En Happy Together, la película de Wong Kar Wai, una última estrategia para deshacerse de la tristeza consiste en colocarla en una cinta –mientras los demás bailan y no se dan cuenta de que en el fondo del salón alguien llora–, para encargar a alguien que empieza a querernos que la deposite en el fin del mundo. En el fin del mundo, lo más al sur que puede llegar un ser humano por su propio pie, existe un faro, que alumbra hacia la parte de la tierra que es habitable, y advierte a los viajeros de no internarse en el océano que se ha formado a partir de todas las lágrimas que la gente va a depositar allí. Por la noche, el faro alumbra la tierra y el abismo de tristeza en que se ha convertido el océano, con intervalos que Jorge Drexler ha calculado en doce segundos. Con una voz embaucadora y seductora a la vez, Drexler canta: “Un faro para sólo de día/ Guía, mientras no deje de girar/ No es la luz lo que importa en verdad/ Son los doce segundos de oscuridad”. En cualquiera de estas doce unidades que componen la falta de luz, uno podría extraviarse fácilmente en dirección del océano de lágrimas. Pero al finalizar esos doce segundos de oscuridad, la luz alumbra la promesa de encontrar de nuevo la tierra. Yo creo que me encuentro más o menos a la mitad de esos doce segundos de oscuridad…
// Say you were split, You were split in fragments/ And none of the pieces would talk to you/ Wouldn't you want to be who you had been?/ Well, Baby I want that too./ So better take the keys/ And drive forever/ Staying won't put these/ Futures back together/ All the perfect drugs and superheroes/ Wouldn't be enough to bring me up to zero// Aimee Mann, "Humpty Dumpty" (tratando de poner en orden las piezas que quizá nunca estuvieron en su lugar)
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Saturday, September 22, 2007
12 segundos de oscuridad
En Happy Together, la película de Wong Kar Wai, una última estrategia para deshacerse de la tristeza consiste en colocarla en una cinta –mientras los demás bailan y no se dan cuenta de que en el fondo del salón alguien llora–, para encargar a alguien que empieza a querernos que la deposite en el fin del mundo. En el fin del mundo, lo más al sur que puede llegar un ser humano por su propio pie, existe un faro, que alumbra hacia la parte de la tierra que es habitable, y advierte a los viajeros de no internarse en el océano que se ha formado a partir de todas las lágrimas que la gente va a depositar allí. Por la noche, el faro alumbra la tierra y el abismo de tristeza en que se ha convertido el océano, con intervalos que Jorge Drexler ha calculado en doce segundos. Con una voz embaucadora y seductora a la vez, Drexler canta: “Un faro para sólo de día/ Guía, mientras no deje de girar/ No es la luz lo que importa en verdad/ Son los doce segundos de oscuridad”. En cualquiera de estas doce unidades que componen la falta de luz, uno podría extraviarse fácilmente en dirección del océano de lágrimas. Pero al finalizar esos doce segundos de oscuridad, la luz alumbra la promesa de encontrar de nuevo la tierra. Yo creo que me encuentro más o menos a la mitad de esos doce segundos de oscuridad…
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