón humano, como pensaba Aristóteles, también es el centro donde reside la risa. Aunque el motor de la historia es la necesidad de saldar cuentas con el pasado, el dolor y la perplejidad ante lo que significa empezar de nuevo se complementan en los personajes que ha escrito Almodóvar, entregándonoslos con una suerte de conciencia infantil y rebosante de sabiduría ganada a golpes y obtenida de la osadía de dejarse la piel en besar siempre a la persona equivocada. Así es Manuela (Cecilia Roth), la madre que pierde a su hijo y se siente obligada a comunicarlo al padre que nunca se hizo cargo. También lo es Agrado (Antonia Sanjuán) y sus ansias de hacerle la vida placentera a las personas, porque nadie lo ha hecho con ella sin pedirle algo a cambio. A su modo, Rosa (Penélope Cruz) trata de ayudar a todo el mundo y de pasar la vida con una suerte de inocencia permanente que la convierte en el cordero pascual. Siempre equivocada, y siempre imitando a Bette Davis, Huma Rojo (Marisa Paredes) no sabe dejar de actuar, aunque ya haya bajado del escenario y no haya público que la observe. Y no podía faltar la mujer (Rosa María Sardá) que padece la maternidad mientras se dedica a falsificar a Chagall, y que no sabe comunicarse con una hija que es muestra de todo aquello que no comprende y a la que quiere, sin embargo, de una manera animal e instintiva. Almodóvar pinta a las mujeres de Todo sobre mi madre de todas las gamas del rojo: el casi morado que se hace en la piel cuando alguien nos golpea; el rosado de la sangre diluida en agua; el tibio bermellón que es como una invitación a dormir la siesta acurrucado en los brazos de quien sólo sabe querer y no aprendió a juzgar; y el carmesí en las mejillas sonrosadas de quien descubre que se ha vuelto objeto del deseo, casi siempre por una razón equivocada. No es que haya razones adecuadas y otras no para enamorarse; lo que si existe es gente que irremediablemente se enamora de las personas confundidas, para complementar su propia indecisión. Porque Todo sobre mi madre es una película sobre cómo recuperar la inocencia cuando ya no se puede contener más dolor; una obra acerca de lo difícil que es ser un poquitín listo y un poquitín bobo, si se está demasiado consciente de la manera en que las pasiones se le desbordan a uno a la menor provocación. Por supuesto, es una película sobre la tolerancia, sobre la forma en que las mujeres –los hombres que se visten de ellas, las actrices que actúan de madres, Gena Rowlands, Romy Schneider y las madres de carne y hueso– siempre tienen que habituarse a encontrarle un lugar a todas las cosas que la vida y los demás les lanzan. Como ser mujer –o intentar ser lo que uno siempre ha soñado de sí mismo en búsqueda de la autenticidad– sin morir en el intento. A su modo, Manuela es como las heroínas de corazón de oro que tanto gustan a Lars Von Trier: tiene la mirada de bondad extraviada de Bess McNeil (Emily Watson en Rompiendo las olas), posee el sentido de la justicia de Grace (Nicole Kidman en Dogville) y conoce del sacrificio como Selma Jezkova (Björk en Bailando en la oscuridad). Pero también es síntesis de otras chicas Almodóvar previas al éxito mundial de este chico nacido en un lugar de La Mancha: la madre dominada por el dolor, pero necesitada de trabajo para sobrevivir, que interpreta Carmen Maura en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?; la heroína que puede cargar con todo el peso del mundo en la espalda y siempre tener una sonrisa para los demás, como Verónica Forqué en Kika; la actriz porno a la que Victoria Abril, en ¡Átame!, permite enamorarse al final de un viaje que amenazaba con terminar en tragedia. Todas estas mujeres, o al menos algunos de sus rasgos, de sus lágrimas, de sus artimañas, de sus fingimientos, están presentes en Todo sobre mi madre. Y quizá por eso la película posee una capacidad inusual para tranquilizarme, como a Vivian Leigh la tierra roja de su finca le proporcionaba sosiego en Lo que el viento se llevó.