Friday, March 30, 2007

La guerra de los mundos



Creo que la principal virtud de la película Crash, dirigida en el año 2005 por el estadounidense Paul Haggis, es la de plantear directa y crudamente lo que significa vivir en aquello que Max Weber denominó una sociedad desencantada, es decir, un nicho social en el que la pluralidad de creencias, valores y trasfondos étnicos de sus habitantes vuelven difícil y áspera la convivencia, a menos que se cuente con un marco de derechos que permita el reconocimiento mutuo y el desaliento de las prácticas discriminatorios. Vivimos en un mundo desencantado porque las visiones de tipo religioso o étnico, que daban unidad a las sociedades en el pasado, han desaparecido o, quizá, nunca existieron, y es ahora que empezamos a darnos cuenta. El filósofo alemán Jürgen Habermas ha dicho que la estructura del Estado moderno es como la doble cara del dios Jano de la Antigüedad: con un rostro amigable que mira hacia el interior de la sociedad y con otro rostro feroz que amenaza a los extranjeros que desean romper la unidad étnica de la nación. Y mientras el mundo cambió y se volvió plural, el dios Jano no ha bajado la guardia para definir la identidad de los amigos y los enemigos, de los que son como nosotros y de quienes son diferentes y, por tanto, representarían una amenaza para la estabilidad de nuestra sociedad.

Nos guste o no, vivimos en un mundo plural, donde las ideas tradicionales sobre la ciudadanía, la familia o la religión son desafiadas por las creencias de otras personas con las que nos vemos forzados a vivir, ya sea como resultado de los intercambios comerciales o de las migraciones forzadas. Así que mejor tendríamos que acostumbrarnos a que no existe, ni se puede fabricar, la visión religiosa o étnica que podría, por decirlo de algún modo, reencantar la estructura política de nuestro mundo. Y esta visión desencantada de la convivencia política, ni romántica ni nacionalista, es la que Paul Haggis tiene como punto de partida en Crash. Para Haggis, las personas con diferentes trasfondos étnicos no se encuentran de manera tersa en un espacio público democrático, sino, más bien, hacen colisión cuando se escudan en los prejuicios y la discriminación para reaccionar frente a la presencia del otro que es radicalmente distinto de uno mismo. Como nos hemos forjado una idea errónea acerca del valor inherente a la vida del varón blanco, protestante, heterosexual y propietario, despreciamos sin darnos cuenta a quienes se apartan de este modelo de éxito social. Discriminamos a las mujeres, a los grupos raciales, a los grupos religiosos minoritarios, a las personas con una preferencia sexual distinta de la heterosexual y a quienes carecen de ingresos que les permitan acceder a una calidad de vida estimable. Incluso, las instituciones que en la mayoría de las sociedades occidentales están diseñadas para atender las necesidades sociales de la población, funcionan con la visión de que existe un solo modelo de familia, el que integran un hombre y una mujer heterosexuales, que debe ser protegido y sus necesidades generalizadas para toda la sociedad.

Una aspiración fundamental de las sociedades democráticas es escenificar un diálogo libre de coerciones y violencia entre las personas con distintos trasfondos étnicos y culturales; pero, desde el punto de vista de Haggis, en nuestro mundo las condiciones para que se produzca ese debate no están dadas ni nos esforzamos por crearlas. Lo que ocurre cuando las culturas se encuentran no son intercambios tersos, sino colisiones, como las que ocurrirían entre dos vehículos manejados en una carretera sin señalamientos, por ciegos. Porque, nos guste o no, somos ciegos a las diferencias; elegimos permanecer indiferentes a la realidad discriminatoria de nuestro mundo antes que iniciar un debate público que nos permitiera superar esta situación.

El mismo Habermas se refería al aprendizaje moral que podemos lograr a partir del reconocimiento de que la discriminación y el racismo han provocado conflictos trágicos en el pasado, como a un aprendizaje a partir de las catástrofes. Desde el punto de vista de Habermas, y como también lo ha sugerido Amartya Sen, las peores catástrofes que ha enfrentado la humanidad no son producto de la acción de la naturaleza ni de la incapacidad de los seres humanos para enfrentarla; al contrario, en el vocabulario de la política acostumbramos a denominar como catastrófico a un hecho como el exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, y a omitir que éste fue producto de la libertad humana para violentar la seguridad de ciertos individuos lastrados con el prejuicio y la discriminación. A diferencia de un temblor o la erupción de un volcán, es absoluta responsabilidad de los seres humanos impedir que las consecuencias del racismo y la discriminación tengan la misma magnitud trágica que en la Alemania nazi, en Armenia, en Yugoslavia o en Ruanda, por mencionar sólo algunos casos dolorosos del pasado reciente.

Observar el mundo a través del prejuicio y la discriminación redunda en una visión en blanco y negro de la realidad política, desconociendo que difícilmente la existencia de las comunidades y los individuos se ajusta a dicha visión parcial. El mundo es muy diferente de lo que suponemos que es. La realidad es más compleja de lo que desearíamos. De cierta forma, nuestros prejuicios sobre la otredad nos sirven para reducir la complejidad del mundo y evitar la ansiedad que resulta de vivir en un mundo desencantado. Los personajes que pueblan Crash hacen eso todo el tiempo: lidian con la complejidad del mundo en el que viven reduciendo a las personas a algunos de los rasgos negativos que con el tiempo hemos asociado a ciertos grupos humanos: “los afganos usan su tiempo libre para planear atentados terroristas”; “las mujeres de origen mexicano no saben conducir bien, y por ello siempre tienen la culpa en los accidentes viales”; “los negros nunca dejan propina, por eso nadie se molesta en atenderlos”; “sólo un tonto contrataría a un perezoso trabajador de origen latino para hacer reparaciones en la casa”.

El siglo XX conoció conflictos, como los de Yugoslavia, Ruanda y Darfur, que fueron el producto del odio racial y las prácticas discriminatorias fundadas en los estereotipos y los prejuicios. Hoy sabemos que la identidad nacional, si se refiere a la pertenencia étnica antes que a un marco legal común que permita el disfrute universal de los derechos fundamentales, se vuelve motivo de conflicto. La historia del silgo XX nos muestra que los conflictos bélicos más sangrientos son producto del enfrentamiento entre visiones religiosas o étnicas del mundo, es decir, son el resultado de una molestia y una incomodidad con el hecho de que vivimos en un mundo plural. Algunos teóricos de la identidad política, como Seyla Benhabib, sugieren que la nación es una ficción que en el pasado tuvo la función de dar unidad a los territorios políticos que de otra manera se verían fácilmente violentados por los enemigos de otras nacionalidades. Pero el día de hoy, una idea cerrada y parcial de ciudadanía sería inadecuada para reflejar la realidad de un mundo plural. Y si la nación es una creación ficticia, entonces tendría que poder ser ampliada hasta incluir a todos los seres humanos, independientemente de sus creencias, valores o trasfondos étnicos, siempre y cuando se mantuvieran dentro de los límites de la legalidad.

Pero quizá la única falla de la película de Haggis suscribir la tesis de la colisión entre las culturas y, al mismo tiempo, pretender que esta incomunicación se solucionará con un poco de buena voluntad por parte de los implicados. Haggis presenta conflictos de una contundencia terrible: el policía blanco que es misógino y racista, el director de un programa de televisión que es obligado a hacer que sus actores negros se comporten como negros, el tendero de origen asiático que acaba hiriendo a la hija de un latino y que se salva milagrosamente, el matrimonio blanco que es políticamente correcto pero, al mismo tiempo, racista hasta la médula de los huesos. Todos estos conflictos son trágicos, pero también reales. Y, al final de la película de Haggis, un último plano-secuencia nos relata cómo todos estos conflictos se solucionarían con la mediación de la buena voluntad de los agentes discriminadores y, más extrañamente, con la buena voluntad de los grupos vulnerados para olvidar toda una historia de prejuicios y estereotipos negativos sobre ellos. La película de Haggis, de alguna manera, se hace eco de la propuesta teórica de Samuel Huntington al señalar que las civilizaciones, incluso las que tienen que convivir en un mismo territorio políticamente delimitado, no se comunican, sino que chocan, hacen colisión antes de que pueda producirse cualquier tipo de comunicación o vínculo solidario. En este sentido, Crash es una película tan valiente como inoportuna en un momento político que considera a la discriminación por motivos raciales como un asunto del pasado y superado. Pero, además, esta visión de la imposibilidad de la comunicación entre las culturas es políticamente peligrosa en cuanto desconoce el papel del derecho como elemento integrador de las sociedad plurales. Efectivamente, las culturas chocan y las personas se discriminan mutuamente, pero existe un marco de derecho que permite castigar a quienes ejerzan prácticas discriminatorias y, así, desalienta su recurrencia en el futuro.

Tal vez, la inconsistencia de Crash se derive del tipo de narrativa que Paul Haggis emplea para relatar: su debilidad principal radica en ese final que resuelve todos los problemas raciales de los personajes a partir de una simpatía y solidaridad que el inicio de la película no permitía suponer. Narrar el exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, como hicieron Steven Spielberg en La lista de Schindler o Roberto Benigni en La vida es bella, implica un tipo de responsabilidad política distinta que contar una historia de amor o una comedia de equivocaciones. Si se quiere narrar las aristas desconocidas de un genocidio, como hicieron Atom Egoyan en Ararat o Terry George con Hotel Ruanda, se debe ser consciente de que esta narración será sometida a un escrutinio público por parte de los afectados y de la opinión pública mundial. El daño generado por eventos como estos, originados en las prácticas racistas y en la discriminación, es permanente para las personas que las vivieron y debe servir de guía para la reconfiguración de nuestros sistemas jurídicos y la manera en que sancionan el racismo y la discriminación. En cualquier caso, se trata de narrativas que no pueden concluir simplemente con una nota de optimismo o de pesimismo en relación con la naturaleza del progreso moral en la humanidad. Estas narrativas deben preservar el espacio de vacío que la discriminación y el racismo han abierto de manera permanente en nuestros sistemas teóricos de comprensión política y moral. Para decirlo claramente, es preferible el modelo narrativo abierto y con un final ambiguo que Claude Lanzmann empleó en su película Shoa para narrar el Holocausto, que la conclusión feliz que Spielberg elige para La lista de Schindler. En un caso, Lanzmann sabe que la experiencia totalitaria no puede narrarse como un evento concluido e imposible de suceder en el futuro; mientras, por su parte, Spielberg siente la necesidad de concluir su película con una nota de optimismo: con la sentencia del Talmud según la cual “quien salva a un judío salva al mundo entero”. Toda la ambigüedad y todo el rigor crítico para enfocar el estado de la discriminación en nuestros días que Paul Haggis viene acumulando desde el inicio de Crash, encuentra una pobre resolución en ese plano final en el que la cámara se aleja plácidamente de una calle de Los Ángeles mientras suena de fondo la canción “Maybe Tomorrow” de los Stereophonics: “Miro a mi alrededor y veo un mundo hermoso/ Tratése de las cumbres de las profundidades o del interior del exterior/ Pero aún así respiro/ Todos respiramos”.

14 comments:

Noájida said...

Excelente artículo, magistral,
¿que esperar de las peliculas, cuando hay una parte de ti que pide a gritos un final feliz, una salida facil, en la que todos queden satisfechos, y otra que clama por la verdad, porque la fidelidad sea tal, que nos mueva a hacer realidad ese final feliz?

Fanmakimaki said...

No he visto Crash. No puedo opinar. Vi la vida es bella, y lo cierto es que el histrionismo del protagonista me turbó tanto que estaba deseando que se lo cargaran los nazis. Consiguió que mi mente se apartara de lo más importante de la peli, que era el genocidio judio. Se que la mayoria de la gente le pareció estupenda su actuación (le dieron un oscar e hizo el payaso de nuevo, en la entrega). Me llegó al alma el museo de Ana Frank, por ejemplo, sobre todo al ver las fotos pegadas de sus actrices favoritas en la pared de su cuarto. No necesité aspavientos.

Me temo que me he ido del mensaje de tu post. Lo siento.

Arkturo said...

Para mí, uno de los mejores post que eh leído.

Esto de la pluralidad de sociedad, siempre se me ah topado como un asunto bochornoso, puesto que siempre eh querido definir quién soy ante cualquier comunidad, ese nacionalismo que como lo dijera esa autora que nombraste, "la nación solo es un estado ficticío, que funje como unión de pueblos, y culturas, para su desarrollo en comunidad", ahorita el mundo anda totalmente pringao, muy estresado, y creo que me estoy dando cuenta a muy temprana edad.

Cuando ví crash, me pareció muy denso todo el asunto, creo que el vivir en pueblo me hace ver lo tan cansada que puede ser la ciudad, me sentí medio inconcluso con ese final que como dices, terminó con una solidaridad que es muy ficticia en la vida real.

ando un poco asustado con todo esto, espero sobrevivir en mi barrio latino de por acá, en un veracruz que solo contempla ala indiscriminación con ojos indiferentes.

acá todo es plano.

arquetipo said...

Ya vi esa pic, me lleno de miedo, de miedo al miedo de ser parte de una sociedad tan delirante y tan recurrente a la irresponsabilidad
El filme es bueno, me gusta la fotografía, hay dos actuaciones que me estrujan...como sea crash
aq

JLO said...

la peli me parecio una mala copia -y lavada- de Magnolia... a años luz de la poesía y fuerza de ésta...

me gustó mucho mas tu nota!...

saludos...

Senses & Nonsenses said...

a mí tb me ha gustado más tu post que la peli (también me hizo pensar en magnolia o vidas cruzadas). es más, tus posts me exigen un gran esfuerzo y volver a leermelo con atención. esta vez pones el dedo en la llaga en un tema de difícil solución.

quería explicar una experiencia personal. últimamente debido al incremento de la inmigración tengo la sensación de que algunos derechos y libertades recientemente adquiridos pueden estar en peligro (precisamente por esa sobre-valoración de una sociedad heterosexual, blanca, judeo-cristiana).
rápidamente lo desecho, me parece un pensamiento racista, y yo no quiero ser racista, lucho cada día contra ello. intento darle la vuelta: lo positivo que puede ser mi país para un magrebí que quiera vivir su sexualidad, o una mujer islámica, o alguien que salió huyendo de la guerra de los balcanes.
no sé, cosas que se me ocurren. espero haber sabido explicarme, y no se me entienda mal.

un abrazo.

GeekGangster said...

Hola

Los/as invito a votar en la encuesta que puse en mi Blog
Al final solo quedara UNO!!

Échenle un ojo..

tu.politóloga.favorita said...

Tienes razón sobre la inconsistencia del final de esa película. Eso no sucede en la vida real, sin embargo todo lo demás es tristemente factible.
Weber y Habermas! Bonitas referencias!
saludos!

José Merino said...

De los perros se podrá decir lo que sea, casi todo articulado en torno a babas, pelos y ladridos; pero habrá que agradecerles la capacidad de olfatearse sin estructuras (que escuela de Frankfurt me pongo a veces, residuos de post-adolescencia) y sobre todo, la incapacidad de la separación post-coital. Y sí, algo de perros tenemos, se nota en el cosquilleo de los brazos que aspiran al suelo, el temblorsito de las piernas que se sueñan cuatro. Qué pueril la edición que me cuenta de Short Cuts, no cabe duda, así como uno nace y muere católico aunque viva toda su vida como ateo, allá al norte, nacen y mueren gringos aunque vivan toda su vida como intelectuales (en el sentido europeo, chiste no mío, de la geografía). Y vamos, no es que sea yo promotor de la zoofilia (centralmente por la falta de consenso recíproco), pero ¿podemos negar que hay algo irresistiblemente emocional en el asunto? Como sucede por ejemplo con el abuso sexual (¿me estaré metiendo en problemas?), pienso en aquel libro 'Mysterious Skin' de Scott Heim (tipo odioso, dicho sea de paso) y la consecuente versión cinematográfica de Gregg Anaki (rostro del llamado New Queer Cinema, porque sí, hay quien piensa que deseo es destino). Yo por lo pronto espero (retomando el asunto de los perros) que traigan a México el docu-film 'Zoo' de Robinson Devor (vease: http://www.nytimes.com/2007/04/01/movies/01lim.html?_r=1&ref=movies&oref=slogin)... otro abrazo pa'ud...

Homo Herector said...

Gracias por haber leído mi cuento y lo mejor es que incluso te sentiste reflejado, eso incluso me dio gusto, saber que hay gente que va por la vida sin dejar de percibir las cosas importantes.

Saludos y yo también leo tu blog

Homo Herector said...

veo con agrado que tenemos muchas cosas en común, como el cine y ciertos directores, ayer recordaba, precisamente, Raining Stones de Ken Loach, una película hermosa, y esos ingleses tan parecidos a los mexicanos, tan conservadores como nosotros, todo sea por una tradición y una fiesta que ofrecer.

Saludos nuevamente, seguro que deben gustarte también las pelis de Mike Leigh

Mario said...

Noájida:

Gracias por venir acá. Me hiciste investigar el significado del Noajidismo, y luego haré un comentario, con preguntas, en tu blog... Es una cosa muy humana querer finales felices. Recuerdo que decía Lars Von Trier que la gente llora en el cine cuando los personajes son generosos entre sí, más que cuando ocurren tragedias. Porque a todos nos gustaría que nuestra película terminara en final feliz... Un saludo

Makimaki:

Para nada te fuiste del post. Al contrario. De hecho, este textito lo presenté en una sesión de cinedebate sobre derechos humanos, en la Universidad Nacional de México, hace unas semanas. Y, de alguna manera, tiene que ver con las cosas que más me interesa explorar en este momento: ¿cómo retratar adecuadamente el dolor para lograr un cierto aprendizaje de las catástrofes? Creo que no se puede disociar la forma del fondo en este tipo de cuestiones, y que las narrativas con finales felices, como la de Benigni, hacen poca justicia al vacío permanente que significan estos hechos del pasado y el presente... Un abrazo, Makimaki

Arkturo:

Como te dije, este post venía en camino. Tú mencionaste hace poco la peli de Haggis y "En ningún lugar de África". Curiosamente, me gusta más el modelo narrativo de esta última peli, cuyo título se parece mucho a lo que Hannah Arendt describió como la experiencia fundamental del totalitarismo alemán: expulsar a las personas del mundo común de leyes e instituciones... El mundo anda muy pringao, y que bueno que lo sabes desde ahora... Un abrazo, chaval

Arquetipo:

Gracias por venir y comentar. De hecho, a mi me gusta mucho el planteamiento inicial de "Crash": la idea de los encuentros raciales como colisiones hace mucha justicia a la situación real de este mundo multicultural que se resiste a definirse en términos de amigos y enemigos... Me gusta la forma en que se presenta la discriminación agravada como una vinculación de uno o más prejuicios, el machismo con el racismo, la misoginia con la violencia sexual, que vuelven vulnerables a personas de por sí excluidas... Pero el final es el que no acaba de convencerme. Hay un tipo de responsabilidad política diferente en este tipo de cine que en otro... Un saludo, y espero verte de nuevo por aquí...

JLO:

Qué maravilla es "Magnolia"! Todos los personajes tienen algo especial: el niño genio crecido que se refleja en el niño genio utilizado por su padre, la chica arribista que acabó enamorada de su esposo anciano, el predicador machista que no quiere enfrentarse con su pasado, el policia que sólo quiere demostrarle a una chica que es un buen partido para compartir la vida entera... Y luego esa secuencia en la que todos ellos cantan un fragmento de "Give Up" de Aimme Mann... Qué maravilla! Siempre con estas películas, me gustaría que se me olvidara todo sobre ellas, para verlas con el mismo asombro que la primera vez... Un saludo, y gracias por venir a este paraje y comentar. Ojalá encuentres interesante el contenido, para reincidir

Senses:

Entiendo perfectamente lo que dices. Hace unos días, ante el pleno de la ONU, se presentó una iniciativa de derecho internacional lideraba por México: la Convención Integral sobre los Derechos y la Dignidad de las Personas con Discapacidad. Este documento, que saldrá a firma por los demás países de la ONU en estos días, contiene un enfoque de derechos que tratan de superar la visión asistencialista: no se trata de dar dinero o pensiones, sino de habilitar en derechos. El problema, como han dicho los especialistas, es que si no se quiere que esto se quede en buenas intenciones, los gobiernos de los países tienen que destinar recursos suficientes para que estos nuevos derechos sean exigibles. Si no, no pasa nada. Supongo que pasa algo similar con el problema de la migración: todos abogamos por una ciudadanía cosmopolita, y todos quisiéramos vivir en el primer mundo, pero ¿qué pasa con la traducción práctica de estas aspiraciones cosmopolitas? ¿Cómo darles realidad sin provocar conflictos en la sociedad que recibe? No es un problema fácil. (Y ahora a mi se me ha metido la idea de ir a estudiar fuera de México, jeje)... Te aseguro que me esfuerzo por escribir más breve, pero no he tenido éxito... Por eso siempre agradezco que me leas, y que me comprendas... Un abrazo, querido Senses...

Geek:

Ya voté. De las pelis, espero la tercera parte de las aventuras de Peter Parker, porque las otras dos me divirtieron mucho. Sin embargo, creo que acá tendrá más exito la tercera parte de las aventuras del pirata Johnny Depp inspirado en Keith Richards (quien acaba de declarar que inhaló hasta las cenizas de su padre... Imagínate!)... Un abrazo, tocayo

Mi politóloga favorita:

Eso no me gustó de la película. Me pareció como un globo desinflado. Como una pieza musical "in crescendo", y de repente el director de orquesta deja a los músicos hacer lo que quieren, yéndosele la melodía de las manos... Lo lógico era que la bala hiriera a la niña latina, que la chica negra no saliera del carro. Pero, como decía Noájida, quizá eso era muy estrujante. Recuerdo que decía Almodóvar que la revancha que él se tomaba con la historia consistía en filmar como si Franco nunca hubiera existido, como si Madrid fuera una ciudad guay que no conoció la represión y sólo tuvo historias con final feliz... ¿Habrá tratado de hacer algo semejante Haggis? ¿Tú cómo ves?... Un abrazo, chica politóloga


José:

Yo tengo muchos residuos de adolescencias frankfurtianas, que saco siempre que quiero ponerme serio. Trato de no abusar, pero siempre me sale la seriedad por delante, me gana la solemnidad y eso no me gusta nada... Los perros son un universo aparte. Con sus sueños de persecusiones que se vuelven temblores en las patitas, con esa negación de volverse animales tristes poscoitales (como los seres humanos)... De niño, tenía un librito de cuentos rusos, en el que un perrito le ladraba a una vaca desde la distancia, pensando en que se la iba a comer porque la veía muy chiquita. A cada paso que se acercaba, se imaginaba todo lo que le haría. Hasta qué llegó a su lado y se asustó porque se dio cuenta que el animalito era más grande que él. Y acabaron siendo amigos. Siempre he pensado que soy como ese perrillo que le ladra a cosas que luego acaban amenazándome y haciéndome cagar de miedo... Hay mucho de perros en el comportamiento humano. Me dio mucha curiosidad esa peli de la que habla The New York Times, y me recordó un poco esa obra de Resnais: "Max, mon amour"... Un abrazo, don José (para la próxima, ya rompemos el turrón)..

Homo Herector:

Me encantó el cuento, tanto que no pensé que fuera cuento. Creí que era demasiado real, que era una crónica. Aunque como decía el pintor, aunque se pinte una puerta, siempre hay algo de autobiográfico. De hecho, luego pensé que mi trabajo no es tan malo si todavía me permite surfear en la blogósfera... De Loach, me gusta casi todo, incluso las más vapuleadas por la crítica, como "Pan y rosas". "Lluvia de piedras" es quizá mi favorita, con ese final feliz y justo, en el que el malo de la película recibe su castigo y el héroe escapa sin consecuencias. De hecho, extraño mucho ver algo de Loach; lo último que le conozco es "Ae fond Kiss" que pasó en el FICCO de hace un par de años... Y de Mike Leigh, también me gusta todo. Mi favorita es "Naked", aunque le tengo un especial cariño a esa pequeña joya que es "Career Girls" y que fue profética en muchas cosas que ahora estoy viviendo... Un abrazo, y gracias por venir, por leer y por comentar...

el juntacadáveres said...

pero... no te parece que la unidad de las sociedad o de los grupos sociales puede estar en un mínimo en las prácticas culturales, me refiero a la permanencia de la identidad en las prácticas culturales... esas prácticas que van con el sujeto... que lo definen como extranjero precisamente porque hacen evidente su otredad... su extranjería... yo creo que existen esas visiones, permanecen y es en la resistencia donde se fortalecen...

Mario said...

Junta:

Totalmente de acuerdo: si bien es cierto que muchas comunidades son más imaginarias que reales, el sentimiento de pertenencia a ellas es todo menos imaginario. Habermas propone algo muy curioso: el patriotismo de la Constitución, es decir, que los ciudadanos se reconozcan en las leyes que defienden unas ciertas ideas de igualdad y de inclusión democrática como se reconocen en el fervor por el himno nacional o el orgullo por hablar la lengua materna... Yo no creo que esto sea posible: la lealtad, las prácticas que nos definen frente a otros, tienen un componente más inmediato, menos intelectualizado... Son cosas que hay que seguir pensando. Lo que me preocupa un poco es que esa idea de unidad nacional no sólo define enemigos hacia afuera, también hacia adentro: hacia las mujeres, los grupos de la diversidad sexual, los indígenas. Y todo en nombre de un cierto "ethos" nacional que pensamos deberíamos preservar... Supongo que también esto tienen que ver con la historia de una comunidad. Siempre las sociedades que han vivido períodos de autoritarismo (como México y España) se preocupan más por definir las condiciones para procesar el disenso que las condiciones para producirlo...